Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
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Capítulo 2: El inventario de una vida
La noche había sido larga.
Adrián se despertó con la luz del sol filtrándose entre las persianas, pero no se movió. Permaneció boca arriba, mirando el techo de su habitación, un techo que conocía de memoria pero que ahora parecía nuevo. Las grietas diminutas en la pintura, la lámpara de diseño sencillo que él mismo había elegido años atrás, la forma en que la luz dibujaba rectángulos irregulares sobre las paredes.
Todo era igual. Todo era distinto.
Llevaba despierto desde las cuatro de la madrugada. Había pasado las horas escuchando su propia respiración, el roce de las sábanas, los ruidos lejanos de la ciudad que empezaba a despertar y había pensado tanto que le dolía la cabeza.
Ahora, con el sol ya alto, se incorporó lentamente y apoyó la espalda en el cabecero. Frente a él, la puerta del armario estaba entreabierta, dejando ver el caos ordenado de su ropa. Diseñador de interiores y, sin embargo, incapaz de mantener su propio armario en condiciones. Su madre siempre se lo decía: "Adrián, cómo puedes crear espacios tan perfectos para otros y vivir en este desastre".
Sonrió. Era una sonrisa pequeña, triste.
Su madre. No había pensado en ella en la primera vida. No lo suficiente. Estaba tan ocupado deseando que Alejandro lo mirara que se había olvidado de mirar a quienes sí lo querían.
Eso va a cambiar, pensó. Todo va a cambiar.
Pero antes de cambiar nada, necesitaba entender. Necesitaba hacer inventario de su vida anterior, de sus errores, de sus cegueras. Necesitaba saber qué había fallado para no volver a fallar.
Se levantó, fue al baño, se miró al espejo. El mismo rostro, las mismas ojeras. Las mismas pecas diminutas que siempre intentaba ocultar. Pero detrás de sus ojos color miel, algo se movía de otra manera.
—Vamos por partes —dijo en voz alta, como si hablar consigo mismo pudiera ordenar el caos.
Volvió a la habitación, cogió una libreta de la mesilla (una libreta negra, de esas que compraba por docenas para sus bocetos) y un lápiz. Se sentó en el borde de la cama, apoyó la libreta en las rodillas y empezó a escribir.
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PRIMERA VIDA: INVENTARIO
Alejandro.
Lo escribió y se quedó mirando la palabra. Solo el nombre, y ya pesaba.
¿Qué había sido Alejandro para él en su primera vida? La respuesta le llegó sin esfuerzo, como si llevara años esperando a ser formulada: un espejismo.
Adrián había construido una imagen de Alejandro que no se correspondía con la realidad. Había visto en él al hombre que podía amarlo, al alfa que un día despertaría y lo miraría de verdad. Se había aferrado a pequeños gestos —una mirada ligeramente más larga, una palabra ligeramente menos fría— y los había convertido en pruebas de que algo podía crecer entre ellos.
Pero no había nada.
Alejandro no lo amaba. No lo odiaba, que era peor. Simplemente no lo veía. Adrián era una pieza más en su tablero: el omega prometido, la alianza con los Guerrero, el adorno bonito que lucir en eventos. Nada más.
Y sin embargo, Adrián había invertido un año entero de su vida esperando. Un año de llamadas no contestadas, de cenas en soledad, de sonrisas que se congelaban antes de llegar. Un año de "ahora no, Adrián" y "hablamos mañana" y "no es momento para tus dramas".
Cuarenta y siete segundos. Esa fue la duración de su última llamada. Cuarenta y siete segundos para que el hombre con el que iba a casarse le dijera, sin decirlo, que no importaba.
Adrián apretó el lápiz. La mina se quebró ligeramente.
—No era amor —susurró—. Era adicción a la esperanza.
Lo escribió debajo del nombre de Alejandro, en letras mayúsculas, y pasó al siguiente punto.
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Yo mismo.
Esta era más difícil. Mirarse a uno mismo, reconocer las propias miserias, siempre era más complicado que señalar las de los demás.
¿Quién había sido Adrián en su primera vida? Un fantasma.
Había existido en función de los demás. De su padre, que esperaba que fuera un digno heredero. De su madre, que quería verlo feliz aunque no supiera cómo ayudarlo. De Alejandro, que ocupaba cada pensamiento, cada esperanza, cada rincón de su corazón.
Había estudiado Economía por obligación, aunque su alma estuviera en el diseño. Había aceptado el compromiso con Alejandro sin preguntarse si realmente lo deseaba. Había pasado horas eligiendo la ropa adecuada, las palabras adecuadas, los gestos adecuados, para ser el omega perfecto que todos esperaban.
¿Y él? ¿Dónde estaba él en todo eso?
En ninguna parte.
Había sido un decorado. Un mueble bonito en la sala de estar de la vida de otros.
La única vez que había hecho algo por sí mismo —estudiar diseño, abrir su pequeño estudio— lo había hecho casi a escondidas, como si fuera un capricho infantil del que avergonzarse. Y cuando Alejandro le preguntaba (las pocas veces que preguntaba), respondía con disculpas: "Es solo algo pequeño", "No es importante", "No te preocupes, no interfiere con mis obligaciones".
Siempre disculpándose. Siempre ocupando menos espacio del que le correspondía.
Adrián respiró hondo. El aire entró en sus pulmones con una nitidez que le sorprendió. Estaba vivo. Tenía una segunda oportunidad y por primera vez, se preguntó: ¿y si en lugar de intentar que los demás lo miraran, aprendía a mirarse él?
Lo escribió: APRENDER A MIRARME.
Debajo, añadió: El diseño no es un capricho. Es lo que soy.
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Mi familia.
Su padre, Ignacio Guerrero. El heredero obediente. El que aceptó el matrimonio por conveniencia, se casó con una omega de buena familia y construyó la vida que esperaban de él. No era un hombre malo. Era un hombre ausente, atrapado en su propia jaula de oro.
En su primera vida, Adrián lo había visto como un modelo a seguir: alguien que cumplía con su deber sin quejarse. Ahora, con la distancia que da la muerte y el renacer, empezaba a ver las grietas. Las miradas perdidas de su padre cuando creía que nadie lo observaba. El silencio en las comidas familiares. La forma en que sus manos temblaban ligeramente cuando firmaba documentos importantes.
Su padre también había sido un fantasma. Un fantasma diferente, pero fantasma al fin.
Su madre, Elena. Una omega que había sacrificado su propia carrera musical por el matrimonio. En su primera vida, Adrián la había visto como un ejemplo de abnegación, de amor incondicional. Ahora se preguntaba: ¿era amor o era resignación? ¿Era elección o era mandato?
Recordó las tardes en que su madre se sentaba al piano, cuando nadie la veía, y tocaba melodías que nunca compartía. Recordó la forma en que sus ojos se iluminaban por un instante, solo un instante, antes de apagarse de nuevo.
Tengo que hablar con ella, pensó. De verdad. No solo de la boda, no solo de compromisos. De ella.
Lo escribió: HABLAR CON MAMÁ. PREGUNTARLE QUÉ QUIERE.
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Mi estudio.
En su primera vida, el estudio de diseño había sido su refugio. Un pequeño local en el centro, con grandes ventanales y paredes blancas, donde pasaba horas muertas creando espacios para otros. Había construido una cartera sólida, clientes satisfechos, un nombre en el sector pero nunca lo había tomado en serio. Nunca había creído que pudiera ser suficiente. Cuando alguien le preguntaba a qué se dedicaba, respondía "diseño de interiores" con un tono casi de disculpa, como si dijera "nada importante".
En su mente, lo importante era el imperio Guerrero. Lo importante era ser digno de Alejandro. Lo importante era todo excepto lo que realmente amaba.
Ahora, con la perspectiva del renacer, veía la locura de eso. Había creado belleza. Había transformado espacios. Había hecho felices a personas con su trabajo. ¿Y eso no era importante?
Lo era. Lo era tanto como cualquier contrato, cualquier herencia, cualquier imperio.
Lo escribió: EL ESTUDIO ES MI VIDA. CRECERLO. ORGULLO.
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Sergio.
Llegó el nombre y el lápiz se detuvo.
Sergio. Su primo. Su asesino. Su espejo.
En su primera vida, Adrián apenas lo había visto. Estaba ahí, siempre estaba ahí, en las cenas familiares, en los eventos, en los bordes de las fotografías. El primo brillante, el que estudiaba sin parar, el que siempre tenía una respuesta inteligente. Adrián lo había envidiado un poco, en secreto. Sergio parecía saber siempre quién era, adónde iba, qué quería.
No sabía nada. No sabía que Sergio miraba a Alejandro con los mismos ojos con los que él lo miraba. No sabía que su primo llevaba años esforzándose, años amando, años esperando una mirada que nunca llegaba. No sabía que, debajo de esa fachada de perfección, había un hombre roto que estaba a punto de romperse del todo.
Y ahora lo sabía. Ahora veía las señales que antes había ignorado. Las miradas furtivas. La tensión en la mandíbula cuando alguien mencionaba a Alejandro. La forma en que sus manos se cerraban en puños bajo la mesa cuando el alfa hablaba de su compromiso.
Sergio lo había matado. Pero Adrián, en su primera vida, también había contribuido a crear al monstruo. No con maldad, sino con indiferencia. Con no mirar. Con no preguntar. Con estar demasiado ocupado en su propio dolor para ver el dolor de su primo.
Podríamos haber sido amigos, había dicho Sergio en la azotea. Y era verdad.
Adrián cerró los ojos. Vio la escena otra vez: las manos en su pecho, el empujón, el vacío. Vio los ojos de Sergio, y detrás de ellos, no odio, sino una tristeza inmensa, la tristeza de quien ha matado lo mejor de sí mismo para poder seguir adelante.
—Todavía no es ese momento —susurró—. Todavía no ha cruzado la línea. Todavía hay tiempo.
Lo escribió: SERGIO NO ES MI ENEMIGO. ES MI ESPEJO. SALVARLO ES SALVARME.
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Lo que quiero.
Esta era la pregunta más difícil. Después de hacer inventario de su vida anterior, después de señalar errores y cegueras, después de entender a los demás, quedaba lo fundamental: ¿qué quería Adrián para esta nueva vida?
No la respuesta fácil. No "que Alejandro me ame" o "ser feliz". Cosas concretas. Verdaderas.
Escribió:
- Ser diseñador. En serio. Sin disculpas.
- Que mi estudio crezca. Que sea mío. No un hobby, una vida.
- Conocer a mi madre. De verdad.
- Entender a mi padre. Perdonarlo.
- Ver a Sergio. Verlo antes de que sea tarde.
- Aprender a estar solo sin sentirme vacío.
- Dejar de esperar miradas.
- Mirarme yo.
Y al final, después de dudar, añadió:
- Si Alejandro algún día aprende a mirar, que me encuentre. Pero no voy a esperarlo.
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Cerró la libreta. El lápiz había dejado marcas profundas en el papel, casi rompiéndolo en algunas páginas. Había escrito con fuerza, con rabia, con esperanza.
Se levantó y fue a la ventana. La ciudad se extendía ante él, ruidosa, viva, indiferente. En algún lugar de esa ciudad, Sergio estaba despertando también. En algún lugar, Alejandro ya estaba en su oficina, revisando informes, cerrando tratos, sin saber que su mundo estaba a punto de tambalearse.
Adrián apoyó la frente en el cristal. El frío le hizo bien.
—Un año —dijo en voz baja—. Tengo un año.
Un año para cambiar su vida. Un año para salvar a Sergio. Un año para convertirse en alguien que, cuando llegara el momento, no necesitara que nadie lo salvara.
No era mucho tiempo. Pero era todo lo que tenía.
Se apartó de la ventana, se vistió con ropa cómoda y cogió las llaves de su estudio. Necesitaba estar allí. Necesitaba ver sus bocetos, sus muestras de tela, sus proyectos a medio terminar. Necesitaba recordar quién era.
En la puerta, se detuvo. Miró la libreta negra sobre la mesilla, con sus páginas llenas de verdades recién descubiertas.
—Esto no es un plan de venganza —se dijo a sí mismo—. Es un plan de vida.
Y salió.
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El estudio estaba a veinte minutos a pie. Adrián decidió caminar. Necesitaba sentir el aire en la cara, el suelo bajo sus pies, la certeza de que estaba vivo y podía moverse por el mundo.
Las calles estaban llenas de gente que iba a sus trabajos, a sus vidas, a sus rutinas. Adrián los observaba con una curiosidad nueva. ¿Cuántos de ellos estaban también atrapados en vidas que no habían elegido? ¿Cuántos deseaban, como él, una segunda oportunidad?
Llegó al estudio. Un local pequeño en una calle arbolada, con un cartel discreto que decía simplemente "Adrián Guerrero - Diseño de Interiores". Sacó las llaves, abrió, y el olor le golpeó: madera, tela, papel, pegamento. Olía a él. Olía a casa.
Se quedó en el umbral, mirando. Los tableros con muestras. La mesa de trabajo llena de bocetos. La estantería con carpetas de clientes. La cafetera, siempre lista. La ventana que daba a la calle, con esa luz que tanto amaba.
En su primera vida, había pasado aquí cientos de horas. Pero siempre con la sensación de estar robando tiempo, de estar haciendo algo secundario mientras lo importante ocurría en otro lado.
Ya no.
Entró, cerró la puerta, y por primera vez en mucho tiempo, respiró hondo. El olor del estudio llenó sus pulmones. El aroma de jazmín y canela que desprendía su piel se mezcló con el de la madera y el papel, creando una combinación que era solo suya.
Se acercó a la mesa de trabajo. Sobre ella, un proyecto a medio terminar: la reforma de un pequeño apartamento para una pareja joven. Bocetos, muestras de pintura, fotografías del espacio original. Lo había dejado todo preparado.
Se sentó, cogió un lápiz, y empezó a dibujar. No el proyecto, sino otra cosa. Una idea que le había rondado la cabeza desde que despertó.
Dibujó una flor de jazmín. Luego otra. Luego muchas, cayendo, flotando, suspendidas en el aire. Y al fondo, una silueta: un hombre de espaldas, mirando un horizonte de luces.
No sabía si era él, si era Sergio, si era Alejandro. Quizá eran los tres. Quizá eran todos los que alguna vez habían deseado ser vistos.
Dejó el lápiz y miró el dibujo. No estaba mal. Tenía algo, una cualidad etérea, casi triste.
—Paso uno —murmuró—: dejar de ser fantasma.
El teléfono sonó. Era su madre.
—Adrián, cielo, ¿cómo estás? Anoche te noté un poco raro. ¿Todo bien?
En su primera vida, habría respondido con un "sí, todo bien, no te preocupes". Habría ocultado, habría sonreído, habría seguido siendo el omega perfecto que no molestaba.
Pero ya no.
—Mamá —dijo, y su voz sonó diferente incluso para él—. ¿Tienes tiempo hoy? Quiero hablar contigo. De verdad. No de la boda, no de compromisos. De ti. De mí.
Hubo un silencio al otro lado. Luego, la voz de su madre, más pequeña, más joven, más ella:
—Siempre tengo tiempo para ti, Adrián. Siempre.
—¿A las cinco? Podemos tomar un café.
—A las cinco. En el café de siempre.
Colgaron. Adrián miró el teléfono un momento, luego lo dejó sobre la mesa.
Un año. Un año para cambiar su vida. Un año para salvar a Sergio. Un año para aprender a ser él mismo.
Y empezaba ahora.
Se levantó, fue a la ventana y la abrió de par en par. El aire de la mañana entró, fresco, limpio, lleno de posibilidades.
Allá afuera, la ciudad seguía su curso. En algún lugar, Alejandro seguía sin mirar. En algún lugar, Sergio seguía planeando. En algún lugar, su madre seguía esperando que alguien le preguntara qué quería.
Adrián sonrió. Una sonrisa pequeña, insegura, pero real.
—Vamos allá —dijo.
Y se puso a trabajar.
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕