Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.
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Capítulo 4 : La grieta en la mente
Fragmentos de un niño roto
El niño y las pastillas
23 de enero del 2000, 02:15 a.m.
Evan se despertó sin saber si era de día o de noche. La habitación estaba demasiado
quieta, y ese silencio era más aterrador que cualquier grito.
El sonido de la pastilla cayendo en el vasito
El plástico lo sobresaltó.
Tomarlo ya era rutina: estabilizador, ansiolítico, antipsicótico leve. “Para ayudarte a dormir.
Para que las cosas duelan menos”, había dicho la Dra. Krauss.
Pero las cosas no dolían menos. Dolían distinto.
Al principio, el medicamento entumencía su cuerpo. Ahora, empezaba a entumecer algo más
profundo: su memoria.
A veces olvidaba cosas básicas —su nombre, la fecha—.
Otras veces recordaba cosas que no eran
Suyas: recuerdos de Aurora… o del monstruo.
Y en ese estado suspendido entre lucidez y delirio, Evan lo veía más claro.
Aurora entre las grietas del alma
Aurora nunca se fue.
Estaba en las palabras que aparecían en el vaho de la ventana.
En los pasillos del hospital, cuando todos dormían.
A veces lo miraba en silencio desde la esquina de la habitación.
Otras, le susurraba cosas que él no entendía.
Aurora —Vos no lo entendés todavía, Evan.
No se trata de lo que pasó.
Se trata de lo que está pasando ahora, adentro tuyo.
Aurora ya no era una niña.
Era una memoria viva. Una advertencia.
El monstruo, el huésped
El monstruo no venía con miedo.
Era lo que quedaba cuando todo lo demás se iba.
Algunas noches lo veía parado al pie de la cama.
Otras, detrás del espejo, empujando desde el reflejo.
En los peores días, se sentaba frente a él y le hablaba con calma, como un padre paciente.
Monstruo —¿Te gusta el silencio, Evan?
Es donde me hice fuerte.
Vos sos el único que no intenta cerrarse.
Vos… me dejás entrar.
Evan intentaba resistirse: tragaba las pastillas, apretaba la cabeza entre las monas, contaba del uno al
diez.
Pero el monstruo siempre encontraba la grieta.
Irene Faulkner al límite
25 de enero del 2000, 11:40 p.m.
Irene Faulkner era la lógica hecha persona.
Tenía 40 años, llevaba dos décadas en el servicio y había visto lo peor de los casos clínicos. Pero
nada se parecía a esto.
Había empezado a soñar recuerdos que no eran suyos.
Encontraba símbolos en su libreta de notas que no recordaba haber escrito.
Revisando el historial médico de Evan, halló un párrafo escrito en un idioma que no reconocía. Se lo
mostró a Krauss.
Ella palideció.
Krauss —Lo vi antes… en los informes del orfanato Lennox, 1950.
Irene se quedó helada. Su madre —agente de policía en esa época —había estado en esa redada.
Nunca le contó los detalles, solo que “algunos niños no eran normales”.
De pronto, ese pasado volvió a respirar en su nuca.
Sesión grabada (Evan y Faulkner)
Audio 26 de enero del 2000, 16:15 hs.
Faulkner: Evan, necesito que me digas cómo estás.
Evan— Estoy… vacío.
Faulkner —¿Seguís viendo al monstruo?
Evan (Pausa) —A veces… soy yo el monstruo.
Faulkner —¿por qué decís eso
Evan (mirándola fijo) —Porque me dejó olvidar.
Faulkner —¿Y las pastillas te ayudan?
Evan —me ayudan a mentirme.
Faulkner —¿Y eso es mejor?
Evan —No. Pero es más fácil.
Faulkner —¿Qué harías si pudieras dejar de verlo?
Evan ( voz baja) —No quiero dejar de verlo.
Faulkner —¿por qué?
Evan —porque cuando lo veo… sé que Aurora sigue ahí.
(Grabación finalizada).
Choque de ideologías
27 de enero de 2000, 19:00 hs. Sala de descanso.
La discusión comenzó con voces bajas y terminó con cuchillos invisibles.
Krauss —No podés seguir pensando que esto es solo un caso psiquiátrico.
Faulkner —¿Y qué querés que diga? ¿Que está poseído? ¿Que Aurora volvió de la muerte?
Krauss —No. Es algo peor.
Faulkner (escéptica) —¿Qué puede ser peor que un demonio?
Krauss (mirándola fijo) —Algo que no se puede nombrar. Algo que se alimenta de lo que callamos.
Faulkner —Vos le tenés miedo a no entender.
Krauss —Y vos le tenés miedo a entender demasiado tarde.
Silencio.
El reloj del pasillo marcó las 19:05.
Las dos sabían que Evan se estaba convirtiendo en el campo de batalla.
Aurora no olvida
En sueños, Evan caminó por una habitación de madera.
Aurora estaba allí, con las manos manchadas de sangre, garabateando símbolos en las paredes.
Aurora —Me hizo escribir cosas que no eran mías.
Me hizo pensar lo que no quería pensar.
Pero me acordaba de vos.
Y eso me salvó un poco.
Evan intentó tocarla, pero su mano atravesó su cuerpo como humo.
Aurora —Yo estoy en vos. Pero él también.
Y no sé cuánto tiempo más puedo sostenernos a los dos.
La grieta de Irene
Esa noche, Irene escuchó una grabación viajera.
Al fondo, su propia voz repetía en bucle:
“Yo lo dejé entrar. Yo lo dejé entrar.”
Pero ella nunca había dicho eso.
Entonces recordó:
De niña, su madre cubría los espejos antes de dormir.
Y una vez, le susurró al oído: “Si ves algo moverse, no lo sigas.”
Ahora comprendía: su familia había estado marcada desde el orfanato del 50.
El monstruo siempre había encontrado grietas en quienes miraban demasiado tiempo.
El recuerdo heredado
Esa noche, Irene se quedó dormida sobre el escritorio del hospital.
Soñó… lo recordó. No podía diferenciarlo.
Vio a su madre, en uniforme de policía, mucho más joven, en el invierno de 1950.
Un edificio viejo frente a ella: Orfanato Lennox.
La puerta estaba abierta, y el olor a humo y humedad salía como un aliento podrido.
Dentro, voces de niño. No he jugado. Rezando.
“Que no abra los ojos… que no abra los ojos…”
La madre de Irene avanzó con linterna en mano.
En el pasillo, espejos tapados con sábanas.
Y al fondo, un cuarto con símbolos pintados
En la pared, idénticos a los que Evan había garabateado dormido.
Un oficial gritó que no miraran, que no destacarán nada.
Pero alguien levantó la tela de un espejo.
El grito que siguió fue inhumano.
Y el sueño se cortó de golpe.
Irene despertó jadeando, con la libreta frente a ella.
Había escrito sin darse cuenta, con su propia letra:
“Yo también estuve ahí.”
La última pastilla
28 de enero del 2000, 23:50 p.m.
Evan sostuvo su última pastilla entre los dedos.
La miró como si fuera una decisión de vida o muerte.
Aurora le habló desde adentro:
Aurora —Si la tomás, me vas a olvidar.
Si no la tomás… vas a recordarlo todo.
La dejó caer al suelo.
El silencio que siguió no era paz. Era preparación.
El espejo ya no refleja
Evan se acercó al espejo de su habitación.
Esperaba su reflejo.
No lo encontró.
Solo oscuridad.
Oscuridad con costuras en los ojos.
Y una voz:
¿? —Gracias por no cerrarse.
Ahora si puedo entrar.