Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?
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Capítulo 1: El precio de la porcelana
La primera vez que entendí que mi vida tenía un precio, no fue por un contrato firmado, sino por el sonido de una taza de porcelana rompiéndose contra el suelo.
Eran las cinco de la mañana. El frío de la cocina se me colaba por los huesos, pero yo no me movía. Me quedé inmóvil, observando los pedazos esparcidos a mis pies como si fueran los restos de mi propia dignidad. Había pasado toda la noche en vela, con la luz tenue de una lámpara, terminando los planos estructurales para mi clase de arquitectura. Mis ojos ardían, mis manos temblaban por la falta de comida y de sueño, y en un segundo de debilidad, la taza se me había resbalado.
El silencio que siguió fue peor que el ruido del impacto. En esta casa, el silencio es el preludio de la tormenta.
Escuché los pasos. Lentos, rítmicos, elegantes. Mi madre —o la mujer que yo creía mi madre— apareció en el umbral de la cocina. No llevaba pijama; siempre parecía estar lista para un funeral o para un desfile de modas. Sus ojos gélidos recorrieron el desastre en el suelo y luego subieron hasta los míos. No había rastro de preocupación, solo un asco profundo y vibrante.
—Mírate, Anaís —dijo, y su voz era como un hilo de seda que te estrangula el cuello—. Eres tan inútil que ni siquiera puedes sostener un objeto sin destruirlo.
—Lo siento, madre… es que no he dormido y…
El golpe fue tan rápido que no vi venir su mano. Mi mejilla estalló en un calor punzante y mi cabeza se giró con violencia. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, sintió sus dedos enredarse en mi cabello café, tirando de él hacia atrás con una saña que me obligó a mirar el techo mientras las lágrimas se agolpaban en mis ojos.
—No me pongas excusas —siseó cerca de mi oído, y pude oler su perfume costoso, una fragancia que para mí siempre olería a miedo—. Te damos todo. Te pagamos una carrera que no te mereces. Te regalé esa cafetería para que dejaras de ser una carga y te sintieras útil, ¿y así es como pagas? ¿Rompiendo mi vajilla?
—¡Déjala, mamá! No ves que es un caso perdido —la voz de mi hermana Elena llegó desde la puerta. Estaba apoyada en el marco, comiendo una manzana con una indiferencia cruel—. Deberías haber visto los dibujos que tenía en la mesa. Horribles. Por cierto, Anaís, me quedé sin papel para limpiar el lodo de mis botas anoche… usé tus planos. Espero que no te moleste.
Sentí un vacío en el estómago que dolió más que el golpe. Tres semanas de trabajo. Tres semanas de ser la mejor de la clase, de intentar demostrar que valía algo. Todo destruido por puro placer.
Mi madre me soltó el cabello con un empujón que me hizo caer de rodillas, justo sobre los trozos de porcelana rota. Sentí cómo un borde afilado se clavaba en mi rodilla, pero no me moví. No me atreví.
—Límpialo —ordenó ella, sentándose a la mesa mientras me ignoraba por completo—. Y cuando termines, prepararás el desayuno para todos. Pero tú no comerás. No quiero que te veas hinchada esta noche. Tenemos una cena importante.
—¿Quién viene? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara mientras recogía los pedazos con las manos desnudas, sintiendo cómo la sangre empezaba a manchar el mármol blanco.
Mi padre entró en ese momento. Se estaba ajustando los gemelos de oro de su camisa, impecable como siempre, ausente como siempre. Se sentó a la cabecera de la mesa y abrió el periódico sin siquiera dirigirme la mirada, a pesar de que yo estaba sangrando a menos de un metro de él.
—Viene Ricardo —dijo él, con esa voz monótona que usaba para cerrar negocios millonarios—. Así que asegúrate de que el "producto" esté en perfectas condiciones, Beatriz. El contrato de la constructora depende de que él acepte el trato. Ha pagado una fortuna por adelantado para asegurar la exclusividad.
—¿El trato? —susurré, levantando la vista—. ¿De qué están hablando?
Elena soltó una carcajada estridente, una que me heló la sangre.
—Hablan de ti, idiota. ¿De verdad pensabas que papá te regaló una cafetería y te pagó la universidad por amor? Eres una inversión, Anaís. Y hoy es el día en que la inversión se cobra. Te vas a casar con Ricardo. O mejor dicho, te vamos a entregar a él.
El mundo pareció detenerse. Mis padres no me miraban. Mi madre tomaba su café con elegancia y mi padre seguía leyendo sobre la bolsa de valores. Para ellos, yo no era una hija suplicando por una explicación; era una mercancía que finalmente salía del inventario.
—Él es un hombre… mayor —logré decir, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones—. Tiene mi edad multiplicada por dos. Tiene una hija… dicen que es un hombre cruel.
—Es un hombre poderoso —corrigió mi madre, levantándose para caminar hacia mí. Se inclinó y me tomó de la barbilla con fuerza, obligándome a ver el desprecio en sus pupilas—. Y tú vas a hacer que se sienta satisfecho. Si escucho una sola queja de su parte, si intentas huir o si le faltas al respeto, te juro que desearás que estos pedazos de porcelana se te hubieran clavado en la garganta.
Me soltó y salieron del comedor, dejándome sola en el suelo, rodeada de sangre, chocolate derramado y los restos de mis sueños. Me quedé allí, mirando mis manos manchadas, entendiendo que mi inocencia acababa de morir. En esta casa, nada es gratis. La educación, la ropa, el techo… todo había sido un préstamo que ahora debía pagar con mi propio cuerpo y mi propia vida.
Me levanté lentamente, ignorando el dolor de mis rodillas heridas. Tenía que ir a la cafetería. Tenía que fingir que todo estaba bien durante unas horas más, antes de que el sol se pusiera y el hombre llamado Ricardo viniera a reclamar lo que mi familia le había vendido.