Diodora vive en Hermich, un pueblo pobre y olvidado, donde a veces un pan al día es todo lo que hay para sobrevivir. Entre las artesanías que vende, guarda un secreto que nadie debe conocer; recuerda otra vida, con conocimientos imposibles para este mundo.
Un día, un comerciante le ofrece un saco de fertilizante. Pero lo que Diodora descubre es mucho más que eso; cacao, un tesoro desconocido capaz de cambiar el destino de su familia y abrir un futuro nuevo. Sin embargo, un solo error bastaría para que la acusen de bruja y la condenen al fuego.
Y mientras lucha por mantener su secreto, un hombre misterioso aparece dispuesto a protegerla... Siempre y cuando comparta con él lo que nunca nadie ha probado, el chocolate.
¿Hay un mundo donde no exita el chocolate?
Junto a Diodora, volverá a nacer el postre más aclamado de todos los tiempos.
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Capitulo 4
El murmullo creció de golpe. Algunos retrocedieron, otros se petrificaron en su sitio, y Tabatha se escondió detrás de su hermana. Diodora, con el corazón latiendo a mil, apretó las manos en su delantal. No era brujería. Era el legado de su abuela. Y no dejaría que nadie la llamara bruja por traer algo nuevo al pueblo.
Ella era consciente de que cualquier novedad en Hermich podía ser mal vista. Aquí, lo diferente siempre se disfrazaba de miedo. Pero su familia tenía hambre, y no iba a dejar que un rumor apagara este pequeño camino hacia el éxito.
— ¡Eso no es comida! —exclamó Dave, el loco del pueblo, con los ojos lleno de rabia.— ¡Es un hechizo! ¡El aroma endulza el aire como una trampa! ¡Es brujería!
El gentío murmuraba. Unas mujeres susurraron como si le diera la razón. Un hombre apartó a su hijo con disimulo. Diodora sintió un nudo en la garganta.
— Dave, deja de molestar y aléjate.—gruñó uno de los compradores.
— Sí, anda con tus tonterías a otro lado.
— ¿No estaba muerto? —rió un joven del mercado.
Diodora pensó que se pondrían en su contra, pero le sorprendió lo contrario. Varias personas la miraban con apoyo. Sin embargo, Dave no se callaba.
— ¡Eso mismo! ¡Están embrujados! ¡Con solo respirar se sienten atrapados por la brujería de esa mujer!
Diodora iba a contestar, pero su padre se adelantó. Ferguson se interpuso entre Dave y su hija. Su figura era imponente, como un oso que protege su cueva, hombros anchos, brazos lleno de pelos y una mirada que helaba.
— En este pueblo se sabe una cosa.—gruñó su voz— Aquí no hay brujas, y mucho menos mi hija.
El loco retrocedió, aunque no cedía del todo.
— No me importa si no me creen. Yo sé lo que digo. ¡Ella es una pagana!
El ambiente se tensó. Hubo un silencio pesado, hasta que un par de hombres se acercaron a Dave y lo empujaron hacia atrás con palabras duras
— Ya cállate.
— Vete a gritarle al viento.
Otros lo ignoraron como si fuera parte del ruido del mercado. Diodora, inmóvil, observaba cómo su padre mantenía la frente en alto por ella. Esa protección la hizo contener el orgullo de tener un padre así. Al final, Dave fue arrastrado lejos, su voz apagándose entre la del mercado.
La tarde siguió. Los compradores se fueron satisfecho poco a poco, y el aroma del chocolate se acabó. Diodora terminó el día sin una gota en el caldero, pero con una ganancia que jamás había visto. Para ser un pueblo muerto, aquello era un milagro.
— Diora… —susurró Tabatha con emoción— Hay que buscar más cacao.
Diodora asintió.
— Creo reconocer al hombre que nos lo cambió por la artesanía. Toma, ve con padre a comprar para la cena. Yo me desviaré unos minutos.
Explicó su plan y dejó a Tabatha con Ferguson. Ella tomó el camino más allá del mercado, hacia el bosque. El aire se sentía distinto allí; más frío, más húmedo, como si el silencio tuviera vida propia y la observará. El rumor de lobos le daba escalofríos la piel, falta menos de una hora para
anochecer. Nunca había entrado tan lejos, pero tenía que hacerlo. Lleva dinero suficiente como para asegurar cacao por una buena temporada.
A lo lejos observó humo. Una chimenea encendida la guió hasta una cabaña de piedra y madera. Ajustó la tela blanca sobre su cabeza para protegerse del frío y respiró hondo. El olor a chocolate aún impregnaba su ropa. Tocó dos veces la puerta. A la tercera casi choca con un hombre que abría desde dentro.
— Oh, disculpa… —balbuceó.
— Eres la muchacha del mercado...—dijo el hombre, con voz áspera pero cordial— ¿Qué buscas? —Una voz infantil gritó desde dentro, “¡Abuelo!”
— Es rápido. ¿Aún tiene sacos de… Fertilizante en grano?
El hombre arqueó una ceja, sorprendido.
— Sí, sí. Pasa, afuera hace frío.
Al entrar, Diodora se encontró con un interior modesto, piso de madera, paredes de piedra, una chimenea central. Una mesa con tres sillas junto a la ventana. En el suelo, una niña de unos ocho años leía en silencio un cuento de la oveja y el lobo. En su lado había una figura de lobo tallada en madera, la artesanía que Diodora cambió esa vez.
— ¿Cuánto quieres? —preguntó el hombre de pronto.
— Todos los sacos que tenga.
Él la miró con incredulidad.
— Tengo veinte en el almacén. ¿Quieres todos?
— Sí. Traigo el dinero ahora mismo.—sacó la bolsa de monedas.
El hombre abrió los ojos, sorprendido de que una joven tuviera semejante cantidad. Pero necesitaba ese dinero para cuidar a su nieta.
— Son tuyos.—dijo, aunque añadió con cautela— Pero hay un problema. Ya anochece, y son demasiados sacos para que una joven los cargue. Además… Los lobos salen en cuanto cae el sol y más en el bosque.
Diodora miró por la ventana, el cielo ya se teñía de violeta oscuro. La idea de volver sola la asustaba. El hombre le ofreció quedarse hasta la mañana. Incluso mencionó que Valtor, su nieto mayor, podría ayudarla a transportar los sacos al pueblo.
— Abuelo, la señorita huele muy dulce.—rió la niña, acercándose— ¡Me gusta! Seguro le agradarás a mi hermano.
Diodora sonrió con timidez.
— De acuerdo. No quiero abusar de su hospitalidad.
— No hay problema. Siéntete en casa. Iré a guardar las monedas y luego te traeré un té con miel. Por cierto, mi nombre es Thomas. Ella es Daya y ¿El tuyo?
— Diodora.—respondió, luego preguntas a Daya.— ¿Sabes leer?
— Más o menos. Mi hermano me enseña cuando puede.
Eso la sorprendió. En esos tiempos, no era común que se enseñara a las niñas. Pero ver la ilusión en los ojos de Daya le recordó a Tabatha. Para pasar el tiempo, Diodora se ofreció a ayudarla con el cuento.
— ¡Sí! Así sabré qué le pasa a la oveja y el lobo.
A los minutos, Thomas volvió con el té de jengibre y miel. Antes de que pudieran hablar, Daya insistió.
— ¿Puedes contarme el final? Mi hermano nunca me lo dice. Dice que así me ánimo para aprender rápido.
Diodora rió suavemente.
— Lo siento, pero si él te puso la condición, debes respetarla.
— Anda, solo una pista…
La joven suspiró. Aquella niña se parecía tanto a su hermanita que cedió.
— Está bien. El lobo se encariña tanto con la oveja que desearía no haber sido un salvaje y engañar a las ovejas, solo para quedarse con ella... Pero ese no es el final realmente.
Daya sonrió como si acabara de descubrir un tesoro. De pronto, se escucharon golpes en la puerta, distintos, con ritmo, como una señal. Daya gritó emocionada.
— ¡Es él! ¡Mi hermano! ¡Vas a ver al hombre más guapo de todos!
Diodora vaciló, creía que Daya exageraba. La niña abrió y entró un joven cargando conejos tomados de las orejas. Su voz fue lo primero que llamó la atención, suave, grave, con un tono hechizante.
— Daya, mira lo que traje para la cena.
— ¡Conejo! ¡Mi favorito!
Diodora lo miró con cautela. Alto, de botas y pantalón oscuros, una camisa blanca, cabello rubio atado en una coleta baja, mandíbula firme, pómulo en forma y ojos azules que parecían observar demasiado. Al verla, sonrió con una reverencia elegante, pero en sus mejillas aún quedaban rastros de sangre de la cacería.
— ¿Quién es la señorita? —preguntó.
— Es Diodora. —contestó Thomas.— La artesana del mercado. Se quedará esta noche.
Valtor la miró fijamente, como analizándola. Luego inclinó la cabeza.
— Un honor tenerte aquí. Soy Valtor.
Diodora se presentó con cortesía, agradeciendo la hospitalidad. Valtor se inclinó de nuevo, sonriendo con un brillo en los ojos que la incomodó y fascinó al mismo tiempo.
— Espero que nos acompañes en la cena. Por suerte, traje un conejo de más.— dijo él, con esa voz baja que parecía llevar secretos con ese encantador rostro.
Diodora apenas logró responder, aunque sus palabras le sonaron torpes en la boca al intentar decir gracias. Él no apartaba la mirada. Así que solo asintió para terminar con esta pena que la ahogaba. Solo cuando Valtor se apartó, pudo volver a respirar.