Dos jefes mafiosos. Un matrimonio arreglado.
El odio que los separa es tan intenso como la atracción que los consume.
Entre lealtad, sangre y deseo prohibido, Jay y Win descubrirán que el enemigo más peligroso no está fuera de la guerra… sino dentro de ellos mismos.
NovelToon tiene autorización de Maiara Brito para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4
La noche cayó sobre la mansión como un velo pesado. Las luces del jardín proyectaban sombras largas, los guardias cambiaban de turno, y cada rincón de la casa parecía cargar la respiración de alguien invisible.
Jay permanecía sentado en una silla de cuero en el corredor del ala central, una pistola sobre la mesa baja al lado y un vaso de whisky intacto. El brazo tatuado reposaba a la vista, como una advertencia.
A pocos metros, apoyado en el marco opuesto, Win cruzaba los brazos. El dragón en su espalda se movía bajo la camisa fina cada vez que él respiraba hondo.
El silencio era cortante. Solo el sonido distante de los grillos y el chasquido del hielo dentro del vaso quebraban la monotonía.
Jay fue el primero en hablar:
—Estás incómodo.
Win entrecerró los ojos.
—No me leas como si fuera un libro ruso.
Jay alzó el vaso, girando el líquido ámbar.
—No necesito leerte. Basta con mirar. Tus hombros están tensos. Tus ojos no parpadean. Y tu brazo derecho ansía alcanzar el arma, pero no quieres parecer nervioso delante de mí.
Win avanzó un paso, la voz cargada de veneno:
—Si yo quisiera parecer nervioso, estarías muerto.
Jay sonrió de lado, colocando el vaso a un lado.
—Esa tu rabia… es lo que te va a matar primero.
Nin abrió la puerta del cuarto en ese instante. Vestía una bata clara, el cabello suelto. Miró a los dos hombres como quien mira a dos animales a punto de devorarse.
—¿Ustedes pretenden pasar la noche entera midiéndose?
Jay desvió la mirada hacia ella, frío.
—No es medición. Es vigilancia.
Win respondió enseguida, áspero:
—Él necesita estar aquí porque desconfía de mis hombres.
—Yo estoy aquí porque alguien en tu casa ya traicionó —repuso Jay, firme—. Y yo no confío en fantasmas.
Nin alzó la mano, cansada:
—Basta. Yo no voy a dormir con ustedes dos peleando detrás de mi puerta como niños.
Win se acercó a la hermana, suavizando la expresión.
—Nin, necesitas descansar. Mañana decidimos los próximos pasos.
Ella suspiró, la mirada alternando entre los dos.
—Entonces hagan eso. Decidan. —Y cerró la puerta.
El corredor volvió al silencio.
Jay se apoyó en la silla y murmuró:
—Ella es más fuerte de lo que imaginas.
Win replicó de inmediato:
—No hables de ella. No tienes ese derecho.
Jay se levantó despacio, la altura de él imponiéndose en el espacio estrecho. Los dos ahora estaban frente a frente, demasiado cerca. El aire pareció calentarse.
—Yo la protegí hoy —dijo Jay, bajo, casi un susurro—. Cuando la bala vino, quien la derribó al suelo fui yo. Quien cubrió el cuerpo de ella fui yo.
Win cerró los puños.
—Yo habría hecho lo mismo.
Jay se inclinó levemente hacia adelante, los ojos grises chispeando.
—Pero no lo hiciste.
El silencio que siguió era casi insoportable. Win no retrocedió. Por el contrario, avanzó medio paso, el pecho casi tocando el de Jay.
—Te gusta provocarme, Volkov —gruñó Win—. Pero cuidado. La rabia no es el único fuego que yo sé encender.
Los ojos de Jay descendieron por un instante a la boca de Win antes de volver a fijarlo en la mirada.
—Entonces quema —murmuró—. Vamos a ver quién soporta más.
Un segundo más, y tal vez hubieran cruzado una línea de la que no volverían. Pero el sonido de pasos al final del corredor los alejó.
Ton apareció, manos en el bolsillo, expresión neutra.
—Relevo de la guardia —anunció, sin emoción—. Dos hombres van a asumir el turno.
Win retrocedió un paso, manteniendo la mirada fija en Jay hasta el último instante.
—Mañana discutimos el resto.
Jay apenas retomó la silla, sin responder, pero la tensión permanecía suspendida en el aire como humo de pólvora.
Horas después, Nin no conseguía dormir. Del lado de afuera, sentía los pasos pesados, las voces bajas, y sabía que el corredor no era solo seguridad: era una arena silenciosa. Una parte de ella temía que los dos se matasen antes incluso del casamiento. Otra… no sabía si temía o deseaba que el odio de ellos se transformase en algo más.
Ella cerró los ojos, pero las sombras de la noche no apagaron el sonido que venía de fuera: dos respiraciones firmes, en ritmos diferentes, dividiendo el mismo espacio.