Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 4: El primer juicio
El carruaje del Duque del Sur era imponente.
Oscuro, sobrio, sin adornos innecesarios. No llevaba emblemas ostentosos ni símbolos de riqueza exagerada. Representaba exactamente lo que se decía de su dueño: fuerza contenida, control absoluto y una distancia que no invitaba a la cercanía.
Cuando Elian Vaelor subió, nadie lo ayudó.
Tampoco lo apresuraron.
Dos guardias permanecieron inmóviles, observándolo sin prisa, como si el simple acto de entrar ya fuera una prueba. Elian subió solo, sosteniéndose del borde del carruaje con manos temblorosas. El escalón parecía más alto de lo que era. Sus piernas, débiles por el hambre y el miedo, protestaron.
No cayó.
Pero tampoco fue elegante.
La puerta se cerró tras él con un sonido seco.
El viaje comenzó sin palabras.
Dentro del carruaje, Elian mantuvo la espalda recta y las manos sobre el regazo, los dedos entrelazados con fuerza para evitar que temblaran. El vaivén del camino le revolvía el estómago vacío. El olor a cuero limpio y madera oscura impregnaba el espacio. Un aroma desconocido… pero estable.
No era el de sus padres.
No era un olor que anunciara dolor inmediato.
Aun así, no se relajó.
Miró sus manos. Eran finas, pálidas, marcadas por pequeños temblores que no lograba controlar del todo. Dieciocho años. Eso era lo que tenía ahora. Pero se sentía mucho más pequeño. Mucho más cansado.
No mires a los ojos.
No hables si no te preguntan.
No cometas errores.
Eso era lo único que sabía hacer bien.
El carruaje se detuvo.
Cuando la puerta se abrió, el aire del Sur lo golpeó con fuerza. Era más frío, más limpio. Frente a él se alzaba el castillo de Ardenfell: una construcción sólida, de piedra oscura, líneas firmes y torres austeras. No parecía un lugar diseñado para impresionar, sino para resistir.
No había risas.
No había gritos.
No había el caos refinado de la mansión Vaelor.
Ese silencio ordenado lo desconcertó más que cualquier golpe.
Elian bajó del carruaje con cuidado. Esperó una orden. Nadie la dio. Dudó un segundo… y luego avanzó, sintiendo cada paso como si caminara sobre hielo delgado.
El salón principal era amplio, alto, iluminado por ventanales que dejaban entrar una luz fría. No había exceso de adornos. Todo estaba dispuesto con precisión casi militar.
Y allí estaba él.
Kael Ardenfell, Duque del Sur.
Alto. Imponente. De hombros anchos y postura recta. Vestía un uniforme oscuro, sencillo, pero perfectamente ajustado. No necesitaba levantar la voz ni hacer un solo gesto para imponer respeto. Su sola presencia dominaba el espacio.
Un alfa.
Elian reaccionó antes de pensar.
Inclinó la cabeza profundamente, demasiado, hasta que la nuca le ardió por la tensión. Su frente casi tocó el suelo. Era un gesto aprendido, grabado en los músculos, en los reflejos.
—Levántate —ordenó Kael.
La voz no fue cruel.
Tampoco amable.
Fue firme.
Elian tardó un segundo demasiado largo.
Su cuerpo se quedó quieto, esperando algo más. Un golpe correctivo. Una orden adicional. Un castigo por haber bajado demasiado la cabeza.
Nada ocurrió.
Con cuidado, se incorporó.
Cuando alzó el rostro, sus ojos se encontraron.
Kael frunció el ceño.
Había esperado muchas cosas.
Arrogancia.
Desprecio.
Una falsa fragilidad calculada.
No vio nada de eso.
Vio miedo.
Miedo contenido en cada músculo tenso. En la forma en que Elian mantenía los hombros encogidos. En cómo su respiración era superficial, medida, como si cada inhalación tuviera que ser permitida.
Un miedo antiguo.
—Así que tú eres —dijo Kael, sin suavizar el tono— el omega del que todos hablan.
Elian sintió un vacío en el pecho.
El villano.
El manipulador.
El problema.
No respondió.
El silencio se alargó, pesado, pero extraño. No era el silencio que precedía a un castigo. No había expectativa de violencia inmediata. Eso lo confundió… y lo asustó aún más.
—¿No tienes nada que decir? —preguntó Kael.
Elian tragó saliva.
—No, mi señor —respondió al fin, con voz baja.
Demasiado baja.
Demasiado acostumbrada a no existir.
Kael dio un paso hacia él.
Elian retrocedió sin darse cuenta.
El movimiento fue mínimo, casi imperceptible, pero Kael lo vio.
Interesante, pensó.
No era un retroceso estratégico.
Era un reflejo.
Kael lo observó con detenimiento. No como un noble evaluando un matrimonio político, sino como un comandante analizando algo que no encajaba en el informe recibido.
El omega no levantaba la mirada.
No mostraba orgullo.
No mostraba desafío.
Mostraba preparación para el dolor.
—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó Kael.
—Sí, mi señor —respondió Elian de inmediato.
—Dilo.
Elian dudó. Su pecho se apretó.
—Para… servir como consorte —dijo—. Por el bien del reino.
Kael ladeó la cabeza.
—¿Eso es todo?
Elian asintió.
No mencionó amor.
No mencionó deber compartido.
No mencionó elección.
Kael sintió una incomodidad extraña.
—Mírame cuando hablas.
La orden cayó como una losa.
Elian se tensó. Sus dedos se crisparon. Levantar la mirada era peligroso. Siempre lo había sido. Dudó un instante… y obedeció.
Sus ojos se encontraron de nuevo.
Kael vio entonces algo que no había visto antes.
Vacío.
No estupidez.
No maldad.
Vacío aprendido.
—Basta —dijo Kael de pronto.
Elian se estremeció.
—No tienes que inclinarte más —continuó el duque—. Ni retroceder.
El omega parpadeó, confundido.
—Aquí no te he ordenado arrodillarte —añadió Kael—. Aún.
Elian asintió, rápido, con un nudo en la garganta.
No entendía.
No sabía cómo comportarse sin dolor inmediato.
Kael dio media vuelta.
—Ven —ordenó—. Te mostrarán tus habitaciones.
Elian lo siguió en silencio, cada paso cargado de tensión. Esperaba que en cualquier momento alguien lo detuviera. Que alguien gritara. Que todo se volviera como siempre.
Nada ocurrió.
Los pasillos eran amplios. Limpios. Silenciosos.
Un sirviente abrió una puerta.
—Este será tu espacio —dijo Kael.
Elian entró.
La habitación era… grande. Demasiado. Una cama real. Una mesa. Ventanas.
El omega se quedó quieto, de pie, sin tocar nada.
—¿Algo que decir? —preguntó Kael desde la puerta.
Elian negó con la cabeza.
—Bien —respondió el duque—. Descansa. Mañana hablaremos.
Descansa.
La palabra le resultó extraña.
Kael se retiró.
Elian quedó solo.
Y entonces, cuando la puerta se cerró, sus piernas cedieron.
Se deslizó hasta el suelo, apoyando la espalda contra la cama. El corazón le latía con fuerza desordenada. No había sido golpeado. No había sido humillado. No había sido castigado.
Eso lo dejó sin aire.
Por primera vez en mucho tiempo… no sabía qué esperar.
En el otro extremo del pasillo, Kael se detuvo.
Apoyó una mano en la pared.
Eso no es un villano, pensó.
Y por primera vez desde que aceptó el matrimonio, una duda real se instaló en su pecho.