En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.
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Capítulo 21
La noticia de la alianza entre los clanes Wang y Si llegó a través de una transmisión encriptada que Yan interceptó desde una terminal segura en un café internet de la zona de la Concesión Francesa. Era un mensaje corto, marcado con el sello de "Emergencia de Grado Imperial". Los antiguos enemigos habían dejado de lado sus disputas territoriales por un objetivo común: la aniquilación de Li Zixuan y la captura de la "Fuente", el nombre en clave que le habían dado a Yan.
—Se están reuniendo en los astilleros de Yangpu —informó Yan mientras regresaba al coche donde Zixuan la esperaba en las sombras—. Zhao Wang ha movilizado a sus "Camisas de Hierro", y los pocos que quedan del clan Si han contratado a mercenarios rusos especializados en combate sobrenatural.
Zixuan golpeó el salpicadero con el puño, agrietando el plástico.
—Li Zhou los ha convencido de que soy un traidor a la raza —dijo con desprecio—. Les ha prometido que tu sangre les dará inmunidad contra la luz solar y una fuerza que ningún Anciano ha soñado jamás. Es una mentira brillante. Los está enviando al matadero para debilitarlos antes de que él mismo tome el control absoluto.
—Entonces usaremos su codicia contra ellos —Yan sacó una serie de planos digitales—. He hackeado los sistemas de los astilleros. El complejo está automatizado. Si logramos atraerlos al hangar principal, puedo sobrecargar los condensadores de energía y crear una jaula de inducción. No los matará a todos, pero los detendrá el tiempo suficiente para que nosotros lleguemos a la Torre Li.
—¿La Torre Li? —Zixuan la miró con incredulidad—. Eso es ir directamente a la boca del lobo. Li Zhou nos estará esperando con todo lo que tiene.
—Exactamente —Yan lo miró fijamente—. Li Zhou es el cerebro. Sin él, los Wang y los Si se despedazarán entre ellos por las sobras. Además... allí es donde tiene el laboratorio de procesamiento de sangre. Si voy a usar mi "herencia", tiene que ser allí, donde pueda contaminar todo el suministro del Sindicato de una sola vez.
Zixuan guardó silencio durante el trayecto hacia el norte de la ciudad. Shanghái pasaba ante ellos como un sueño febril de luces de neón y rascacielos que rascaban el cielo negro. La lluvia había vuelto, lavando las calles pero no la mancha de sangre que se extendía sobre su destino.
Al llegar a las cercanías de los astilleros, el ambiente era eléctrico. Podían ver las siluetas de hombres armados moviéndose entre los contenedores de carga. El olor a mar salado y aceite de motor era penetrante.
—Quédate cerca de mí —ordenó Zixuan, sacando un par de pistolas automáticas cargadas con munición de fragmentación de plata—. Si alguno de esos bastardos te toca, le arrancaré la garganta antes de que pueda gritar.
—No te preocupes por mí, Zixuan —dijo Yan, ajustándose un cinturón de herramientas donde llevaba varios dispositivos de hackeo portátiles y una jeringa cargada con un catalizador que había sintetizado usando las notas de su padre—. Preocúpate por no convertirte en ceniza antes de que lleguemos arriba.
El asalto comenzó no con un disparo, sino con un apagón. Yan desactivó la red eléctrica del astillero, sumiendo el lugar en una oscuridad que favorecía a Zixuan pero confundía a los mercenarios humanos. Se movieron como fantasmas entre las grúas gigantescas. Zixuan era una mancha borrosa de violencia; cada vez que un guardia intentaba interceptarlos, terminaba en el suelo con el cuello roto o el pecho destrozado.
Sin embargo, los Wang no eran aficionados. De repente, potentes focos de búsqueda se encendieron, barriendo el área.
—¡Allí están! —gritó una voz en cantonés.
Una lluvia de balas de plomo y plata empezó a llover sobre su posición. Zixuan empujó a Yan detrás de un contenedor de acero y devolvió el fuego con una precisión quirúrgica.
—¡Son demasiados! —gritó Yan, conectando su tableta a una caja de empalmes cercana—. ¡Zixuan, necesito tres minutos para abrir la compuerta del hangar 4!
—¡Te daré diez! —rugió él, saltando sobre la parte superior del contenedor para atraer el fuego hacia sí mismo.
Yan trabajaba con una calma nacida de la desesperación. Sus dedos volaban sobre la pantalla táctil, saltando cortafuegos y anulando protocolos de seguridad. En su mente, podía ver el flujo de datos como hilos de luz. De repente, una alerta roja apareció en su pantalla.
—¿Qué...? —murmuró ella. No era un sistema de seguridad del astillero. Era un ataque externo. Alguien estaba intentando bloquear su hackeo desde dentro.
—Vaya, vaya, hermanita. Sigues siendo buena, pero yo aprendí de los mejores en el Círculo de Ceniza.
Yan sintió que el corazón se le detenía.
—¿Qi? —susurró por el intercomunicador—. ¡Qi, detente! ¡Estás ayudando a los clanes!
—No los estoy ayudando, Yan —la voz de su hermano sonaba distorsionada, llena de una amargura que le dolió más que cualquier herida—. Los estoy reuniendo a todos en un solo lugar para que el fuego sea más eficiente. Tú y tu monstruo sois solo el cebo.
—Qi, por favor, escucha... —empezó Yan, pero la conexión se cortó.
—¡La compuerta está abierta! —gritó Yan a Zixuan, ignorando el nudo en su garganta—. ¡Entra!
Zixuan se deslizó dentro del hangar justo antes de que la enorme puerta de acero se cerrara con un estruendo metálico. Fuera, los gritos de los mercenarios y el rugido de los motores indicaban que la trampa se estaba cerrando, pero no era solo la trampa de Yan. Era la de Qi.
Dentro del hangar, el silencio era aterrador. Solo el zumbido de los transformadores eléctricos llenaba el espacio.
—Tu hermano está aquí —dijo Zixuan, recargando sus armas. Sus ojos escaneaban las vigas del techo—. Puedo oler su odio. Es casi tan fuerte como el aroma de tu sangre.
—Él no entiende, Zixuan —dijo Yan, con lágrimas en los ojos—. Cree que está limpiando el mundo, pero solo está creando un vacío que algo peor llenará.
De repente, una figura descendió desde las alturas, aterrizando con una gracia que ningún humano debería poseer. Shu Qi vestía un traje táctico reforzado, y en sus manos sostenía una espada larga que brillaba con una luz azulada, una hoja templada en aguas benditas y mercurio.
—Aléjate de ella, parásito —dijo Qi, apuntando la espada a Zixuan.
—Qi, detente —Yan se puso frente a Zixuan—. Él me salvó. Los clanes son el enemigo, no él.
—Te ha lavado el cerebro, Yan —Qi dio un paso adelante, su rostro marcado por nuevas cicatrices de batalla—. Te ha convertido en su juguete. No ves que eres solo una herramienta para él. Los informes del Círculo dicen que tu sangre es la clave. Si él la tiene, será imparable. Si los Li la tienen, el mundo será su granja.
—¡Mi sangre es mi elección! —gritó Yan, sacando la jeringa con el catalizador—. ¡Y elijo usarla para destruirlos a todos! ¡Incluyéndote a ti si te interpones!
Qi vaciló por un segundo, viendo la determinación suicida en los ojos de su hermana pequeña. En ese momento de duda, el techo del hangar estalló.
Los ejecutores Wu-Shi descendieron como cuervos negros, seguidos por la imponente figura de Zhao Wang. La guerra ya no estaba en el horizonte; había llegado al centro del hangar.
—Qué reunión tan encantadora —dijo Zhao Wang, sus colmillos alargándose mientras miraba a los tres—. El cazador, el traidor y la fuente. Li Zhou estará complacido de ver cómo os despedazáis antes de que él llegue para recoger los restos.
Zixuan se colocó espalda con espalda con Yan, mientras Qi, tras un momento de duda interna, giró su espada hacia los Wu-Shi.
—Parece que tenemos una tregua temporal, cazador —gruñó Zixuan.
—No te equivoques —respondió Qi sin mirarlo—. Cuando ellos mueran, tú serás el siguiente.
Yan activó el catalizador en su brazo. Sintió cómo su sangre empezaba a hervir, cómo sus venas se tornaban de un color negro azulado bajo su piel translúcida. El dolor era insoportable, una agonía que la hacía querer arrancarse la piel, pero la sensación de poder era embriagadora.
—Entonces que empiece el baile —susurró Yan, mientras el primer Wu-Shi se lanzaba contra ellos.
La batalla en el astillero fue solo el preludio de lo que vendría. Sangre humana y de vampiro se mezclaba en el suelo frío de concreto, mientras fuera, el cielo de Shanghái se iluminaba con los relámpagos de una tormenta que prometía borrar todos los pecados de la ciudad. La guerra por el Trono de Sangre había alcanzado su punto de no retorno, y el sacrificio de la heredera era la mecha que encendería el mundo entero.