¿Será que una mujer solo tiene una única oportunidad para amar?
Mi Salvaje Concubina es una novela sobre libertad, identidad femenina y el precio de amar sin perderse.
NovelToon tiene autorización de Kelly Lea Barros para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
- La Sangre Curativa
Melia cepillaba el cabello de Mina en la habitación, mientras ambas aguardaban noticias.
Habían pasado cerca de dos horas desde que regresaron a la casa donde vivían con su tía. Ninguna podía evitar pensar que lo ocurrido traería graves consecuencias para la secta.
Era la primera vez que la seguridad de Casa Alada había sido vulnerada.
Ni siquiera en el resto del territorio de Ransón alguien de los Cinco Reinos correría peligro; toda la región era vigilada por los guardias de la Mariposa Negra, expertos espadachines encargados de preservar la neutralidad de la secta.
¿Qué clase de problema traerá a nuestra orden que el príncipe heredero de Kandor haya sido atacado en nuestro territorio?, pensó Melia.
—No puedo creer que algo así haya pasado en nuestra ciudad —murmuró Mina, mirándose en el espejo.
—Lo más probable —respondió Melia acercándose a la ventana— es que alguno de los reinos haya decidido dejar de respetar nuestra neutralidad… y quiera usarnos para provocar a Kandor.
—¿Tienes alguno en mente?
Melia volvió junto a su hermana y reanudó el cepillado con lentitud.
—No exactamente. Pero he oído que los llamados Príncipes Carniceros no mantienen buenas relaciones con los demás reinos. Son la principal causa de la fragmentación de la antigua hermandad de Talember.
—¿Los de Talmor y Sabamer?
—Ellos.
Tocaron a la puerta.
—Adelante —dijo Mina.
—Señorita Melia, la señora Ramelia y el gobernador Rener solicitan su presencia.
El corazón de Melia se aceleró. Entregó el peine a Mina. Su hermana notó la tensión en su reflejo.
—No es para tanto —sonrió Mina—. Eres la favorita del tío Rener. No será tan grave… confía en mí.
Melia respiró hondo y siguió a la sirvienta.
Mientras avanzaba, se preguntaba qué castigo la aguardaba. Pero lo que realmente la inquietaba era Ramelia. Una parte de ella quería decirle lo que su esposo Kroner le había hecho a aquellas jóvenes. Conocía la rectitud de su tía, su incapacidad para tolerar injusticias, incluso cuando el culpable era su propio esposo. Melia había sido testigo del amor profundo de Ramelia por Kroner… y también de su firmeza implacable.
Se detuvo al notar que no se dirigían al despacho.
—¿Por qué vamos por aquí? —preguntó—. ¿No iremos al despacho?
—No, señorita. Sus tíos se encuentran en otra ala.
El norte.
Las habitaciones de los visitantes, pensó.
La mente de Melia quedó en blanco.
Dos días antes, Mina le había advertido que no merodeara por esa zona. Allí se alojaban los príncipes de Kandor.
Cuando llegaron, dos guardias reales custodiaban la puerta.
—Ella es la señorita Melia —anunció la sirvienta.
Los guardias la recorrieron con la mirada.
No fue una inspección casual.
No fue curiosidad.
Fue reconocimiento.
Melia lo sintió.
No en la piel… sino en algo más profundo. En esa intuición antigua que había aprendido a escuchar desde niña.
No la miraban por su vestido sencillo.
La estaban midendo.
Evaluando.
Recordando.
Y entonces lo comprendió.
Ellos la reconocían.
Era la muchacha del camino.
La que había lanzado las monedas al carruaje real.
La que había burlado su vigilancia sin tocar una sola hoja.
Ahí, frente a aquella puerta, la certeza la alcanzó con claridad absoluta.
No había castigo.
No había juicio.
No la habían llevado allí para reprenderla.
La habían llevado por su sangre.
La llamaron por lo que su cuerpo podía hacer.
Y esa certeza, extrañamente, la alivió.
Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor de la manija.
La manija estaba fría bajo sus dedos.
Respiró hondo.
Una vez. Solo una. No porque dudara… sino porque su cuerpo se estaba preparando sin que ella se lo pidiera.
Empujó la puerta.
Y chocó.
No con la madera. Con un pecho firme. Con calor. Con respiración.
El impacto la detuvo en seco.
Sus manos se alzaron por reflejo, tocando una tela que no conocía, un cuerpo que no debía estar tan cerca. Alzó la vista al mismo tiempo que él bajaba la suya.
Ojos azules. Inmóviles. Duros.
Kailer la estaba mirando.
No como a una mujer. No como a una muchacha.
Como se mira algo que rompe una regla invisible.
Melia sintió cómo su pulso se disparaba sin razón. Un calor seco le subió por el pecho, por el cuello, por la cara. No era vergüenza. No era miedo. Era un desorden. Una pérdida breve y brutal de centro.
Sus respiraciones se mezclaron.
Demasiado cerca. Demasiado rápido.
Los labios quedaron a unos centímetros.
Ninguno dio un paso atrás.
Kailer la recorrió con la mirada por primera vez sin desprecio… y eso fue peor. No había deseo en sus ojos. Había cálculo. Registro. Impacto.
La misma sensación que se tiene al descubrir que algo ajeno ya está dentro del territorio propio.
Melia sostuvo esa mirada un segundo más de lo que debía. No por reto. Por desconcierto.
Y bajó los ojos.
No porque se sometiera.
Sino porque algo en ella se había movido… y necesitaba volver a colocarse.
Kailer fue el primero en retroceder. Su cuerpo respondió antes que su razón. La reconoció.
No como la mujer del camino. No como la gemela insolente. Sino como una interferencia.
Algo en ella no pertenecía a su mundo. Y eso era una amenaza.
Dio un paso atrás con brusquedad.
Como si el contacto lo hubiera quemado.
Simplemente ambos supieron lo mismo al mismo tiempo:
Nada había terminado de empezar… pero algo ya había cambiado para siempre
—Melia —dijo entonces Ramelia—. Entra.
Melia obedeció y pasó junto a Kailer.
Él evitó mirarla.
Se volvió hacia Kramín.
Y Kramín lo estaba observando con atención peligrosa.
Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
Porque por primera vez en su vida…
su hermano no estaba indiferente.
Y eso lo desconcertó.
Melia se acercó a su tía.
Ramelia tomó sus manos.
—Tienes el pulso alterado —dijo—. Y las manos frías.
Melia sintió el calor subirle al rostro.
Soltó las manos con torpeza.
Apretó los puños.
No quería que él la viera así.
No quería sentirse fuera de sí.
Pero ambos príncipes la observaban.
Kramín con curiosidad abierta.
Kailer con una intensidad contenida.
—Estoy bien, tía. Solo estoy cansada —dijo Melia.
Ya dejala Ramelia… Misimu la necesita — Intervino Kroner
Misimu avanzó entonces un paso.
—Melia —dijo con voz firme y respetuosa—. El guardia está herido por veneno.
Y yo… necesito tu ayuda.
Melia alzó la vista. En sus ojos no había duda.
Había decisión.
—Sí, maestro.
Se sentó junto al guardia.
Sacó el cuchillo de su vestido.
Se hizo un corte limpio en la muñeca.
Su sangre cayó.
Kailer palideció.
Su mandíbula se tensó.
Aquella mujer se abría la piel sin un solo gesto de dolor.
No era debilidad.
Era dominio.
En sus ojos no había duda.
Había decisión.
Kramín la miraba con asombro abierto.
Misimu condujo a los príncipes hacia el ventanal.
—Su sangre neutraliza venenos. No teman.
Kailer volvió la vista hacia Melia.
Esta vez ella bajó los ojos.
Y Kramín sonrió.
Porque su hermano estaba perdiendo algo que nunca había perdido:
El centro.
Melia se sintió aliviada cuando Ramelia le cubrió la herida con una venda.
Pero no volvió a sentirse igual.
Algo en su centro estaba fuera de lugar.
Todo parecía levemente desplazado, como si el mundo hubiera cambiado un grado imperceptible.
—Melia, vamos a tu habitación. Debes comer algo y descansar —dijo Ramelia, abrazándola y besándola en la frente.
Cuando Ramelia y Melia salieron, Misimú habló:
—La sangre de Melia puede actuar de dos formas.
Puede neutralizar el veneno de inmediato…
o contenerlo el tiempo suficiente para encontrar el antídoto.
En dos horas sabremos cuál ha sido el efecto.
El silencio se instaló en la habitación.
Kailer se acercó a Blen y se sentó junto a él.
Blen no era solo su guardia.
Era su hermano de infancia.
Su sombra.
Su ancla.
Al ver la mancha de sangre en su oreja, Kailer la tocó con los dedos. No era de Blem. Era de ella.
Y entonces, sin quererlo, volvió a ver en su mente los ojos de Melia.
Grandes.
Claros.
Firmes.
Demasiado presentes.
************************************
Unas horas después, Melia despertó.
La casa dormía. No había Kroner. No había Rener. No había castigos ni llamados.
Solo la madrugada… y ella.
El recuerdo de Kailer le volvió como una oleada incómoda.
No entendía qué había pasado. Por qué su cuerpo había reaccionado antes que su voluntad. Por qué aquella presencia le había desordenado el centro.
¿Qué fue eso que me atravesó? ¿Por qué me afectó?
Se sentó en la cama. Luego se puso de pie, fue al espejo y se tocó las mejillas, aún tibias.
—¿Qué te pasa, Melia? —murmuró—. Es un príncipe engreído. Lo detestas. No puedes permitir que te perturbe.
Tomó su ropa de práctica. Su espada. Y salió al jardín.
Durante más de una hora entrenó hasta que el sudor le limpió la mente. El cuerpo volvió a su eje. La respiración recuperó su ritmo.
Decidió entonces que al amanecer regresaría a la montaña sagrada. Necesitaba a su tío Ralor. Necesitaba volver a ser ella.
—Deberías estar descansando.
La voz cayó detrás de ella como una hoja afilada.
—Partiremos temprano. Y si no duermes lo suficiente, me temo que serás una carga, gemelita salvaje.
Melia no se giró.
Pero su cuerpo sí reaccionó.
La respiración se le desordenó. El pulso le golpeó en las sienes.
No quería mirarlo. No quería volver a sentir eso.
Recogió la espada y emprendió el camino de regreso sin decir una sola palabra.
Ignorarlo fue un acto de disciplina.
Kailer la observó alejarse.
El gesto silencioso de ella le provocó una punzada de irritación… y algo más que no nombró.
Apretó los puños, conteniéndose.
No era momento. Blen seguía entre la vida y la muerte. Y aquella muchacha era demasiado importante para demasiadas personas.
—Sigue siendo altanera —murmuró—. No pienso hacerte daño… pero pronto tendré el placer de enseñarte modales, gemelita salvaje.
Había salido de la habitación incapaz de dormir.
Misimu había sido claro: la sangre de Melia no había extraído el veneno. Solo lo había contenido.
Para salvar a Blen necesitaban la hierba Sahen, que solo crecía en la montaña Badasu del reino de Bedolia.
Y Kailer lo sabía.
Conseguirla no sería fácil.
No en esos tiempos. No con la tensión entre reinos al borde de la guerra.
Y, sin quererlo, comprendió otra cosa:
La salvaje no solo había entrado en la sangre de su guardia… también había empezado a entrar en su guerra.
********************************
La mañana entró sin permiso por los ventanales.
Melia se giró en la cama, buscando la sombra fresca de la almohada. Había decidido no levantarse temprano. No hoy. Dormiría hasta que el sol estuviera alto, partiría luego a la montaña sagrada y, con un poco de suerte, no volvería a cruzarse con el príncipe de Kandor.
No sabía todavía que eso ya no era una opción.
—Melia —insistió una voz suave—. Despierta.
—Tenemos que hablar contigo —añadió otra, más firme.
Ella se tapó el rostro con la sábana.
—Cinco minutos más…
La tela fue retirada de un tirón.
—No —dijo Mina—. La secta tiene un problema. Y eres parte de la solución.
Melia abrió un ojo.
—¿Qué problema?
Ramelia se sentó a su lado.
—Tu tío Rener estuvo aquí anoche. No quiso despertarte. Me pidió que te dijera que te encomienda una misión.
Melia se incorporó lentamente.
—¿Una misión?
Ramelia asintió.
—El ataque al príncipe heredero ocurrió en nuestro territorio. Eso nos compromete. La secta debe responder.
Melia bajó la mirada un instante.
Sabía lo que eso significaba.
—¿Qué tengo que hacer?
Mina tomó su rostro con ambas manos.
—Debes acompañar al príncipe Kailer hasta Bedolia. Mantener con vida a su guardia personal… hasta que encuentren la hierba Sahen.
Melia dejó escapar el aire despacio.
—Bedolia está a muchos días de camino.
—Lo sé —dijo Ramelia—. Pero Blen no puede morir bajo nuestra protección.
Melia cerró los ojos.
—¿Vendrás conmigo?
Mina negó con suavidad.
—A mí me asignaron dirigir la investigación del atentado. Cuando regresen, Kandor exigirá respuestas.
El silencio se asentó entre las tres.
Melia asintió.
—Entonces iré
*************
Melia se apartó del abrazo de Ramelia cuando escuchó el sonido conocido de un relincho.
—Señorita Melia —dijo una voz joven y clara—. Le he traído a Bestia.
El general Sume avanzó sosteniendo las riendas del caballo negro. Sus ojos brillaban con una admiración que no se molestaba en ocultar.
—Sabía que querría montarlo —añadió—. Él también la ha estado esperando.
Melia sonrió con una dulzura que los príncipes de Kandor no le conocían.
—Gracias, general.
Acarició el rostro del animal como si hablara con un viejo amigo.
—¿Me extrañaste, Bestia?
Kramín frunció el ceño.
Kailer también.
No por el caballo.
Por la forma en que el general de Ranson la miraba.
Entonces una sombra cruzó la luz.
—Eso no será posible.
La voz fue firme.
Autoritaria.
Un hombre alto, de uniforme oscuro con el emblema de Lecitor, se adelantó.
—La señorita no viajará sin escolta —dijo—. Yo me haré responsable de su seguridad.
Melia alzó la vista.
—General Gabel…
Kailer miró de uno a otro.
Lecitor.
Un general de Lecitor.
Protegiendo a una “salvaje” de Ranson.
Nada de eso encajaba.
—No es necesario —dijo Melia—. Puedo cuidarme sola.
—No cuando se trata de usted, princesa.
La palabra cayó con peso.
Kramín ladeó la cabeza, interesado.
Kailer sintió que algo se le movía bajo la piel.
—Entonces no se mueva sin consultarme —continuó ella—. O regresará con su guardia.
Gabel inclinó la cabeza.
—Como ordene, su alteza.
Silencio.
Bestia resopló.
Kailer miraba a Melia como si acabara de ver una grieta en el mundo.
Porque nadie…
le decía princesa a una salvaje.
Y porque ese emblema de Lecitor
no protegía a cualquiera.
Kailer subió al carruaje sin decir una sola palabra.
Tomó asiento frente a la ventanilla, con la espalda recta, las manos apoyadas sobre los muslos. Desde fuera, parecía exactamente el mismo príncipe heredero de siempre: controlado, distante, impecable.
Por dentro, no.
Algo no encajaba.
Una muchacha de Ranson no tenía por qué ser escoltada por un general de Lecitor.
Nadie de Lecitor usaba la palabra alteza sin razón.
Y ningún militar se enfrentaba con esa naturalidad a Kandor… a menos que supiera que podía hacerlo.
Princesa.
La palabra volvió a golpearle por dentro como una pieza mal colocada en un mecanismo antiguo.
Kramín subió al carruaje segundos después y se dejó caer frente a él.
—¿Notaste eso? —dijo con tono casual.
Kailer no respondió.
—Un general extranjero, protección personal, y esa palabra —continuó—. No es una campesina, hermano.
Kailer apretó la mandíbula.
—No es de Ranson —murmuró al fin—. O no solamente.
Kramín sonrió de lado.
—Y tú la miras como si te hubiera movido el suelo.
Kailer levantó la vista, fulminante.
—No.
—Sí —respondió Kramín—. No te incomoda ella.
Te incomoda lo que no puedes clasificar.
Kailer volvió a mirar por la ventanilla.
Allí estaba Melia, montada sobre Bestia, el cabello recogido, el cuerpo recto, la espada a la espalda. No parecía una “princesa”. No parecía una “salvaje”. No parecía nada que él conociera.
Parecía… peligrosa.
No porque quisiera herirlo.
Sino porque no cabía en su mundo.
Y eso, para Kailer de Kandor, era la primera amenaza real que había sentido en su vida.