El dolor fue el puente. En un segundo, el Capitán de la Unidad de Élite sentía el frío del asfalto tras un tiroteo mortal. Al siguiente, sentía el peso sofocante de un cuerpo sudoroso y el hedor a rancio de una habitación cerrada.
-¡Quédate quieto de una puta vez!- rugió una voz ronca sobre él.
El policía abrió los ojos. No estaba en la morgue ni en el hospital. El techo estaba manchado de humedad y la luz de una bombilla desnuda oscilaba sobre su cabeza. Un hombre de hombros anchos y rostro desencajado por la ira lo inmovilizaba sobre un colchón mugriento.
En ese instante, una descarga de recuerdos que no le pertenecían inundó su mente como torrente de agua helada. Se vio a sí mismo o mejor dicho, al dueño de ese cuerpo, como un ser roto. Un omega llamado Ren, cuya existencia se reducir a cuatro paredes, golpes, y el miedo constante a un esposo alfa que lo trataba como ganado. Ren acababa de morir... (ambientado con el estilo staempunk)
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La supervivencia
El aire de la cocina estaba impregnado de olor a grasa rancia y el alcohol barato que el alfa, cuyo nombre los recuerdos de Ren identifica como Alan, consumía diariamente. Alan estaba sentado, todavía aturdido, sacudiendo la cabeza como si tratara de despejar su mente. La explosión de las feromonas dominantes del policía lo había dejado en un estado de shock, una sumisión instintiva que su cerebro racional se negaba a aceptar.
El policía en el cuerpo de Ren, lo observa desde las sombras del pasillo. Sus manos pequeñas y temblorosas por la falta de azúcar en sangre, las mantenía firmes a los costados. Su mente seguía procesando a una velocidad profesional.
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Era el escenario perfecto para un accidente sin testigos.
-Ren...- Gruñó el alfa, golpeó la mesa haciendo que el bebé en la otra habitación sollozara de nuevo. -No sé qué demonios me hiciste allá atrás, pero vas a pagarlo. Tráeme más ginebra. ¡Ahora!-
El policía no respondió con la voz quebrada como esperaba Alan. Caminó hasta la alacena con pasos silenciosos y calculados. El cuerpo de Ren se sentía cansado, cada músculo gritaba que se escondiera, que desapareciera, pero la voluntad del oficial era más fuerte. Disciplina de hierro.
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Abrió la botella de ginebra barata. Era fuerte, casi inflamable. Un plan empezó a formarse en su cabeza. Observó la vieja estufa de leña y carbón en un rincón de la cocina. Era una reliquia de hierro fundido, en mal estado, que soltaba pequeñas chispas cada vez que el viento soplaba por la chimenea. Y las cortinas de tela barata eran altamente inflamables.
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-Aquí tienes.- Dijo el policía, manteniendo la cabeza ligeramente gacha, imitando la postura sumisa de Ren, pero sus ojos seguían fijos en la yugular del alfa.
-Así me gusta. Vuelves a ser el perro faldero de siempre.- se burló el alfa mientras se limpiaba la boca con la manga de la ropa. -Mañana te daré una paliza qué te hará olvidar cualquier truco que hayas intentado hoy. Pero primero... voy a terminar mi bebida.-
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El accidente debía ser impecable.
Empezó a mover troncos, permitiendo que el calor de la estufa aumentara. La temperatura en el lugar reducido comenzó a subir rápidamente. Alan, alcoholizado comenzó a sudar, desabrochándose la camisa manchada de ginebra. Calor y alcohol, es letal para el juicio humano.
-¡Maldita sea! ¿Por qué hace tanto calor?- protestó el alfa.
-El invierno será frío Alan. Necesitamos que la casa conserve su calor.- respondió el policía con calma glacial.
Con un movimiento fluido, el policía derramó accidentalmente el aceite de cocina justo detrás de la silla del alfa. Luego, se acercó a una lámpara de aceite que colgaba sobre la mesa. No era electricidad, era fuego vivo.
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-¡Tráeme más!- ordenó Alan, intentando ponerse de pie.
Al levantarse sus botas resbalaron. Alan intentó agarrar la mesa, pero sus dedos estaban entumecidos por el alcohol. El policía vió el momento en cámara lenta, una habilidad que solo los años en tiroteos le habían otorgado.
El policía se lanzó hacia delante. Golpeándolo en su centro de gravedad, acelerando la caída qué ya había comenzado.
¡CRACK!
La cabeza de Alan golpeó la esquina de hierro de la estufa. El sonido fue como el de una nuez rompiéndose. El cuerpo cayó al suelo, inmóvil. El policía se arrodilló y presionó dos dedos en el cuello. El pulso era errático, débil. Alan estaba vivo pero inconsciente y con una fractura craneal.
-Esto es por Ren.- Susurró el policía. -En diez minutos estarás muerto aunque no haga nada más. Pero no debo correr riesgos. Las llamas borrarán todo.-
Sin perder un segundo, tomó la botella de ginebra y la vació sobre el cuerpo del hombre y alrededor de la estufa. Luego con el atizador, empujó la brasa ardiente sobre el charco de alcohol y aceite.
Las llamas lamieron el suelo instantáneamente, subiendo por la ropa de Alan con un hambre voraz.
El policía no sintió remordimiento. En su vida anterior había visto demasiadas víctimas de hombres como este. Esta vez, él era la justicia que nunca llegaba. Corrió hacia la habitación del bebé. El pequeño estaba despierto, mirándolo con ojos grandes y curiosos, sin comprender que el monstruo que gritaba en la habitación de al lado nunca volvería a lastimarlo.
Al envolver al pequeño en una manta gruesa, el policía sintió por primera vez una punzada de algo que no era táctica. Era una protección feroz, casi animal.
-Tú y yo vamos a estar bien pequeño-Susurró. -Papá era un policía. Y en este mundo vamos a ser la ley.-
Salió de la casa justo cuando el humo empezaba a salir por las ventanas. Se quedó en la oscuridad del patio, observando como las llamas devoraban la estructura de madera vieja. En este pueblo olvidado, sin bomberos y sin tecnología, una casa quemada era simplemente era una tragedia más de la mala suerte y el alcoholismo.
Cuando los vecinos llegaron gritando y cargando cubos de agua, encontraron a un omega tembloroso y abrazando a su bebé llorando desconsoladamente frente a las cenizas de su hogar. Nadie cuestionó su dolor. Nadie sospechó que, bajo esa fachada de víctima rota, latía el corazón de un depredador que acababa de reclamar su libertad.
El policía, bajo la máscara de Ren, miró hacia el horizonte. El alfa estaba muerto. Pero ahora estaba solo, sin dinero y en un mundo que lo consideraba poco más que un objeto.
La supervivencia apenas comenzaba.
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