"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris
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Capítulo 3: El Regalo de la Luna
Los días siguientes fueron un bálsamo para el alma atormentada de Lyra. Reencontrarse con su hermano Eryndor en el jardín fue como volver a respirar después de años bajo el agua. Al verlo, con su melena castaña alborotada por el entrenamiento y una espada de madera en la mano, el corazón de Lyra dio un vuelco tan brutal que por un momento temió que su pequeño cuerpo de cinco años no pudiera soportarlo.
—¡Lyra! —gritó Eryndor al verla aparecer en la puerta del jardín, sosteniendo la mano de su padre—. ¡Hermana!
Arrojó la espada de madera al suelo y corrió hacia ella con la impetuosidad de un cachorro. Antes de que Lyra pudiera prepararse, la envolvió en un abrazo tan apretado que casi la levanta del suelo.
—Me dijeron que estabas muy enferma —murmuró contra su cabello, con la voz entrecortada—. No me dejaban verte para que no me contagiara, pero yo quería. Quería quedarme a tu lado, como tú te quedaste conmigo cuando yo tuve paperas, ¿te acuerdas?
Lyra recordaba. Recordaba tantas cosas que su cuerpo de cinco años aún no había vivido. Recordaba a este mismo niño convertido en adolescente, protegiéndola de los insultos de los cortesanos. Recordaba su coronación, su sonrisa nerviosa al ponerse la corona. Recordaba sus gritos desgarradores en la noche del bosque, sacrificándose para que ella pudiera escapar.
Y ahora lo tenía aquí. Sano, vivo, con las mejillas sonrosadas por el ejercicio y los ojos brillantes de alegría por verla.
—Ya estoy bien —susurró Lyra, abrazándolo con todas sus fuerzas—. Estoy bien, Eryndor.
El rey Aldric observó la escena con una sonrisa enternecida, sus enormes manos apoyadas en las caderas. El sol de la tarde doraba las hojas de los robles del jardín y una brisa suave mecía las flores.
—Bueno, bueno —dijo finalmente, riendo—, que la vais a ahogar. Dejad que respire.
Eryndor se separó lo suficiente para mirar a su hermana a los ojos, pero mantuvo las manos en sus hombros.
—¿De verdad estás bien? Pareces más pequeña. Y más pálida.
Lyra sonrió. Hacía tanto que no sonreía de verdad.
—Solo necesito descansar. Pero ya verás como en unos días corro contigo por el jardín.
—¡Te reto a una carrera! —exclamó Eryndor con entusiasmo—. Pero cuando estés completamente bien, no quiero ventajas.
—Trato hecho.
Esa noche, el rey Aldric ordenó una cena íntima en sus estancias privadas. Nada de grandes banquetes con cien invitados, nada de protocolos ni etiquetas. Solo él, Lyra y Eryndor, sentados alrededor de una mesa pequeña junto a la chimenea encendida.
Lyra observaba a su padre mientras partía el pan con sus manos grandes y se lo ofrecía. Observaba cómo reía con las ocurrencias de Eryndor, cómo le revolvía el pelo al niño, cómo la miraba a ella con esa ternura infinita que solo los padres tienen. Y una parte de ella, la que recordaba el féretro y la tumba, no podía evitar que los ojos se le humedecieran de vez en cuando.
—¿Estás llorando, pequeña? —preguntó Aldric, inclinándose hacia ella.
—No —mintió Lyra, secándose disimuladamente una lágrima con la manga—. Es el humo de la chimenea.
Aldric y Eryndor intercambiaron una mirada cómplice y sonrieron.
—Claro, el humo —dijo el rey, guiñando un ojo—. Ese humo tan travieso siempre metiéndose en los ojos de las princesas.
La cena transcurrió entre risas, historias de cacerías y promesas de futuras aventuras. Lyra comió más de lo que había comido en los últimos días (¿o eran años?) y cuando su padre la llevó a la cama, la arropó con tanto mimo que por un momento la adulta que llevaba dentro quiso llorar como la niña que aparentaba ser.
—Descansa, Lyra de mi corazón —susurró Aldric, besando su frente—. Mañana será un nuevo día.
—Papá... —lo llamó cuando él ya se giraba para irse.
—¿Sí, pequeña?
—Te quiero.
El rey sonrió, y en esa sonrisa había todo el amor del mundo.
—Yo también te quiero, Lyra. Más que a todas las estrellas del cielo.
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Pero los días siguientes no fueron tan sencillos. Tal como su padre había dicho, la fiebre iba y venía. Algunas mañanas Lyra despertaba con energía, dispuesta a explorar el palacio que tanto había extrañado, a observar con ojos nuevos a cada sirviente, cada guardia, cada cortesano, buscando en sus rostros jóvenes los indicios de futuras traiciones. Pero al atardecer, un calor incómodo comenzaba a extenderse por su cuerpo, y sus párpados se volvían pesados como piedras.
La curandera del palacio, una mujer anciana llamada Nana Elle que había atendido a tres generaciones de Valdris, la examinaba cada día.
—Es una fiebre extraña —murmuraba, frunciendo el ceño—. No es dañina, pero tampoco termina de irse. Como si algo dentro de ella estuviera... esperando.
Lyra no entendía qué significaba eso, pero no podía evitar sentir que algo estaba cambiando dentro de su pequeño cuerpo. Algo que no tenía que ver con la enfermedad.
Una noche, una semana después de su regreso, la fiebre arreció con más fuerza que nunca. Lyra ardía en su cama, con las sábanas empapadas en sudor, mientras la luz de la luna entraba por la ventana y bañaba su rostro con un resplandor plateado.
—¿Eryndor? —susurró en su delirio—. Papá...
Pero no hubo respuesta. Solo la noche, solo la luna, solo el silencio.
Y entonces, el sueño llegó.
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No era un sueño como los demás. Lyra lo supo al instante, porque todo era demasiado nítido, demasiado real. Se encontraba en un claro del bosque, pero no el bosque oscuro y aterrador de la noche de su muerte. Este era un bosque bañado por una luz plateada que parecía emanar de todas partes, un bosque donde los árboles susurraban melodías antiguas y el aire olía a jazmín y a estrellas.
En el centro del claro, una figura la esperaba.
Era una mujer de una belleza tan sobrecogedora que Lyra sintió que el corazón se le detenía. Su piel era blanca, pero no como la nieve o el mármol. Era un blanco luminoso, como si la luz de la luna se hubiera condensado y hubiera tomado forma humana. Su cabello, largo hasta los pies, era del mismo color, y flotaba suavemente alrededor de su cuerpo como si estuviera bajo el agua. Sus ojos eran grises, pero no un gris apagado: un gris profundo y cambiante, como el cielo antes de una tormenta, como la plata fundida, como la superficie de un lago en una noche sin estrellas.
Y esos ojos miraban a Lyra con una ternura infinita.
—Hola, pequeña —dijo la mujer, y su voz era como el rumor de las olas, como el viento entre las hojas, como el silencio después de una oración—. Te estaba esperando.
Lyra quiso hablar, pero su voz no salía. La mujer sonrió, y su sonrisa iluminó todo el claro.
—No temas. No estás en peligro. Estás en mis dominios ahora, en el lugar entre el sueño y la vigilia, en el corazón de la noche. Mi nombre es Selene. Los mortales me conocen como la Diosa Luna.
Lyra cayó de rodillas instintivamente. No porque tuviera miedo, sino porque la presencia de aquella mujer era tan inmensa, tan antigua, que su cuerpo de niña solo podía responder con reverencia.
—Levántate, Lyra Valdris —dijo Selene, acercándose a ella—. No estás aquí para postrarte. Estás aquí porque yo te llamé. Y te llamé porque tú me llamaste a mí.
Lyra alzó la vista, confundida.
—¿Yo... yo la llamé?
—Aquella noche —la voz de Selene se suavizó aún más, y por un instante, sus ojos grises parecieron empañarse—. En el bosque. Cuando la flecha atravesó tu cuerpo y sentiste que la vida se escapaba. Miraste al cielo y me viste a mí. Y pediste. No pediste por ti, Lyra. No rogaste por tu propia vida. Pediste por tu hermano. Por tu familia. Una oportunidad para salvarlos.
Lyra recordó. Recordó la luna sobre su cabeza, el frío de la tierra bajo su espalda, y esa última plegaria silenciosa.
—Yo... yo solo quería...
—Lo sé —la interrumpió Selene con dulzura—. Y eso fue lo que me llegó al corazón. Llevo milenios observando a los mortales. He visto sus alegrías y sus miserias, sus grandezas y sus mezquindades. He escuchado miles de súplicas, la mayoría egoístas, muchas vanas, algunas desesperadas. Pero la tuya... la tuya era pura. No pedías vivir. Pedías amar. Y eso, Lyra Valdris, es algo que una diosa no puede ignorar.
Lyra sintió que las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos.
—¿Fue usted? ¿Fue usted quien me trajo de vuelta?
Selene asintió lentamente.
—Fui yo. Intervine en el tejido del tiempo, algo que no debería hacer, algo por lo que mis hermanos mayores me reprenderían si lo supieran. Pero te vi morir con esa súplica en los labios y mi corazón de madre... porque sí, Lyra, las diosas también tenemos corazón... mi corazón no pudo soportarlo.
La diosa se arrodilló frente a ella, y a pesar de su inmensidad, a pesar de su poder, su mirada era la de una madre amorosa.
—Pero todo tiene un precio, pequeña. El universo no perdona las deudas. Te he dado una oportunidad, sí. Has vuelto al pasado, a tu propio cuerpo de niña, con todos tus recuerdos intactos. Pero el equilibrio debe restaurarse. Y para eso, necesito tu ayuda.
Lyra tragó saliva, su corazón de cinco años latiendo con fuerza en su pecho.
—Lo que sea. Haré lo que sea.
Selene sonrió, y en esa sonrisa había orgullo y ternura a partes iguales.
—Eso esperaba. Escúchame con atención, Lyra. Lo que voy a pedirte no es fácil. Pero a cambio, te daré un regalo. Un regalo que ningún mortal ha recibido en mil años.
La diosa extendió su mano luminosa y, al hacerlo, el claro del bosque se transformó. Ya no estaban entre árboles, sino en una planicie inmensa bañada por la luz de la luna, y frente a ellas, recortadas contra el horizonte plateado, dos siluetas se movían.
Eran lobos.
Pero no lobos comunes. Eran enormes, del tamaño de un caballo pequeño, con pelajes que parecían tejidos con la propia luz estelar. Uno tenía el pelaje blanco como la leche, con ojos del color de la miel. El otro era gris como la tormenta, con ojos tan azules como el hielo más profundo. Jugaban entre ellos, persiguiéndose, rodando por la hierba, y sin embargo, había en sus movimientos una gracia, una inteligencia, que trascendía lo animal.
—Estos son los Lunae Lupi —explicó Selene—. Los Lobos de Luna. Mis hijos, de alguna manera. Criaturas nacidas de mi esencia, compañeros leales, protectores feroces. Hace mil años, caminaban junto a los mortales, elegían a los dignos y compartían su vida con ellos. Pero los hombres olvidaron el pacto, traicionaron la confianza, y los lobos se retiraron a mis dominios, donde han permanecido desde entonces.
Lyra observaba a las criaturas con los ojos muy abiertos, el asombro borrando por un momento cualquier otro sentimiento.
—¿Van a... van a volver?
—Van a volver —confirmó Selene—. Pero no para todos. Solo para dos. Para ti, Lyra, y para tu hermano Eryndor. Seréis los primeros en el reino, en todo el continente, en recibir a un Lobo de Luna en mil años. Pero esto no es un capricho ni un premio. Es una responsabilidad.
La diosa comenzó a pasear lentamente, y Lyra la siguió, sus pies descalzos sintiendo la hierba suave bajo ellos.
—El vínculo con un Lobo de Luna es para toda la vida. Desde el momento en que se establezca, tú y tu lobo estaréis conectados para siempre. Sentiréis lo que el otro siente, compartiréis pensamientos si así lo deseáis, vuestra salud y vuestra vida estarán entrelazadas. Si uno muere, el otro morirá. Si uno sufre, el otro lo sentirá. No habrá secretos entre vosotros, ni mentiras, ni distancias que no podáis salvar con solo pensar el uno en el otro.
Lyra asimilaba cada palabra, consciente de la enormidad de lo que estaba escuchando.
—Pero también compartiréis dones. Tu lobo te otorgará fuerza, velocidad, sentidos agudizados. Podrás ver en la oscuridad como él, oler el miedo y la mentira, escuchar los latidos del corazón de quien te mienta desde cien pasos. Y con el tiempo, a medida que vuestro vínculo se fortalezca, podréis compartir más: recuerdos, sueños, incluso la capacidad de comunicaros sin palabras a grandes distancias.
Selene se detuvo y miró fijamente a Lyra.
—Pero escúchame bien, niña. El lobo no es un arma. No es una herramienta para tu venganza. Es un compañero, un amigo, un hermano de otra especie. Si lo tratas como un arma, el vínculo se romperá y lo perderás para siempre. Debes amarlo, respetarlo, confiar en él. Solo entonces te dará todo lo que puede dar.
—Lo haré —dijo Lyra sin dudar—. Lo juro.
Selene asintió, satisfecha.
—Tu lobo se presentará ante ti la primera noche de luna llena después de tu séptimo cumpleaños. Esa noche, el velo entre mis dominios y el mundo mortal es más delgado, y él podrá cruzar para encontrarte. Hasta entonces, lo soñarás. A veces, cuando duermas, vendrá a ti en sueños, y jugaréis, y hablaréis, y aprenderéis a conoceros. Así, cuando por fin se presente ante ti despierta, no será un extraño. Será tu otra mitad.
—¿Y Eryndor? —preguntó Lyra—. ¿Él también lo soñará?
—Él también —confirmó la diosa—. El lobo gris de ojos azules es para tu hermano. Serán compañeros de vida y de batalla, los dos lobos y los dos hermanos. Unidos protegeréis lo que debe ser protegido. Unidos enfrentaréis las sombras que se ciernen sobre vuestro reino.
Lyra sintió un escalofrío. La diosa sabía. Sabía lo que iba a pasar, lo que había pasado, lo que ella quería evitar.
—¿Usted sabe... lo de Varen Crain? ¿Lo de la traición?
Los ojos grises de Selene se nublaron.
—Sé muchas cosas, Lyra. Pero no puedo contártelo todo. No debo. Intervine para darte una oportunidad, pero el camino lo debes recorrer tú. Tus decisiones, tus acciones, tus errores y tus aciertos. Yo solo puedo darte herramientas. El lobo es una de ellas. El amor de tu familia es otra. Tu propia inteligencia, tu memoria del futuro, es la más poderosa de todas.
La diosa se arrodilló una vez más y tomó el diminuto rostro de Lyra entre sus manos luminosas.
—Confía en tu lobo. Confía en tu hermano. Confía en ti misma. No será fácil. Habrá momentos en que quieras rendirte, en que el dolor parezca insoportable, en que las dudas te asalten. Pero recuerda esta noche. Recuerda que una diosa creyó en ti. Recuerda que pediste una oportunidad y te fue concedida. Ahora, pequeña Lyra, ve y haz que merezca la pena.
El claro comenzó a desvanecerse, la luz plateada a difuminarse.
—¡Espere! —gritó Lyra—. ¿Cómo se llamará mi lobo?
La sonrisa de Selene fue lo último que vio antes de que la oscuridad la envolviera.
—Eso, pequeña mía, tendrás que preguntárselo a él.
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Lyra despertó con un sobresalto.
La habitación estaba en penumbra, pero la luna seguía brillando a través de la ventana, derramando su luz plateada sobre el edredón. Su frente ya no ardía. La fiebre había desaparecido por completo.
Se incorporó lentamente, mirando sus manos diminutas, sintiendo su cuerpo pequeño, y sonrió.
Había sido real. El sueño había sido real.
Se tumbó de nuevo, mirando fijamente la luna a través de los cristales.
—Selene —susurró—. Gracias.
Y en algún lugar, en lo más profundo de su ser, sintió una respuesta. No eran palabras, sino una calidez, una presencia. Como si alguien, desde muy lejos, le hubiera sonreído.
Cerró los ojos y, por primera vez desde su regreso, durmió sin fiebre, sin pesadillas, con la tranquilidad de quien sabe que no está solo.
Y mientras dormía, en sus sueños apareció un cachorro de lobo blanco como la luna, con ojos del color de la miel, que se acercó a ella y apoyó su cabezota en su regazo.
—Hola —dijo Lyra en el sueño, acariciando su pelaje suave—. ¿Tú eres mi lobo?
El cachorro la miró con sus ojos dorados, y Lyra juraría que estaba sonriendo.
—Todavía no tengo nombre —dijo una voz en su mente, cálida y joven—. Pero tenemos tiempo. Dos años, ¿verdad?
Lyra rió, y su risa resonó en el sueño como campanillas de plata.
—Dos años. Tiempo de sobra para pensar en uno perfecto.
El cachorro se acomodó a su lado, y juntos, bajo la luz de la luna que los unía, durmieron el sueño de los que han encontrado su destino.