"Ella es la inocencia que él no puede tocar. Él es el pecado que ella no puede evitar."
Lucía Bennet es dulce, romántica y nunca ha conocido el amor. Como asistente de Dante Moretti, sabe que él es un hombre prohibido: está comprometido con una heredera poderosa y una cláusula en su contrato le prohíbe acercarse a él bajo pena de una demanda millonaria.
Dante es implacable y frío, pero la pureza de Lucía ha despertado en él una obsesión que no puede controlar. Tras la fachada del CEO perfecto, se esconde un deseo insaciable que amenaza con destruirlo todo.
Atrapados en una suite en Milán, la línea profesional se rompe. Entre una boda por interés, una familia que exige obediencia y un contrato legal implacable, ambos se hunden en una pasión clandestina.
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El regreso al origen
El trayecto desde el aeropuerto de Malpensa hasta el hotel fue un desierto de palabras. El silencio no era tenso como otras veces, sino denso, cargado de una solemnidad que Lucía no terminaba de comprender. Dante mantenía la vista fija en el paisaje italiano que se desvanecía a través del cristal tintado, pero su mano nunca soltó la de ella. Era un agarre firme, casi una declaración de propiedad que ella no se atrevió a cuestionar.
Al llegar al hotel, Dante no la dejó subir a su habitación. La guio directamente al restaurante de la terraza, un espacio acristalado donde el sol de la tarde bañaba las mesas con una luz dorada y nostálgica. Pidió un almuerzo ligero y, solo cuando el camarero se retiró, rompió el muro de hielo.
—Lucía, mírame —pidió él. Su voz ya no era la del jefe autoritario, sino la de un hombre que cargaba con una culpa pesada—. Siento haberte metido en esto. Siento que mi apellido y mis compromisos se hayan convertido en una amenaza para tu vida.
Lucía sintió un nudo en la garganta. Ver a Dante Moretti pedir disculpas era algo que nadie en el mundo financiero creería posible.
—No es su culpa, señor... —empezó ella.
—Es Dante. Al menos aquí, es Dante —la interrumpió con suavidad—. Te aseguro que, cueste lo que cueste, jamás dejaré que nadie te haga daño. He reagendado todas mis reuniones. Los contratos pueden esperar; tú no. Nos vamos de Milán esta misma tarde. Volvemos a Nueva York.
Dante cumplió su palabra. En un despliegue de poder logístico, el jet privado estuvo listo en tiempo récord. Durante el vuelo sobre el Atlántico, Lucía lo observó trabajar en silencio. Por momentos, él cerraba los ojos y ella notaba una sombra de fatiga y amargura en su rostro. Sabía que esa frialdad que él proyectaba era una armadura impuesta por su padre, el viejo Moretti, un hombre que consideraba que el afecto era una falla en el sistema.
Diez horas después, el perfil de Manhattan apareció bajo las alas del avión. La realidad de Nueva York los recibió con su ruido ensordecedor y su ritmo frenético. Al aterrizar en Teterboro, Dante la acompañó hasta el coche negro que la llevaría a su apartamento.
—Tienes una semana de vacaciones, Lucía. Aprovecha para descansar —le dijo antes de que ella bajara—. Mi hermana, Isabella, te contactará. Ella ya sabe todo. Eres oficialmente parte de su fundación. Estarás a salvo allí.
Lucía asintió, sintiéndose en una especie de sueño lúcido. Al llegar a su pequeño apartamento en Brooklyn, el contraste fue casi violento. Del lujo de las suites presidenciales a los pasillos estrechos que olían a comida casera y humedad.
Abrió la puerta y fue recibida por un torbellino de energía rubia.
—¡Lucía! ¡Por Dios, estás viva! —Dayan, su mejor amiga y compañera de cuarto, la rodeó en un abrazo que casi le saca el aire—. ¡No me escribiste en dos días! ¿Qué pasó en Milán? Y más importante... ¿por qué te trajo un coche que cuesta más que todo este edificio?
Lucía se dejó caer en el sofá desgastado, sintiendo que finalmente podía respirar. Dayan, que trabajaba como diseñadora gráfica y siempre tenía una sonrisa lista, le puso una taza de té en las manos y se sentó frente a ella, expectante.
—Dayan... me enamoré —soltó Lucía, y las lágrimas que había contenido durante todo el viaje empezaron a fluir—. Y es el peor error de mi vida.
Durante las siguientes dos horas, Lucía le contó todo: la tormenta, la suite compartida, el beso en el pasillo, la amenaza de Alessia y el rescate de Dante en el aeropuerto. Dayan escuchaba con la boca abierta, pasando de la indignación a la fascinación.
—¡Es como una película, pero con el diablo de Wall Street! —exclamó Dayan—. Lucía, tú nunca te habías interesado así por nadie. Siempre eras la chica de los libros que esperaba a un príncipe azul... y terminaste con un rey de hielo. Pero escúchame, estas vacaciones te van a hacer bien. Mi novio, Mark, organizó una salida al campo este fin de semana. Vamos a ir a una cabaña en los Catskills. Trae a un amigo, un chico increíble, médico, muy tranquilo... de nuestro mundo.
Lucía suspiró. "De su mundo". Eso era exactamente lo que necesitaba: normalidad, paz, alguien que no tuviera una prometida psicópata ni un imperio que proteger. Pero mientras Dayan hablaba emocionada de la excursión, Lucía solo podía pensar en el calor de las manos de Dante y en la promesa que él le había hecho.
Sabía que esa semana de vacaciones no sería para descansar, sino para intentar reconstruir los muros de su corazón antes de que Dante volviera a derribarlos.