Una vez fui la general que nadie pudo doblegar.
Ahora… despierto en una jaula de cristal llamada familia.
Ella murió con traición en la sangre y una espada en el corazón.
Él era su hermano.
Él era su final.
Pero los dioses no entienden de finales.
Elara Voss. Hija legítima.
Olvidada. Humillada. Rechazada.
En su mansión, la hija adoptiva brilla como la estrella que nunca le permitieron ser.
Y todos… todos la adoran.
Excepto que algo dentro de Valeria despierta. Algo antiguo.
Algo que sabe matar con una mirada.
Y hay un secreto que nadie le dijo:
🗣️ Sus pensamientos… no son silenciosos.
La familia los oye.
El prometido los oye.
Pero la impostora… no.
¿Qué pasa cuando una leyenda renace en el cuerpo de la chica que todos ignoran?
¿Y si su voz interior… es la única arma que necesita para destruirlos a todos?
Entre galas de alta sociedad, sonrisas falsas y promesas rotas…
una guerra silenciosa está a punto de estallar.
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El libro familiar y el primer día
Amanece y ya siento el nudo en el estómago antes siquiera de abrir los ojos; otra noche sin dormir bien, pensando en el banquete, en el instituto, en cómo todo se me escapa de las manos como arena fina. Me levanto temprano, me ducho con agua casi hirviendo para despejar la mente y me pongo el uniforme de Saint Augustine con la precisión de siempre: falda plisada perfecta, blusa impecable, chaqueta con el escudo bordado en oro, el cabello recogido en una coleta alta que me hace parecer la estudiante modelo que todos esperan. Bajo al comedor antes que nadie, sirvo el café exactamente como le gusta a Victor y coloco las tostadas en el orden que Miriam prefiere; pequeños detalles que me han mantenido en el trono todos estos años.
Cuando todos están sentados —Victor a la cabecera, Miriam a su derecha, Alexander y Valeria discutiendo en voz baja sobre algún viaje, Damien revisando el móvil y Elara entrando la última con esa calma irritante que tiene últimamente—, el ambiente es tan denso que casi se puede cortar con el cuchillo de la mantequilla. Victor carraspea, deja la taza sobre el platillo con un tintineo deliberado y nos mira uno a uno antes de hablar.
—Familia —dice con esa voz grave que usa cuando algo es inamovible—, ya es hora de hacer las cosas oficiales de una vez por todas. Esta misma semana inscribiré a Elara en el libro familiar y la incluiré formalmente en la herencia. Es mi hija de sangre, la primogénita que creímos perdida, y merece estar donde siempre debió estar desde el principio.
El silencio que sigue es absoluto. Ni siquiera se oye el crujido de una tostada. Yo mantengo la sonrisa perfecta, las manos quietas sobre el regazo, pero por dentro siento cómo la rabia me sube por la garganta como bilis.
Alexander es el primero en reaccionar, como siempre, el más directo y el que más me ha defendido desde que Elara apareció. Deja el tenedor con un golpe seco contra el plato y se inclina hacia delante, los ojos brillando de indignación.
—¿Estás hablando en serio, papá? —pregunta con voz baja pero cargada de desprecio—. ¿Vas a meter en el libro familiar y en la herencia a una paleta que apareció de la nada después de diez años viviendo quién sabe dónde? ¿De verdad vas a darle parte de lo que es nuestro a alguien que ni siquiera sabemos si es quien dice ser?
Victor lo mira fijamente, con la mandíbula apretada, y de repente golpea la mesa con el puño cerrado haciendo que las tazas salten y el café se derrame sobre el mantel blanco. El estruendo resuena en el comedor como un trueno.
—¡Basta! —ruge, la voz temblando de furia contenida—. ¡Sea la última vez que te refieres así a tu hermana! ¡Elara es de mi propia sangre, de nuestra sangre, y punto final! No permitiré que nadie en esta casa la llame paleta ni nada parecido nunca más. ¿Queda claro?
Alexander se queda mudo, el rostro rojo, los labios apretados en una línea fina. Valeria baja la mirada al plato. Damien suspira y se encoge de hombros. Yo, por mi parte, mantengo la expresión de niña sorprendida y dolida, como si las palabras de Alexander me hubieran herido a mí también, aunque en realidad me reconfortan saber que al menos uno sigue de mi lado.
El resto del desayuno transcurre en un silencio incómodo, roto solo por el sonido de los cubiertos. Cuando terminamos, Miriam se levanta con esa sonrisa forzada que ha perfeccionado en los últimos días y nos mira a Elara y a mí.
—Chicas, hora de ir al instituto. Yo misma os llevaré el primer día de Elara.
Subimos al coche en silencio: Miriam al volante, Elara en el asiento del copiloto (por supuesto, el lugar de honor), y yo atrás, mirando por la ventanilla cómo la mansión se aleja. El trayecto es corto, pero se me hace eterno. Miriam habla de tonterías —el tiempo, las clases, lo bonito que es que estemos juntas—, pero yo solo asiento y sonrío cuando corresponde.
Al llegar a la puerta principal de Saint Augustine, Miriam aparca y nos hace bajar a las dos. Nos abraza fuerte, primero a Elara y luego a mí, y me mira directamente a los ojos con esa confianza ciega que tanto me ha beneficiado todos estos años.
—Ariana, cariño —dice con voz cálida—, te encargo el absoluto cuidado de Elara. Confío plenamente en ti. Sé que la cuidarás, que le enseñarás cómo funcionan las cosas aquí y que la ayudarás a adaptarse. Son hermanas, después de todo.
Sonrío con la dulzura que ella espera, inclino la cabeza con humildad y respondo con la voz más suave que puedo sacar:
—Claro, mamá. Me encargaré de cuidarla muy bien, no te preocupes.
Pero en cada palabra hay un filo escondido, afilado como una navaja, que solo yo siento: “cuidarla… sí, la cuidaré tan bien que deseará no haber vuelto jamás”.
Miriam nos da un beso en la frente a cada una, vuelve al coche y se aleja agitando la mano desde la ventanilla. Cuando el vehículo desaparece por la esquina, me giro hacia Elara con la misma sonrisa angelical que acabo de mostrarle a Miriam.
—Bienvenida a Saint Augustine, hermanita —digo con voz melosa—. Vamos, te enseñaré todo lo que necesitas saber.
Y mientras caminamos hacia la entrada principal, rodeadas ya de las primeras miradas curiosas de los alumnos que llegan, pienso una sola cosa con toda la claridad del mundo:
Este es mi territorio.
Y aquí, Elara, nadie te va a salvar.