Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
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Capítulo 3 — Silencios heredados
Samantha
Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue quitarme los zapatos. Sentí los pies liberarse del todo como si eso fuera el primer premio después de haber sobrevivido el día. Dejé la mochila junto a la silla del comedor, me até el cabello en un moño rápido y me serví un vaso de agua.
El departamento no era grande, pero tenía algo acogedor. Había libros por todos lados, y plantas en las ventanas que mi madre decía que sobrevivían por pura terquedad. La luz entraba cálida por la cocina, y el aire olía a ropa limpia y café viejo.
—¿Llegaste? —preguntó mamá desde su habitación.
—Sí, recién —respondí, mientras me sentaba en el sillón del living.
Ella apareció un minuto después, con su bata y una pinza en el cabello. Estaba con ojeras y un gesto de cansancio en la cara, pero sonrió apenas me vio.
—¿Cómo estuvo el primer día?
—Bien —dije, encogiéndome de hombros—. Nada del otro mundo. Nos presentaron a un profesor nuevo.
—¿Y qué tal?
—Normal. No parece malo.
Mamá no insistió. Nunca fue del tipo que hace demasiadas preguntas. Se sentó en el otro sillón y prendió la televisión sin volumen, solo para tener algo de fondo. Nos quedamos en silencio un momento. Un silencio cómodo.
A veces me pregunto si piensa en él. En mi papá. No hablamos mucho de eso. Yo era pequeña cuando falleció. Un accidente de auto, eso fue lo que me dijeron. Lo suficiente para entender que no iba a volver, pero no tanto como para procesarlo.
Lo extraño, aunque no lo recuerde tanto como quisiera.
Lo que sí recuerdo es la familia de su lado.
O más bien, el modo en que me miraban.
Como si ya de niña tuviera algo que corregir, algo que les incomodaba.
Cuando iba a sus casas en los cumpleaños, siempre había un comentario que llegaba sin aviso:
—“¿Segura que quieres repetir?”
—“Estás muy bonita… si bajaras un poco de peso, serías igualita a tu madre.”
—“Con esa carita podrías ser modelo si te lo propusieras.”
Sonrisas disfrazadas. Palabras que parecían dulces, pero sabían a juicio.
Y lo peor era que nadie decía nada. Ni siquiera yo.
Con los años, dejamos de vernos. No sé si fue por la distancia o por el desgaste de fingir cercanía. Lo cierto es que no los extraño. Y tampoco me extrañan a mí.
Mi madre nunca habló mal de ellos, pero tampoco insistió en mantener el vínculo. Me defendió sin hacerlo evidente. Me cuidó sin grandes gestos.
—Hay pasta en la nevera si tienes hambre —dijo, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos.
—Gracias, pero comí en la universidad.
—¿Con Clara?
—Sí.
Asintió, como si eso la tranquilizara. Se levantó, bostezando, y desapareció por el pasillo.
Yo me quedé un rato sola, con el sonido apagado de la televisión y la sensación de que el día había sido más largo de lo que parecía.
Me estiré en el sofá, tomé mi cuaderno de apuntes y me puse a garabatear algo en la esquina de la hoja. No eran dibujos con propósito. Solo líneas que se cruzaban y se enredaban como mi cabeza.
Pensé en Clara. En cómo siempre sabe qué decir. En cómo me arrastra a situaciones que yo nunca iniciaría por mí misma.
Y pensé en el profesor Herrera. En la forma en que dijo mi nombre.
No había nada raro. Nada especial.
Pero por algún motivo, lo recordaba con claridad.
Cerré el cuaderno, lo puse sobre la mesa, y me levanté a preparar té.
No tenía ganas de pensar más.
Mañana habría clase de nuevo.
Y algo en mí… estaba empezando a esperarlo.
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