Flor roja
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Capítulo 4
(Flor Rojas)
El despacho que ocupaba papá siempre huele a cuero y a papel viejo; hoy, sin embargo, parece más silencioso, como si las paredes también tuvieran miedo. Estoy con Fabián y Fabiana; Luciana y Franco se marcharon esta mañana, Fanny está en la escuela y Estefany… dónde estará Estefany es un misterio continuo. Ella dejó la universidad —vive la vida loca, sin ataduras— y a mí me toca cubrir lo que haga falta.
Fabiana y yo decidimos estudiar desde casa para ayudar con los clubes y los hoteles; así no complicamos más a papá con idas y venidas. Pero hoy la atmósfera es otra: Fabián nos cuenta que en pocas horas llegará el hijo mayor de Ivanova para cerrar el trato con los rusos.
—Hoy hace el negocio en persona —dice Fabián, repasando notas en su tableta—. El nuevo líder vendrá hasta aquí. Quiere negociar él mismo.
La noticia me tensa instantáneamente. La presencia de un líder extranjero en nuestro territorio no es algo de todos los días. De pronto, la sala parece más pequeña. Fabiana y yo nos miramos.
—Creo que está bien que venga —responde ella, apoyando la barbilla en la palma de la mano—. No siempre sale bien mandar a alguien en representación. A veces hace falta la cara del que manda para cerrar las cosas en serio.
Asiento. Tiene razón. Mandar emisarios es práctico, pero la presencia personal transmite poder, seguridad y control. Además, el acuerdo con los rusos es importante: ellos nos ofrecen algo que necesitamos y nosotros tenemos lo que ellos codician. Es una relación de dependencia mutua que no admite errores.
Fabián vuelve a mirar el calendario en su tableta. —Pero no puedo faltar —añade—. Tengo otro negocio con los árabes. Es crítico. Ustedes dos tendrán que ir.
Lo miro fija y deliberadamente. —Iremos nosotras —responde Fabiana al instante—. No llevaremos mucha escolta. Cuatro guardaespaldas bastan; demasiada seguridad llama la atención.
—De acuerdo —acepto—. Pero tened cuidado. No me fío de esos tipos. Los traicioneros hacen negocios fríos.
Fabián asiente, serio. —Recuerden que están en nuestro territorio. Si alguien hace un movimiento en falso, no saldrá de aquí vivo. —Su voz es firme y yo siento el peso de esa promesa.
Nos acercamos los tres y nos despedimos con un gesto rápido: un beso en la mejilla para Fabián, otro para Fabiana. Afuera nos esperan los guardias; dos camionetas y hombres con caras largas. Subimos y el motor arranca.
El trayecto se me hace corto y largo a la vez. Mis manos descansan sobre el bolso; la música de la radio la apago. En mi mente repaso todo: cómo actuar, qué decir, cómo medir cada palabra. En mi bolso llevo solo lo necesario: documentación, el teléfono, la llave de una de las cajas fuertes del club y la navaja pequeña que siempre llevo oculta por si acaso. Nunca se es demasiado cautelosa.
Al llegar al club, veo tres camionetas estacionadas: supongo que son las de los rusos. Hombres apostados en la puerta nos miran con esa seriedad que solo tienen los hombres que no quieren sobresaltos. Jackson nos acompaña hasta la entrada; es uno de los pocos hombres de la casa con los que puedo bromear sin que me miren raro.
Al entrar, la música, las luces bajas y el perfume caro me envuelven. El club está impecable: mesas bajas, terciopelos, candelabros que hacen brillar los cristales de las copas. Las mujeres que trabajan aquí tienen una elegancia profesional que no es sumisión; esconden coraje tras la sonrisa de protocolo. En este lugar, las cosas se manejan con estilo, no con violencia abierta —y eso, en parte, me tranquiliza.
Ahí está Jack. Solo verlo me aligera el pecho. Se acerca con esa energía contagiosa, y antes de que pueda pensar, me abraza. Le devuelvo el abrazo con naturalidad; él es de la familia, pero también algo más: un hermano de elección. Jack siempre ha sido así, cercano, leal, el tipo que viene a servir y a proteger sin alharacas.
—Miren quién llegó —dice en voz alta, sonriendo—. La pelirroja más linda de Inglaterra.
Me pongo roja por un segundo y le doy un beso en la mejilla. Fabiana hace lo mismo. Jackson nos deja con una sonrisa cómplice y se queda cuidando la entrada. Jack me mira serio un instante.
—Los rusos están en una de las salas privadas —me avisa—. ¿Quieren que vaya con ustedes? Pensaba ver a Carol, pero puedo retrasarlo.
—No te preocupes —le digo—. Carol me dijo que se siente un poco mal. Ve, cuídala; más tarde iremos a verla. No nos retrases mucho.
—Ten cuidado —me advierte en voz baja, y le devuelvo el beso en la frente que siempre me da cuando me despide.
Camino junto a Fabiana hacia la sala donde se hará la negociación. En el trayecto, comento en voz baja:
—¿Sabes por qué Jack nunca se decide a casarse con Carol? —pregunto, apretando el paso.
—Porque es un cobarde sentimental —responde Fabiana sin dudar—. Dice que la ama, pero cuando hay que poner el anillo, desaparece.
—Tiene miedo. O algo peor: no quiere atarse. —No puedo evitar sentir una punzada por Carol; la veo entregada y herida por la terquedad de Jack y me dan ganas de empujarle la cabeza contra la pared para que reaccione.
Cuando llegamos a la puerta de la sala privada, el guardia nos abre sin demora. Dentro, las luces son más tenues, y una mesa larga ocupa el centro de la sala. Allí, representantes—algunos con trajes sobrios, otros con ese aire de lujo que cuesta más dinero que sentido—mueven documentos y copas de champaña. Se respira una mezcla de negocio y cautela.
Me siento frente a la mesa, colocando las manos sobre la tela. Mis dedos están fríos, pero mi mente está alerta: leeré cada gesto, cada pausa. Hoy no se trata de lucir ni de hacer amigos; se trata de proteger lo que es nuestro y, si hace falta, imponer respeto.
La negociación va a empezar y yo estoy lista.