Él es cristal: frío, poderoso e inquebrantable. Ella es la luz que amenaza con romperlo.
Alistair Vance, un CEO implacable que lo toma todo por la fuerza, encuentra su obsesión en la dulce Evie Morales. Pero cuando una traición cruel destruye su confianza, ella desaparece, dejando al hombre más poderoso del mundo de rodillas.
Él está dispuesto a quemar el mundo para encontrarla. Ella solo quiere olvidar que alguna vez lo amó.
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La grieta en el muro
La lluvia golpeaba con furia los ventanales del piso 40, convirtiendo la vista de la ciudad en un borrón de luces neón y sombras acuosas. Eran pasadas las nueve de la noche. La mayoría de los empleados se habían marchado hacía horas, pero en la oficina principal, la luz seguía encendida.
Alistair estaba sentado tras su escritorio, pero no estaba trabajando. Tenía la cabeza apoyada en una mano y frente a él descansaba un marco de plata con una fotografía antigua. Su rostro, normalmente una máscara de hierro, mostraba una fatiga que iba más allá de lo físico. Sus ojos negros, usualmente gélidos y calculadores, estaban nublados por un dolor sordo que solo aparecía cuando el mundo dejaba de mirar.
Un suave golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Antes de que pudiera recomponer su fachada de CEO implacable, la puerta se abrió y Evie entró. No traía su cámara ni sus planos; solo llevaba un par de tazas de chocolate caliente y esa expresión dulce que Alistair empezaba a temer porque era la única capaz de desarmarlo.
—La seguridad me dijo que seguías aquí —dijo ella en voz baja, acercándose con pasos lentos que no buscaban invadir, sino acompañar—. Pensé que podrías necesitar algo que no fuera café amargo.
Alistair cerró el marco de la foto con un movimiento rápido y se frotó la cara, intentando recuperar su postura. Sus hombros musculosos se tensaron bajo la camisa negra, cuyas mangas llevaba remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos potentes y venosos.
—Deberías estar en casa, Evie. La tormenta se está poniendo peor —dijo él, aunque su voz carecía del filo habitual.
Evie dejó las tazas sobre la mesa y rodeó el escritorio. Esta vez no se sentó en su silla; se quedó de pie a su lado, lo suficientemente cerca como para que el calor de su cuerpo voluptuoso y su aroma a vainilla empezaran a filtrar el aire denso de la habitación.
—No me voy a ir mientras te veas como si estuvieras cargando el peso de todo el edificio sobre tu espalda —respondió ella con firmeza—. ¿Qué pasa, Alistair? Y no me digas que es el trabajo. No te creo.
Alistair guardó silencio, mirando fijamente la superficie de caoba. Por un momento, el orgullo luchó contra la necesidad, pero la presencia de Evie era como un bálsamo. Había algo en su cara tierna y en sus ojos café que le daba permiso para dejar de ser el "Ejecutor" por un momento.
—Hoy es el aniversario de la muerte de mi madre —confesó finalmente, su voz apenas un susurro ronco—. Ella era la única que no veía en mí a un heredero o a una inversión. Era la luz de esta familia. Cuando se fue... —apretó los puños— el cristal se volvió opaco. Tuve que endurecerme para que mi padre y la junta no me devoraran.
Evie sintió un nudo en la garganta. Extendió su mano y, con una delicadeza infinita, la puso sobre el hombro de Alistair. Sintió la dureza del músculo, pero también el ligero temblor que lo recorría.
—Lo siento tanto, Alistair —susurró ella.
Sin pensarlo, Evie hizo algo que nadie se había atrevido a hacer en años. Se inclinó y lo rodeó con sus brazos desde atrás, apoyando su mejilla contra su cabello negro. Fue un abrazo puro, lleno de esa alegría terna que ella poseía, ofreciéndole su luz para iluminar su oscuridad.
Alistair se quedó rígido por un segundo. El contacto de las curvas suaves y cálidas de Evie contra su espalda fue como un choque eléctrico. Pero entonces, algo cedió. Soltó un suspiro largo y pesado, y por primera vez, se permitió apoyarse. Se giró en su silla y hundió el rostro en el abdomen de Evie, rodeando su cintura con sus brazos poderosos.
Se aferró a ella con una urgencia que lo asustó. Sus manos grandes se enterraron en la tela de la blusa de Evie, sintiendo la suavidad de su cuerpo voluptuoso. No había nada sexual en el gesto en ese momento; era la búsqueda de refugio de un hombre que se estaba ahogando en su propia soledad.
Evie acarició los rizos negros de Alistair, pasando sus dedos por su nuca con una ternura que lo hacía estremecer.
—Está bien, Alistair. No tienes que ser de piedra todo el tiempo. Conmigo no.
Él levantó la vista. Sus ojos negros estaban a centímetros de los de ella. La proximidad era embriagadora. La vulnerabilidad del momento se transformó rápidamente en algo más denso, más cargado. La gratitud se convirtió en deseo, y el consuelo en una necesidad física que hacía que el aire en la oficina chispeara.
Alistair se puso en pie sin soltarla, su altura dominante obligando a Evie a mirar hacia arriba. Sus manos bajaron desde su cintura hasta sus caderas, atrayéndola con una fuerza que no dejaba lugar a dudas. El contraste era absoluto: el hombre serio y musculoso, que acababa de mostrar su alma, y la chica de rizos oscuros que acababa de salvarlo de sus propios demonios.
—Evie... —susurró él, su aliento rozando los labios carnosos de ella—. No tienes idea de lo que me haces. He pasado años construyendo estos muros, y tú los has derribado todos en una semana.
—Tal vez necesitaban caer —respondió ella, sus ojos café brillando con una mezcla de amor e inocencia que a Alistair le resultaba irresistible.
Él acortó la distancia final. No fue un beso agresivo; fue un beso lento, profundo, cargado de una emoción que los sobrepasaba a ambos. Sabía a chocolate caliente y a promesas silenciosas. La lengua de Alistair exploró la boca de Evie con una mezcla de reverencia y hambre, mientras sus manos exploraban las curvas de su espalda, perdiéndose en la suavidad de su cuerpo.
Evie se aferró a sus hombros, sintiendo el poder de sus músculos bajo sus manos. Por primera vez en sus veinticuatro años, sintió que el mundo desaparecía y que solo existía ese hombre posesivo y tierno a la vez.
Alistair se separó apenas unos milímetros, jadeando, su frente contra la de ella.
—Si no te vas ahora, no te dejaré ir en toda la noche. Y soy un hombre de palabra, Evie. Una vez que te haga mía, no habrá marcha atrás. Serás la primera, la última y la única.
Evie le sonrió, una sonrisa que ya no era solo alegre, sino llena de una determinación madura.
—¿Y quién dijo que quiero irme?
La tormenta afuera seguía rugiendo, pero dentro de la oficina de cristal, el frío había desaparecido para siempre. Alistair la tomó en brazos, sintiendo su peso perfecto, y caminó hacia el área de descanso privada del despacho. Sabía que esa noche, la luz finalmente entraría en el cristal de la forma más íntima posible.