Luciano Viteli no es un hombre. Es un mito vestido de traje negro, con el alma manchada de sangre y los ojos tan fríos como una sentencia de muerte.
En Ciudad H, su nombre no se pronuncia con ligereza. Le llaman el Demonio. Y con razón. Es paranoico, controlador, obsesivo. Un dios oscuro dentro de su imperio: la Orden de las Sombras. Bajo su mando, fluye el tráfico de armas como veneno por las venas de un país podrido. Nadie se le opone. Nadie vive para contarlo.
Pero el respeto que inspira no viene solo del miedo. Luciano es adictivamente peligroso. En su presencia, hasta el silencio se arrodilla. Sus seguidores lo veneran, lo temen… y algunos, en secreto, lo desean.
Él no ama. Él toma. Él marca.
Y cuando ella entró en su vida, cometió el único error que no se podía permitir: obsesionarse con ella hasta perder el control, amarla con una locura silenciosa que lo convirtió en algo que juró no ser jamás... vulnerable.
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CAPITULO 4
Los monstruos no deberían sentir. Pero a veces… el alma recuerda que una vez fue humana.
Luciano no hablaba.
Tampoco respiraba con normalidad.
Desde que subió al auto, su pecho dolía. No como cuando recibió una bala o una herida.
Era algo más profundo.
Un ardor que no sabía ubicar. Que no quería nombrar.
El coche avanzaba sobre la carretera como un animal obediente, mientras el silencio llenaba el aire con algo más denso que la oscuridad misma.
Dante, al volante, mantenía los ojos en la ruta. Lo observaba solo de reojo. Sabía leerlo incluso en la sombra de una respiración.
Luciano apretó la mandíbula. La presión en sus dientes le traía calma. Pero no por mucho tiempo.
Los ojos.
No podía dejarlos atrás.
Azul cielo. Azul herida. Azul como los malditos ojos de su madre.
Y no. No era ella.
No era su madre.
Pero era el recuerdo vivo de todo lo que había perdido. De todo lo que había enterrado para sobrevivir.
La voz de Dante rompió el silencio con su tono firme, directo:
—La hija de Donato. Isabela. Sabía de su existencia, pero no había visto su rostro hasta hoy. La esconde. Como si fuera algo sagrado… o frágil.
Luciano cerró los ojos. La imagen volvió como una daga:
Un cuerpo pequeño estrellándose contra el suyo.
El perfume tenue.
Los dedos tensos.
La mirada que lo traspasó como si le arrancara el alma sin tocarlo.
No debió afectarme.
No debió provocarme nada.
Y sin embargo... aún siento su olor.
Su mirada.
El dolor en sus ojos.
Eran ojos tristes… y yo quería saber por qué.
—¿Quieres que la investigue? —continuó Dante, sin apartar la vista del camino—. Puedo conseguir todo. Aunque con ella me va a llevar más tiempo. Donato la guarda como si fuera su corazón.
Luciano no respondió. Se pasó una mano por la nuca. Sentía que perdía el control de sí mismo.
¿Desde cuándo algo —alguien— lo desestabilizaba de esta forma?
Desde su madre, nunca.
Y eso era lo que lo volvía loco.
Ese rostro, ese azul… le recordaban al último momento en que fue amado de verdad.
Al único abrazo que significó algo.
Antes de que Giuseppe Viteli convirtiera su vida en un campo de entrenamiento para convertirse en un monstruo.
Él no debía sentir.
Él no debía recordar.
Y, sin embargo… ella llegó. Y lo destrabó todo.
Luciano bajó la ventanilla, necesitaba aire. Pero el aire ardía como fuego en los pulmones.
—Hazlo —dijo al fin, con la voz rasposa, como si le doliera—. Averigua todo. Rutinas. Enfermedades. Quién la cuida. Con quién habla. Si está medicada. Qué pinta. Qué sueña. Qué teme.
Hizo una pausa. Luego, como si se hablara a sí mismo:
—Quiero saber de qué huyen esos ojos.
Dante solo asintió. Sabía que esto no era curiosidad.
Era el principio de una obsesión.
Y lo que Luciano deseaba… solía destruirlo hasta poseerlo.
Luciano se recostó en el asiento. Cerró los ojos. Pero la veía igual.
Como una maldición.
Como un eco.
Como una promesa de algo que nunca pensó que podría sentir:
hambre emocional. Necesidad. Fascinación.
Y eso… eso era peligroso.
Porque los hombres como él no aman.
Los hombres como él devoran.