Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
NovelToon tiene autorización de Hanabi Montano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7: El sabor del silencio
...~Adrián~
...
El restaurante se llamaba "Ábaco" y estaba en la última planta de un edificio con vistas al parque, Adrián lo conocía. Había estado una vez, hacía meses, en una cena organizada por los Torres. Recordaba la comida excelente, el servicio impecable, y la sensación de estar en una pecera, expuesto a las miradas de los demás comensales mientras intentaba parecer interesante para un hombre que no lo miraba.
Hoy no iba a intentar parecer interesante.
El maître los condujo a una mesa junto al ventanal. La mejor mesa, por supuesto. Adrián se sentó y miró el paisaje: el parque, los árboles desnudos, el cielo gris de otoño. Todo tenía un tono melancólico que le venía bien al estado de ánimo.
Alejandro se sentó frente a él y pidió dos aguas sin consultarle. El camarero se retiró con una reverencia.
—He pedido un menú cerrado —dijo Alejandro, desplegando la servilleta sobre sus piernas—. Ahorra tiempo.
Adrián asintió.
—Bien.
Silencio.
Alejandro miró el teléfono, Adrián miró el paisaje. El camarero trajo las aguas. Pasaron dos minutos, luego tres, luego cinco.
—¿Qué tal tu estudio? —preguntó Alejandro, guardando el teléfono con un gesto de quien cumple un deber.
—Bien.
—¿Tienes mucho trabajo?
—Algo.
—Mm.
Silencio.
En su primera vida, Adrián habría llenado ese silencio con preguntas, con comentarios, con cualquier cosa que mantuviera viva la conversación. Habría hablado de sus proyectos con entusiasmo, esperando que Alejandro mostrara algún interés. Habría preguntado por el suyo, por sus reuniones, por sus inversores, fingiendo entender de lo que hablaba.
Hoy no.
Hoy se limitaba a existir en la mesa, a beber agua, a mirar por la ventana. No estaba siendo grosero, no estaba castigando a Alejandro con su actitud. Simplemente... no tenía nada que decir o sí tenía, pero había decidido que no valía la pena.
El primer plato llegó. Una crema de calabaza con semillas tostadas. Adrián comió despacio, saboreando cada cucharada. La comida era excelente, como siempre en este tipo de lugares. Merecía atención.
—Está buena —dijo, por decir algo.
Alejandro levantó una ceja.
—Sí.
Y siguieron comiendo.
A mitad del plato, Adrián notó algo. Un cosquilleo en la nuca, un calor que le subía por la espalda. El aroma de Alejandro. Ese olor a sándalo y cuero que siempre lo envolvía cuando estaban cerca, que se colaba en sus pulmones sin permiso y le recordaba que su cuerpo no siempre obedecía a su razón.
Respiró hondo y contuvo las ganas de inclinarse hacia él.
No, se dijo. Tú no eres ese. Ya no.
Pero el aroma seguía ahí. Poderoso. Dominante. Exactamente el tipo de feromona alfa que a cualquier omega sensato le haría temblar las rodillas. Y a él le temblaban. Un poco, solo un poco.
Por suerte, llevaba años practicando como ocultarlo.
—¿Te pasa algo? —preguntó Alejandro.
—No. ¿Por qué?
—Pones cara rara.
—Solo como.
Alejandro lo miró un momento, como si intentara descifrar un acertijo sin importancia. Luego volvió a su plato.
Adrián exhaló. Había estado conteniendo la respiración sin darse cuenta.
---
El segundo plato era lubina con verduras. El vino, un albariño que Alejandro eligió con un gesto al sumiller. Todo perfecto. Todo frío.
En algún momento, el camarero se acercó con una botella de cortesía. "De parte de la casa, señores". Alejandro asintió sin mirarlo, y el hombre se retiró.
—Nos han visto —dijo Alejandro, y por primera vez su tono tuvo algo distinto. Aprobación, quizá. —Es bueno.
Adrián entendió. No era un cumplido hacia él, era una observación sobre la utilidad del momento. Habían sido vistos juntos, como pareja, como prometidos. Eso sumaba puntos en algún marcador invisible que Alejandro llevaba en la cabeza.
—Me alegro —dijo Adrián, y su tono fue tan plano que ni siquiera él supo si era sarcasmo o no.
Alejandro lo miró otra vez. Esa mirada evaluadora, la misma que usaba con los informes, con los proyectos, con las personas que quería clasificar.
—Estás diferente —dijo al fin.
—¿Sí?
—Más callado. Antes hablabas más.
—Antes hablaba demasiado.
Alejandro no respondió pero sus dedos, apoyados sobre la mesa, dejaron de tamborilear. Era un gesto mínimo, casi imperceptible, pero Adrián lo notó. Lo notaba todo de él, ese era el problema.
—No me molesta —dijo Alejandro—. Está bien así. Más tranquilo.
Más fácil de ignorar, pensó Adrián. Pero no lo dijo.
En lugar de eso, sonrió. Una sonrisa pequeña, educada, la sonrisa de quien asiente sin estar de acuerdo.
Y siguió comiendo.
---
El postre llegó: una tarta de queso con helado de frutos rojos. Adrián la miró sin apetito. Llevaba toda la comida luchando contra su propio cuerpo, contra su propio aroma, contra ese maldito instinto que le pedía acercarse a Alejandro, olerlo mejor, dejarse envolver por esa mezcla de sándalo y cuero que le nublaba los sentidos.
Porque a pesar de todo, a pesar del renacer, a pesar de las promesas que se había hecho a sí mismo, Alejandro seguía siendo el hombre más atractivo que había conocido. Y su feromona... su feromona era como una droga.
Pero Adrián había aprendido a controlarse. Años de reprimir su propio olor para no molestar a Alejandro le habían enseñado a dominar sus impulsos. El jazmín que el como omega emitían de forma natural, ese aroma dulce y envolvente que a Alejandro le resultaba empalagoso, él lo había aprendido a contener. A base de esfuerzo, a base de voluntad, a base de decirse a sí mismo "no, ahora no, no puedes oler a eso porque a él no le gusta".
Tragó un bocado de tarta. Estaba buena. Todo estaba bueno. Todo era perfecto.
Y él estaba deseando irse.
—¿Quieres que te acerque al estudio? —preguntó Alejandro cuando el camarero retiró los platos.
—No hace falta. Cojo un taxi.
—¿Seguro?
—Sí.
Alejandro asintió. No insistió. No era de los que insistían.
Pagó la cuenta sin mirar el importe, dejó una propina generosa y se levantó. Adrián lo imitó. Caminaron hacia la salida en silencio, sus pasos resonando en el mármol del restaurante.
En el ascensor, el aroma de Alejandro se intensificó. El espacio cerrado, la cercanía, la burbuja de cristal bajando treinta y dos pisos. Adrián sintió que el jazmín en su piel pugnaba por salir, por mezclarse con ese sándalo, por hacer lo que los omegas hacen de forma natural cuando están cerca de un alfa que les gusta.
Apretó los puños dentro de los bolsillos de la chaqueta.
No. Tú no. Tú ya no haces eso.
Contuvo la respiración. Contó los segundos. Veintiocho. Veintinueve. Treinta.
El ascensor llegó a la planta baja.
Salieron al vestíbulo. El aire fresco lo golpeó como un baldazo de agua fría. Bien. Necesitaba eso.
—Nos vemos —dijo Alejandro, ya con el teléfono en la mano, el siguiente asunto ocupando su mente.
—Nos vemos.
Alejandro se alejó hacia la salida, donde su coche lo esperaba. Adrián se quedó un momento quieto, viéndolo irse. La espalda ancha, el paso firme, la seguridad de quien sabe que el mundo se adapta a él.
Luego respiró hondo. El aire ya no olía a sándalo. Solo olía a ciudad, a coches, a vida normal.
—Bien —susurró—. Una comida menos.
Salió a la calle y levantó la mano para pedir un taxi.
---
...~Alejandro~
...
De vuelta en el coche, Alejandro repasó mentalmente la comida. Había sido... correcta. Adrián había estado callado, sí, pero no era malo, al contrario. Sin esa verborrea nerviosa de antes, sin esas preguntas sobre su trabajo que delataban que no entendía nada, sin esa necesidad constante de agradar. Había sido casi agradable.
Está bien así, pensó. Más tranquilo. Menos pesado. No le dio más vueltas, no era relevante.
Lo que sí era relevante era la foto que probablemente había salido en alguna revista social. El maître conocía su nombre, el restaurante era conocido por ser discreto pero no tanto, y su madre estaría contenta. Una pieza más en su tablero de imagen pública.
Abrió el teléfono y vio un mensaje de ella: "¿Qué tal la comida?"
Escribió: "Bien. Todo en orden."
Era cierto, todo estaba en orden. Adrián había cumplido su función. Había sido visto con él, había estado guapo en las fotos, no había hecho nada embarazoso. Perfecto.
Guardó el teléfono y se concentró en la reunión de las seis.
---
En el taxi de vuelta al estudio, Adrián apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. El olor a sándalo todavía le cosquilleaba en la nariz, un fantasma químico que se negaba a irse. Dentro de él, algo se retorcía: la parte que seguía deseando, la parte que seguía esperando, la parte que no terminaba de rendirse.
Pero también había otra parte. Una más nueva, más firme, que decía: Has estado callado. Has sido tú. No te has arrastrado. Eso es una victoria.
Sonrió. Una sonrisa cansada, pero sonrisa al fin.
—Una comida menos —repitió.
El taxi atravesaba la ciudad. En el asiento de atrás, solo, Adrián se permitió un momento de debilidad: aspiró hondo, recordando el aroma de Alejandro. Luego negó con la cabeza, como para espantarlo.
—Ya no —susurró—. Ya no.
El taxi siguió su camino. El estudio lo esperaba.
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕