Rafael Arismendi es un hombre de hielo, un tiburón de los negocios cuya única pasión es el poder. Brisa es una abogada penalista invicta, capaz de desarmar a cualquier criminal con una mirada. No creen en el amor, pero creen en la estrategia. Cuando un ultimátum familiar amenaza con arrebatarle a Rafael la presidencia de su empresa, y la presión materna asfixia la carrera de Brisa, ambos deciden reactivar una vieja promesa de juventud: casarse para que el mundo los deje en paz. Seis cláusulas, un año de duración y una regla de oro: prohibido enamorarse. Pero entre cenas familiares orquestadas y besos fingidos que saben a verdad, el contrato que juraron proteger está a punto de convertirse en su sentencia más peligrosa.
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Capítulo 4: compras y confesiones
Los días que siguieron a mi cumpleaños fueron un torbellino de adrenalina jurídica y expedientes acumulados. El juicio por el intento de homicidio del señor Fabricio se convirtió en una batalla campal de testimonios y pruebas periciales. Ganar el caso fue una victoria agridulce; ver el rostro de su yerno cuando el juez dictó la sentencia de diez años de prisión me dio una satisfacción profesional inmensa, pero el llanto de la hija del anciano me dejó un sabor metálico en la boca. Era increíble cómo la lealtad familiar se fragmentaba ante la violencia y el alcohol. Aun así, la justicia se había hecho: el viejo Fabricio dormiría tranquilo por primera vez en meses.
No había tenido tiempo ni de respirar, mucho menos de ver a mi madre desde el fin de semana, pero el compromiso de hoy era inevitable. Nos reuniríamos para buscar los vestidos para la boda de Alexa. Ella, con su energía inagotable a pesar del peso de su vientre, nos acompañaría para lo que ella llamaba "una tarde de chicas y tarjetas de crédito".
Nos encontramos en una boutique exclusiva del centro comercial. El aire olía a perfume caro y el brillo de las lentejuelas bajo las luces LED era casi hipnótico. Doña Julia recorría los pasillos con un ojo crítico, descartando prendas con gestos exagerados.
—¡Hija, pero mírame esto! —exclamó mi madre, sacando un gancho de un estante—. Pruébate este vestido, anda. No te hagas la de rogar.
Miré la prenda y sentí que la cara me ardía. Era un vestido rojo carmesí, de seda, con una abertura en la pierna que llegaba casi hasta la cadera y un escote que no dejaba lugar a la imaginación.
—Alexa, creo que mi mamá me quiere prostituir en tu boda —susurré, escandalizada.
Alexa, que estaba sentada en un puff de terciopelo descansando los pies, soltó una carcajada que hizo que varias clientas voltearan a vernos.
—A mí me parece una maravillosa idea, pedazo de mojigata —respondió Alexa entre risas—. ¡Dale uso a ese cuerpo, por Dios!
—¡Están locas las dos! —protesté, pero ya me estaban empujando hacia el probador.
—Escúchame bien, Brisa —dijo Doña Julia, dándome un golpecito en el hombro con su estilo tan suyo—. Lo que no se muestra, no se vende, mi amor. Tú te la pasas metida en esos paltós de abogada que parecen un uniforme de monja. Tienes que dejar que esa piel respire, que le pegue el aire, que si no te vas a marchitar antes de tiempo.
Al cerrarse la cortina y quedar a solas con el espejo, me deslicé dentro de la seda roja. Para mi sorpresa, el corte era magistral. No es que fuera una mojigata por naturaleza, pero mi profesión me obligaba a una sobriedad constante. Sin embargo, aquel vestido me hacía sentir poderosa, vibrante. Al salir del probador, el silencio de mis acompañantes fue el mejor cumplido.
—Esa es mi hija —sentenció Julia con orgullo—. Estás para recogerlas con pala, muchacha.
—Faltas tú, madre —dije, tratando de desviar la atención de mi escote—. ¿Qué te parece este conjunto para ti?
Le señalé una falda larga de caída elegante con un chal en tonos crema y bordados dorados. Era la combinación perfecta entre la autoridad de una madre y la elegancia de una dama.
—¡Ave María Purísima! Qué elegancia la de Francia —dijo Julia tocando la tela—. Me lo voy a probar, a ver si todavía levanto algún suspiro.
Mientras mi madre entraba al probador, Alexa me hizo una seña para que la acompañara a la sección de lencería.
—Amiga, estaba buscando mi conjunto de bodas —comentó mientras revisaba unos encajes.
—¿No lo has comprado ya? Pensé que el vestido de novia estaba listo.
—Hablo para el después de la boda, la lencería de la noche de bodas, boba —aclaró Alexa con una sonrisa pícara—. Con esta barriga quiero algo que me haga sentir muy sexy. No porque sea una incubadora con patas voy a dejar de ser mujer.
—Bueno, técnicamente tiene que ser blanco, ¿no? Por la tradición —bromeé—. Aunque te digo la verdad, tú solo eres barriga, porque sigues manteniendo esa figura de envidia.
—Ya sabes, las inseguridades de una... pero quiero que mi esposo se dé un banquete esa noche. Se lo merece por aguantar mis antojos de medianoche —rió ella.
Le señalé un conjunto de babydoll con encaje finísimo y detalles en seda que gritaba sensualidad.
—Este es el indicado —afirmé.
—Me encanta. ¡Me lo llevo!
En ese momento, Doña Julia salió del probador. El conjunto crema y dorado le quedaba impecable. Parecía una mujer de la alta sociedad, llena de luz.
—¿Qué tal me queda el trajecito este? —preguntó, acomodándose el chal.
—¡Perfecto! —exclamó Alexa—. Mamá Julia, se ve empoderada, de esas doñas que presiden juntas de fundaciones benéficas y mandan a todo el mundo.
—Si madre, te ves bellísima —añadí, dándole un beso en la mejilla.
Con las bolsas en la mano y el ánimo por las nubes, Alexa sugirió:
—¿Les parece si vamos por un postre ahora? Siento que el bebé está pidiendo azúcar a gritos.
—A mí sí me provoca un cafecito bien cargado, hija. Que tanta caminadera me tiene los pies como dos tamales —asintió mi madre.
Llegamos a un café de estética "coquette", todo decorado en tonos rosa pastel y flores secas. Pedimos capuchinos y unas porciones generosas de tarta de chocolate y red velvet. La conversación, inevitablemente, volvió al terreno peligroso.
—Amiga… ¿y de verdad no has salido con nadie que valga la pena? —soltó Alexa, pinchando su pastel.
—Es que ella es muy anticuada, Alexa —intervino Doña Julia antes de que yo pudiera responder—. La sociedad ya cambió, todo es más rápido ahora, y ella sigue esperando que le escriban poemas con pluma de ganso. Y yo aquí, esperando un nieto que no llega ni por correo.
—Jajaja, lo tengo claro —rió Alexa—. Pero tranquila, que mi niño podrá ser su nieto de honor, porque si esperamos por esta mujer, nos salen canas verdes.
—He tenido unas cuantas citas, lo juro —me defendí, sintiendo el calor subir a mis mejillas—. Pero me molesta excesivamente sentir que solo me utilizan para placer propio. No sé, quizás sí soy anticuada, pero valoro la conexión antes que la gimnasia bajo las sábanas.
—Uy, amiga, qué feo hablas —dijo Alexa rodando los ojos—. Pero es que si tú lo utilizaras a él también, ¡todos felices! El placer no es una calle de un solo sentido.
—Eso mismo le digo yo —añadió Julia, soplando su café—. Uno empieza por el cuerpo y quién quita que se terminen enamorando de la cabeza. Pero esta muchacha es más cerrada que un coco.
—Ya no sigan, por favor. Siento demasiada presión social entre las dos.
—Bueno, vamos a ver si ese vestido rojo revela algo más que tus piernas en mi boda —insistió Alexa—. Mi prometido tiene muchos amigos guapos y buen prospecto. Aunque, eso sí, pregúntame antes, no vaya a ser que te toque el "recalentado" de sus amigos, el que nadie quiere.
—¡Si! Eso es importante, no le vamos a dar cualquier cosa a mi niña —concordó mi madre con una seriedad cómica.
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