Alessia Castelli nació para obedecer. Hija de una de las familias mafiosas más poderosas de Italia, jamás ha podido decidir sobre su propia vida. Ni a quién amar. Ni con quién casarse. Ni siquiera qué sueños perseguir.
El día de su boda arreglada, todo cambia cuando es secuestrada por Fabiano Conti, el temido líder de la organización rival. Para él, Alessia no es más que la única pieza capaz de devolverle a la persona que más ama.
Mientras una guerra entre familias amenaza con desatarse, ambos descubren que existen prisiones mucho peores que una habitación cerrada. Ella jamás ha conocido la libertad. Él hace mucho tiempo que olvidó cómo se siente vivir sin culpa.
Entre amaneceres frente al Mediterráneo, pequeños actos de rebeldía y decisiones que nunca antes les permitieron tomar, Alessia y Fabiano comenzarán a cuestionar todo aquello para lo que fueron criados.
Porque, a veces, el enemigo no es quien te roba la libertad... Sino quien te enseña, por primera vez, cómo se siente tenerla.
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Antes del infierno
Alessia
—¿Aceptas a Adriano Greco como tu esposo? —pregunta el sacerdote.
—¡No! —niego con mi cabeza mientras lágrimas corren por mis mejillas—. No lo acepto.
—Puede besar a la novia —dice el sacerdote como si yo no hubiese dicho nada.
Supongo que Lucio está por sobre todos. Incluso un sacerdote cuyo sueldo es pagado por la Sagrada Familia.
Trato de alejarme cuando Adriano me empuja a sus labios.
Sujeta mis manos con fuerza y me besa contra mi voluntad mientras todos aplauden.
—Ahora eres mía, Alessia Greco.
Me sacudo ante el sonido de mi nuevo nombre.
—No —susurro—. No me toques.
Sonríe y besa mi mejilla. —Tienes razón. Ya habrá tiempo esta noche. Disfrutaré rompiéndote.
Todo la sangre abandona mi rostro mientras los invitados me felicitan, ignorando que no quiero esto.
Ayer enterré a mi madre.
Hoy me estoy enterrando a mí misma.
Mi esposo me empuja a la limusina que espera por nosotros, que nos llevará a la fiesta.
Una fiesta.
Una celebración a menos de veinticuatro horas de haber enterrado a mi madre.
Esto no es real.
Esto no puede estar pasando.
Lucio no puede hacerme esto.
Me giro antes de entrar a la limusina para mirar a mi hermano, quien está sonriendo al lado de su aterrada esposa.
—Lucio —lo llamo, pero ni siquiera voltea a verme.
—Ahora no eres su problema, cariño, eres el mío.
—No soy nada tuyo.
Toma mi mano.
—Este anillo dice lo contrario.
Miro a mi alrededor sintiendo que es la última vez que lo hago siendo una mujer libre.
Ahora pertenezco a mi esposo.
Todo lo que me enseñaron mis padres me preparó para este momento.
Desde niña supe que no elegiría al hombre con el que me casaría.
Las hijas de un capo no elegimos.
Obedecemos.
Primero era mi padre quien decidiría. Después de su muerte, ese derecho pasó a Lucio.
Así funcionan las cosas.
Así han funcionado siempre.
Mamá nunca intentó convencerme de que algún día encontraría un príncipe del que me enamoraría perdidamente.
Jamás.
En cambio, cada vez que hablábamos de mi futuro, acariciaba mi cabello y decía exactamente lo mismo.
Solo espero que tengas la misma suerte que yo.
Suerte.
No amor.
Suerte.
Que el hombre que me eligieran fuera bueno.
Paciente.
Respetuoso.
Que nunca levantara la mano contra mí.
Que me permitiera reír.
Que algún día pudiera quererlo lo suficiente para construir una familia a su lado.
Eso era todo.
Nunca pedí más. Hasta que conocí a Fabiano. Y por primera vez en mi vida… Quise elegir.
Cierro los ojos con fuerza.
Qué ironía.
El único hombre al que jamás habría podido pertenecer terminó enseñándome que existía algo más que la resignación.
Con él entendí que una mujer podía sentirse segura. Escuchada y protegida. Que podía reír hasta que le doliera el estómago. Que un hombre podía mirarla como si fuera una persona y no un premio.
Quizá ese fue mi error. Conocerlo.
Porque antes de él me habría subido a esta limusina convencida de que la vida simplemente era así.
Ahora sé lo que estoy perdiendo. Y eso lo hace insoportablemente peor.
Durante toda la ceremonia seguí esperando.
No porque creyera que Fabiano aparecería. Sabía que era imposible.
Pero seguí esperando igual, a pesar de saber que Lucio jamás habría permitido que se acercara a la iglesia. Sin embargo, esperaba un milagro… Cualquier cosa.
Que Adriano cambiara de opinión.
Que alguien descubriera un impedimento.
Que Dios se apiadara de mí.
Cuando el sacerdote nos declaró marido y mujer, entendí que los milagros no existen.
Todo ha terminado.
Quizá debería haber insistido aquella noche.
Debería haberle dicho que no me importaban las consecuencias.
Que prefería una sola noche con él... A toda una vida con Adriano.
Si lo hubiese hecho al menos tendría el recuerdo.
Ahora solo me queda imaginar lo que nunca tendré.
Esta noche comenzaré una vida que nunca elegí.
Ni siquiera rezaré para tener la suerte de mi madre. Está claro que Adriano no es como papá.
Adriano me ve como un objeto. Su objeto.
Estoy condenada.
Condenada a vivir bajo la sombra de un hombre por el que solo puedo sentir asco.
Mi esposo me empuja a la limusina y en cuanto la puerta se cierra mi infierno comienza.
—Sigue manejando por una hora —le ordena al chofer antes de cerrar el vidrio que nos separa con él.
—¿Qué haces? —le pregunto cuando toca mis piernas.
—Solo… cumpliendo mi deber como esposo —dice con una sonrisa que congela la sangre en mis venas.
Tira de mis piernas hasta que caigo de espalda sobre el asiento.
—¡No! —grito y lo empujo con mis piernas, pero me detengo cuando saca una navaja.
—Primero es lo primero, esposa mía. Quiero comprobar con mis ojos que el imbécil de Conti no te rompió primero… Porque si lo hizo te follaré el culo como castigo.
Con la navaja corta el vestido y parte de mis bragas.
Su respiración se altera cuando me mira.
Intento cubrirme, pero retiene mis manos.
—Shhh, cariño…—susurra antes de meter sus dedos en mí.
Grito cuando un dolor me desgarra por dentro.
Gime complacido.
—Decías la verdad… Oh, disfrutaré rompiéndote, señora Greco.
Se saca su camisa antes de romper la parte de arriba de mi vestido y mi brasier.
Su boca cae sobre mis pechos.
Grito cuando sus dientes se clavan con una violencia que nunca creí que existiera.
Esto es peor de lo que me imaginé.
El auto se detiene bruscamente y Adriano se levanta furioso.
—¿Qué mierda te dije? —pregunta abriendo la ventana de comunicación con el chofer.
Me incorporo para cubrir mi desnudez y jadeo al ver al chofer muerto.
—¿Qué…? —empieza a preguntar Greco, pero se detiene cuando la puerta es abierta.
Un hombre atlético y con rasgos asiáticos nos sonríe con una pistola apuntando a Greco.
—Buena suerte en el infierno —dice antes de dispararle a mi esposo, quien cae muerto a mis pies.
Mi corazón se detiene cuando sus ojos oscuros se clavan en los míos.
—Ahora entiendo por qué quiso que cruzara medio mundo para buscarte —dice tirando de mí con delicadeza. Me carga en sus brazos—. Vamos, pequeña. Pronto estarás en casa —dice con una sonrisa amistosa—. Fabiano me debe una grande.
Todo mi cuerpo se relaja.
Cierro los ojos.
Por primera vez desde que mi madre murió... Me siento a salvo.
Dylan Yamaguchi
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Saludos desde México.
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