Hace mil años, el sol se extinguió. Hoy, la humanidad se aferra a la vida en Aethelgard, una colosal metrópolis flotante que sobrevive drenando la energía del Abismo. En este mundo, tu valor se mide por tu Núcleo de Esencia, y el de Kaelen era basura.
Como un simple Recolector, Kaelen arriesgaba su vida en las profundidades para que la élite viviera en el lujo. Pero la lealtad no existe en el Abismo. Traicionado por su capitán y apuñalado por la espalda por sus propios compañeros, Kaelen es arrojado a las fauces de la oscuridad eterna.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. En el fondo del abismo, donde el tiempo no existe, Kaelen tropieza con los restos de una deidad olvidada. Al borde de la muerte, toma una decisión que cambiará el orden del universo: devorar el corazón de un dios.
Ahora, con un sistema de poder oscuro despertando en sus venas y una sed de venganza que podría incinerar los cielos
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La Vanguardia de Hierro
El desierto de ceniza era un cementerio de proporciones continentales. Bajo el cielo perpetuamente gris, dunas de polvo de silicio se movían con el viento, cubriendo y revelando los restos de antiguas megatrópolis. Kaelen avanzaba a pie; su moto había muerto kilómetros atrás, con los circuitos fundidos por la sobrecarga de energía.
Su cuerpo ardía. El [Primer Despertar de Divinidad] era un proceso violento: sentía como si sus venas estuvieran siendo inyectadas con plomo derretido mientras su ADN se reescribía para albergar más energía abisal.
—Solo... un poco más —gruñó, hincando su rodilla en la ceniza.
De repente, el suelo vibró. No era un monstruo. Era tecnología. Cuatro vehículos todoterreno, reforzados con placas de metal oxidado y armados con arpones neumáticos, surgieron de detrás de una duna, rodeándolo en círculos.
Un grupo de hombres y mujeres con máscaras respiratorias y capas de cuero saltaron de los vehículos. Apuntaron a Kaelen con rifles de fragmentación que, aunque viejos, emitían un brillo de energía estable.
—¡Quieto, vagabundo! —gritó una mujer desde el vehículo principal. Se quitó la máscara, revelando un rostro marcado por una cicatriz que le cruzaba el puente de la nariz, pero con una belleza afilada—. Estás en territorio de la Vanguardia de Hierro. Cualquier cosa que camine por aquí es comida para los gusanos o propiedad del Gremio. ¿Cuál de las dos eres tú?
Kaelen levantó la vista. Sus ojos carmesí brillaron débilmente, lo que hizo que los soldados dieran un paso atrás instintivamente.
—No soy... del Gremio —logró decir Kaelen, su voz raspando como el papel de lija.
—Lleva el uniforme de los Recolectores de Aethelgard —observó un soldado calvo, ajustando su dedo en el gatillo—. Es un espía. Mátenlo y quítenle las botas, parecen de buena calidad.
—¡Esperen! —ordenó la mujer, bajando de un salto. Se acercó a Kaelen, notando la marca negra en su muñeca y la extraña cadena de hueso que parecía fundida a su brazo—. Mira su energía. Está en medio de una evolución de grado alto. Si fuera un espía del Gremio, estaría escoltado por un batallón.
Se puso en cuclillas frente a él, sosteniendo un cuchillo de combate cerca de su garganta.
—Me llamo Sora —dijo ella con voz firme—. Somos los que Aethelgard olvidó. Los que se negaron a ser baterías para sus ciudades flotantes. Dime tu nombre o dejaré que el proceso de evolución te queme desde adentro.
—Kaelen... —respondió él, agarrando la muñeca de Sora con una velocidad que ella no pudo prever. La fuerza de su agarre hizo crujir el guantelete de la mujer—. Ayúdame a terminar la evolución... y borraré a los ejecutores que los persiguen.
Sora lo miró a los ojos y, por primera vez en años, sintió un miedo primario. No era el miedo a morir, sino el miedo a estar frente a algo que no pertenecía a este mundo.
—Súbanlo al camión médico —ordenó Sora a sus hombres—. Y pónganle los inhibidores de energía. Si despierta y decide que somos sus enemigos, no quedará nada de este campamento.
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[Reputación inicial: Neutral / Recelo]
[Estado de Evolución: 45%...]
Kaelen perdió el conocimiento mientras lo subían al vehículo. En su mente, el sistema seguía procesando datos, pero algo nuevo apareció: una conexión con el Altar de Ascensión que se encontraba en lo profundo del territorio rebelde.
Horas después, Kaelen despertó en una habitación de paredes metálicas. Estaba encadenado a una camilla con esposas diseñadas para suprimir el flujo de energía. Sora estaba allí, limpiando su propia arma.
—Estás en el "Nido del Cuervo", nuestra base oculta —dijo ella sin mirarlo—. Has estado gritando nombres en sueños. Marcus. Lyra. El Gremio dice que un terrorista masacró a los Halcones de Hierro en el Sector Medio. ¿Eras tú?
Kaelen rompió las esposas de un solo tirón, el metal Clase C se deshizo como si fuera plástico. Sora se puso en pie de un salto, apuntándole, pero Kaelen solo se sentó en la camilla, frotándose las muñecas.
—Eran traidores —dijo Kaelen simplemente—. Y solo son los primeros de una lista muy larga.
Sora bajó el arma lentamente, una sonrisa amarga apareciendo en su rostro.
—Entonces tenemos un enemigo común. Pero si quieres sobrevivir a lo que viene, necesitarás más que una cadena y odio. El Gremio ha enviado a un escuadrón de "Limpiadores" tras de ti. Vienen hacia aquí.
Kaelen se puso de pie, sintiendo cómo su fuerza regresaba multiplicada.
—Que vengan —respondió—. Necesito probar mis nuevos niveles.