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Atrapada entre gemelos: Mi pecado prohibido

Atrapada entre gemelos: Mi pecado prohibido

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Mujer poderosa / Poli amor / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:15k
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.

Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.

**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.

Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.

Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.

Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.

*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*

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Capítulo 30

Capítulo 30: Lo que no sirve de nada

Santiago le consiguió el acceso.

Valentina no le preguntó cómo. Cuando se trataba de obtener cosas que no debería poder obtener, Santiago operaba en una dimensión donde las preguntas eran innecesarias y las respuestas incómodas. Le mandó un mensaje a las once de la noche con un nombre, una dirección y un código de acceso: "Hospital Ángeles, ala sur, sala de monitoreo. Código: 2847. El guardia de seguridad se va a las once y media. Tienes treinta minutos."

Valentina fue sola. Tomó un Uber hasta el hospital. Entró por la puerta de servicio que Santiago le había indicado. Bajó al sótano. La sala de monitoreo era un cuarto pequeño con paredes de concreto y ocho pantallas que mostraban imágenes en blanco y negro de los pasillos, las salas de espera y los estacionamientos.

Se sentó frente a la computadora central. Tecleó la fecha del baile inaugural. El sistema le mostró las grabaciones de esa noche: cámaras de entrada, urgencias, recepción, estacionamiento.

Linda Venegas había ingresado al hospital a las once y cuarenta y dos de la noche — la hora oficial registrada en el reporte médico. Fractura de cadera, tres costillas rotas, contusión cerebral. Ingreso por urgencias. Firma del médico de guardia.

Pero la cámara del estacionamiento contaba una historia diferente.

A las diez y treinta y ocho — una hora y cuatro minutos antes del registro oficial — una ambulancia privada se detuvo frente a la entrada lateral del hospital. Dos paramédicos bajaron una camilla. En la camilla, cubierta con una sábana hasta el cuello, estaba Linda Venegas. Inconsciente. Con el vestido rojo manchado de algo oscuro que no era sangre sino tierra mojada.

Linda había llegado una hora antes de lo que decía el reporte. Alguien la había traído en una ambulancia privada. Alguien la había mantenido en el hospital durante sesenta y cuatro minutos antes de registrar oficialmente su ingreso.

¿Qué pasó durante esa hora?

Valentina avanzó la grabación. A las once y diez, una figura entró en la sala donde Linda estaba. La cámara era de baja resolución y el ángulo era malo, pero Valentina reconoció la silueta: alta, con lentes, con un traje oscuro y un andar que delataba a un hombre acostumbrado a que los pasillos se abrieran para él.

Alejandro.

Alejandro Reyes había estado con Linda Venegas durante treinta y dos minutos antes de que el ingreso oficial se registrara. ¿Qué le dijo? ¿Qué le hizo? ¿Qué obtuvo de una chica inconsciente con tres costillas rotas y un cráneo contundido?

El teléfono. El teléfono de Linda. Alejandro lo había obtenido esa noche, en esa hora fantasma, antes de que nadie más pudiera acceder a él.

Valentina sacó capturas de pantalla de las grabaciones. Las guardó en una memoria USB que Julia le había prestado —una memoria rosa con forma de gato que era ridícula y perfecta para contener pruebas de un encubrimiento. Borró su acceso del historial del sistema. Salió del hospital antes de que el guardia regresara.

Tres días después, le mandó un mensaje a Sebastian: "Necesito verte."

Se encontraron en un café cerca de la UNAM. No en Torre Montero, no en la hacienda, no en ninguno de los territorios de Sebastian. Un café normal, con estudiantes ruidosos y música de fondo y meseras que no sabían quiénes eran. Sebastian llegó en un coche sin chofer — él manejando, solo, con un suéter gris que lo hacía parecer un profesor de economía en lugar del CEO de un conglomerado multimillonario.

Se sentó frente a Valentina. Pidió un americano sin azúcar. Valentina pidió un café con leche y tres cucharadas de azúcar — su dosis de siempre, la de las monjas de Casa Hogar que le ponían azúcar a todo porque el azúcar era lo más barato que tenían para hacer feliz a una niña.

—Mira esto —dijo Valentina, poniendo el teléfono con las capturas de pantalla sobre la mesa.

Sebastian miró las imágenes. La ambulancia privada. La hora. La silueta de Alejandro entrando a la sala. Los treinta y dos minutos. Su cara no cambió mientras las estudiaba, pero sus manos sí: los dedos se cerraron alrededor de la taza de café con una presión que blanqueó los nudillos.

—Estuvo con ella una hora antes de que la registraran —dijo Valentina—. Le sacó el teléfono mientras estaba inconsciente. Todo lo que Alejandro tiene contra ti lo obtuvo esa noche, de una chica con el cráneo roto que no podía negarse.

Sebastian no dijo nada durante un largo rato. Miró las capturas. Miró su café. Miró la ventana donde los estudiantes pasaban con mochilas y risas y la despreocupación de quienes no saben que el mundo es un tablero de ajedrez donde las piezas sangran.

—Frente a ti —dijo Sebastian, sin levantar la vista del café— todo lo que tengo no sirve de nada.

Valentina parpadeó. No era la frase que esperaba. No era un plan de ataque ni una orden ni una declaración de guerra. Era algo que Sebastian Montero probablemente no había dicho nunca en su vida: una admisión de impotencia.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Valentina.

Sebastian levantó la vista. Sus ojos estaban cansados. No la fatiga del insomnio o del trabajo excesivo, sino un agotamiento más profundo — el de un hombre que ha pasado toda su vida construyendo muros y que descubre que la persona frente a la cual los construyó puede verlo de todas formas.

—Tengo un imperio —dijo—. Tengo abogados, jueces, dinero suficiente para comprar la mitad de este país. Puedo destruir a Alejandro Reyes con una llamada. Puedo hacer desaparecer esas grabaciones con dos. Pero nada de eso... —Se detuvo. Tragó—. Nada de eso cambia lo que tú piensas de mí. Y por alguna razón que no entiendo, lo que tú piensas de mí es lo único que me importa.

El café de Valentina se estaba enfriando. La música de fondo cambió a una canción de Julieta Venegas que hablaba de aprender a perdonar. La ironía del apellido fue demasiado cruel para notarla.

—No te estoy pidiendo que me perdones —dijo Sebastian—. No te estoy pidiendo nada. Solo necesito que sepas que, por primera vez, no sé qué hacer. Y para alguien como yo, no saber qué hacer es peor que perder.

Valentina lo miró. El hombre que la había atado con su corbata. El hombre que le había quemado su carta de admisión. El hombre que la había abofeteado tres días atrás en un Suburban blindado. Ese hombre estaba sentado frente a ella con un suéter gris y un americano sin azúcar, diciéndole que no sabía qué hacer.

—Entonces trabajemos juntos —dijo Valentina—. No como hermanos. No como carcelero y prisionera. Como iguales.

Sebastian la miró. Algo cruzó su cara —no una sonrisa, no exactamente, sino la sombra de lo que podría ser una sonrisa si Sebastian Montero supiera cómo sonreír sin que el gesto pareciera una amenaza.

—¿Qué propones? —preguntó.

—Investigamos a Alejandro. Juntos. Sin mentiras. Sin juegos. Sin ataduras.

Sebastian asintió. Un movimiento pequeño, definitivo, como la firma en un contrato que vale más que cualquier documento que sus abogados hayan redactado.

Salieron del café por separado. Sebastian primero, Valentina cinco minutos después. En la acera, Valentina se detuvo a atarse los zapatos. Cuando levantó la vista, vio un SUV negro estacionado en la esquina opuesta. La ventanilla del conductor estaba bajada dos centímetros.

Detrás del vidrio, medio oculto por las sombras del interior, Santiago Montero sostenía su teléfono en ángulo. Fotografiando.

Valentina se enderezó. Miró el SUV durante tres segundos. Luego se dio la vuelta y caminó hacia el campus sin mirar atrás.

Santiago bajó el teléfono. Miró las fotos: Valentina y Sebastian sentados frente a frente en un café, con dos tazas entre ellos y una intimidad en sus posturas que ninguna bofetada podía crear pero que un secreto compartido podía.

"Socios, no amantes", le había dicho Valentina. Pero no le había dicho con quién.

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Maria Elena Gomez
Normal
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