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LA HEREDERA DE LA NIEBLA

LA HEREDERA DE LA NIEBLA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Vampiro / Hombre lobo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 16: LA CARTA DE CLARA

La primavera llegó a Cresta Negra como un latido.

La nieve se retiró lentamente, dejando tras de sí un manto de barro y raíces desnudas. Los abetos negros recuperaron el verdor de sus copas, y el río Negro creció con el deshielo, arrastrando hojas muertas y promesas olvidadas. La cabaña de la montaña, que durante el invierno había sido un refugio de supervivencia, ahora parecía un lugar habitable. Casi normal.

Luna cumplió treinta años un martes de abril.

No lo celebró. Nunca celebraba su cumpleaños. Margaret tampoco. Era una tradición familiar que nunca se explicaron, pero que ambas entendían: el día que nacía una Heredera era el día que otra moría. Clara había muerto alumbrando a Luna. No había nada que celebrar.

Pero los tres reyes no lo sabían.

O sí.

Viktor apareció al amanecer con una rosa roja congelada, de esas que solo crecen en los invernaderos de su mansión de cristal. La dejó en el marco de la ventana, sin una palabra, y se fue.

Alec llegó una hora después, cuando el sol empezaba a calentar la nieve. No trajo nada. Pero se quedó. Se sentó en los escalones del porche, igual que hacía cada mañana, y no se movió.

—¿No tienes nada que hacer? —le preguntó Luna, saliendo con una taza de café.

—Hoy no —respondió él—. Hoy es tu día.

—No es mi día.

—Es el día que naciste. Eso basta.

Dante fue el último. Llegó al mediodía, con una cesta más grande de lo habitual. Dentro no había comida. Había un pastel. Pequeño, de chocolate, con una sola vela.

—Treinta años —dijo, dejando la cesta sobre la mesa—. Es una cifra redonda.

—No celebro mi cumpleaños —respondió Luna.

—Lo sé. Margaret me lo dijo. Pero creo que deberías empezar.

—¿Por qué?

Dante la miró. Sus ojos negros brillaban con una luz suave, sin la dureza habitual.

—Porque tu madre no murió para que dejaras de celebrar la vida. Murió para que la vivieras.

Luna bajó la mirada. El pastel olía a chocolate y a canela. La vela era pequeña, blanca, con la mecha esperando.

—Enciéndela —dijo Margaret desde el sillón.

Luna levantó la cabeza. Su abuela tenía las agujas de tejer en las manos, pero no estaba tejiendo. La bufanda violeta descansaba sobre su regazo, terminada. Medía exactamente tres metros: uno para cada rey.

—¿Tú también sabías? —preguntó Luna.

—Sé muchas cosas que no te he contado. Esta es una de ellas.

Luna cogió un fósforo de la cocina. Lo encendió. Acercó la llama a la vela.

El pábilo prendió.

—Pide un deseo —dijo Alec desde la puerta.

Luna cerró los ojos.

No pidió poder. No pidió respuestas. No pidió que los Antiguos durmieran para siempre o que la niebla volviera a ella.

Pidió una cosa sola:

Que los recuerdos de mi madre no duelan tanto.

Sopló.

La vela se apagó.

Y en ese momento, la puerta del sótano —esa puerta de madera oscura, en el rincón de la cocina, que nadie había abierto en treinta años— se abrió sola.

El silencio fue absoluto.

—Esa puerta —susurró Margaret, y su voz temblaba— lleva cerrada desde que tu madre se fue.

Luna se acercó. La madera crujió bajo sus dedos. Más allá del umbral, una escalera de piedra descendía hacia la oscuridad. Olía a tierra, a humedad, a algo más.

A tinta.

—Bajo —dijo.

—No vayas sola —respondieron tres voces al unísono.

Luna sonrió.

—Siempre voy sola. Y nunca lo estoy.

Bajó los escalones. La oscuridad la envolvió como una manta. Pero a los pocos pasos, algo empezó a brillar. No era fuego. Era niebla. Niebla violeta, tenue, casi agonizante, pero su niebla. La que había entregado a los Antiguos. La que ahora, por alguna razón, volvía a llamarla.

Ven, susurraba. Te he guardado algo.

El sótano era pequeño. Cuatro paredes de piedra, un suelo de tierra apisonada, y en el centro, una caja de madera. No una caja cualquiera. Un cofre. Tallado con las mismas runas que había visto en la cueva.

Luna se arrodilló. Sus dedos rozaron la tapa. La madera estaba fría, pero no muerta. Palpitaba. Como un corazón.

Abrió el cofre.

Dentro, solo había una cosa.

Una carta.

En un sobre de papel amarillento, sin lacre, sin nombre. Solo una palabra escrita con tinta negra:

LUNA.

Luna cogió el sobre. Sus manos temblaban. Dentro, un pliego de papel doblado en cuatro. La letra era temblorosa, como de alguien que sabía que se le acababa el tiempo.

"Mi niña:

Si estás leyendo esto, es que has vuelto a Cresta Negra. Es que has abierto la puerta del sótano. Es que la niebla te ha llamado. Y es que, probablemente, yo ya no esté.

No sé cuántos años tendrás cuando leas esto. Diez. Veinte. Treinta. Ojalá pudiera saberlo. Ojalá pudiera verte crecer. Ojalá pudiera estar a tu lado. Pero la Bruja Original me ha pedido algo que no puedo negarle. Y si dar mi vida significa proteger la tuya, lo haré. Sin dudar.

Quiero que sepas algo, Luna. Algo que tu abuela nunca te dirá porque le duele demasiado.

No morí por la Bruja Original. Morí por ti. Porque eras mi debilidad. Porque eras mi fuerza. Porque eras la única razón por la que valía la pena seguir viviendo.

La Bruja me ofreció un trato: tu libertad a cambio de mi sangre. Y acepté. No porque fuera valiente. Porque era madre.

Y las madres hacen eso. Dan. Sin esperar nada a cambio.

Cuida de tu abuela. Es más frágil de lo que parece. Cuida de ti misma. Eres más fuerte de lo que crees. Y cuida del valle. Porque Cresta Negra no es solo un lugar. Es un recordatorio de que incluso en la oscuridad más profunda, puede crecer un jardín.

Te quiero, Luna. Te querré siempre. Incluso cuando ya no esté.

Mamá."

Luna leyó la carta tres veces.

La primera, para entender las palabras.

La segunda, para creérselas.

La tercera, para llorar.

Las lágrimas cayeron sobre el papel, manchando la tinta, pero no borrando las letras. Como si la carta hubiera sido escrita para ser mojada por la lluvia de sus ojos.

—Mamá —susurró.

La niebla violeta se arremolinó a su alrededor, cálida, envolvente. Por un instante, Luna juró sentir dos brazos rodeándola. Dos brazos que no eran de carne y hueso, pero que la sostenían igual.

Estoy aquí, susurró una voz en el viento. Siempre estaré.

Luna apretó la carta contra su pecho.

Subió las escaleras.

En la cocina, Margaret la esperaba con los brazos abiertos y los ojos llenos de lágrimas. Los tres reyes, en silencio, miraban sin mirar.

—Luna... —empezó Margaret.

—Lo sé —la interrumpió Luna—. Lo sé todo. Y no te culpo. No la culpo a ella. No culpo a nadie.

Se sentó en la mesa. Frente al pastel de chocolate, con la vela apagada y la rosa roja congelada.

—Vamos a celebrar —dijo.

Alec arqueó una ceja.

—¿Celebrar?

—Mi madre me ha pedido que viva. Y voy a empezar hoy.

Cortó el pastel en seis trozos. Uno para Margaret. Uno para Viktor. Uno para Alec. Uno para Dante. Uno para ella. Y uno para la carta, que colocó en el borde de la mesa, como si su madre estuviera sentada a su lado.

—Por los treinta años —dijo, levantando su trozo—. Y por los que quedan.

Comieron en silencio. Pero no era un silencio triste. Era un silencio lleno. De memoria. De esperanza. De algo que se parecía a la paz.

Afuera, el sol de abril se ponía detrás de los abetos negros.

Y en el sótano, el cofre de madera se cerró solo.

Como un corazón que por fin aprendía a descansar.

1
Gloria
Buenas noches autor una pregunta esta es una historia poliamorosa , o ella solo tiene en destinado por así decirlo , lo digo por que no me gustan las historias poliamorosas , yo soy más de la pajarera y ya 🤔🤔🤔🤔
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