Aurora Medina llega a la capital con una misión: domar al grupo más rebelde del exclusivo Colegio Altamira, un aula de hijos de millonarios que ya hizo renunciar a cinco tutores. Lo que no imagina es que, detrás de esos dos gemelos insoportables que le declaran la guerra, se esconde el hombre que le rompió el corazón doce años atrás… justo antes de llegar al altar.
Alejandro Bustamante lo tiene todo: dinero, poder y una frialdad que congela salas de juntas. Todo, menos a la única mujer que amó. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, él está dispuesto a usar cualquier arma para reconquistarla. Incluso a sus propios hijos.
Pero entre ellos hay una herida vieja, una verdad enterrada y una mentira que destruyó dos vidas. Y mientras el hielo empieza a derretirse, no todos quieren ver a Aurora convertida en la nueva señora Bustamante…
¿Podrá Aurora perdonar el pasado y aceptar el lugar que el destino le tenía reservado: el de madre de los hijos del hombre al que juró no volver a amar?
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Capítulo 30
Una mañana radiante despuntó sobre el pueblo donde vivía la familia de Aurora. En su cuarto, Aurora ya estaba arreglada. Llevaba un vestido tradicional de tono rosa pálido, combinado con una tela estampada del mismo color. Su porte era realmente cautivador y elegante; su bello rostro parecía no haber cedido al paso del tiempo, aunque ahora cumplía los treinta años.
Aurora contempló su reflejo en el espejo y respiró hondo para afianzar el corazón y aceptar la elección de sus padres. Pero la calma de esa mañana se vio de pronto perturbada cuando el rugido de motores de autos de categoría resonó en el patio de su casa. Tres autos de lujo, con matrículas de la capital, a la vez ajenos y no tan ajenos, quedaron aparcados con orden en el patio, convirtiéndose al instante en el centro de atención de toda la familia y de los vecinos.
La puerta del cuarto se abrió de golpe. Amparo entró con la respiración agitada.
—Aurora… ¡parece que hay una visita importante de la capital!
Aurora frunció el ceño, extrañada.
—¿Una visita de la capital? ¿Quién, mamá? No creo que sea Dalia… —murmuró en voz baja.
Pero un segundo después, el corazón le latió con fuerza. Un nombre le cruzó de pronto la mente: Alejandro.
Su presentimiento dio en el blanco. Gracias a la ayuda de sus hombres, Alejandro había logrado rastrear en poco tiempo la ubicación de la nueva casa de la familia de Aurora. Afuera, don Ernesto, el padre de Aurora, ya estaba de pie en el porche, con la mandíbula rígida al reconocer la figura de aquel hombre que había odiado durante más de una década.
Alejandro bajó del auto con un traje impecable, apuesto y gallardo, seguido de Mateo y Martina. Y no faltó doña Carmen, que descendió del tercer auto con la cabeza gacha, llena de culpa, dispuesta a humillar su orgullo y pedir perdón por todas sus crueldades.
Cuando Aurora y su madre salieron al porche, los pasos de Aurora se detuvieron en seco. Sus ojos chocaron de lleno con los de Alejandro.
—Aurora… —susurró Alejandro apenas, con la voz temblorosa, contemplando con desconsuelo a su amada, que lucía tan hermosa y elegante con su atuendo de pedida de mano.
Alejandro… ¿Por qué tuviste que venir a buscarme hasta aquí? ¿Por qué tengo que ver tu cara otra vez? Por favor… ¡no vuelvas a quebrar mi corazón!, lloraba Aurora, histérica por dentro, tras el rostro sereno que se esforzaba por mantener.
Los dos se miraron en silencio. En sus pupilas se traslucía un destello de añoranza y de un amor inmenso, pero el destino parecía negarse a unirlos por culpa de un muro demasiado alto.
Al ver la presencia de su maestra, Mateo y Martina ya no pudieron contener la añoranza. Los dos miraron a Aurora con los ojos brillantes.
—Profesora Aurora… ¡La extrañábamos muchísimo! —exclamaron Mateo y Martina al unísono.
Al oír las voces de sus alumnos, las defensas de Aurora se derritieron al instante. Abrió los brazos. Sin perder tiempo, los gemelos corrieron de golpe a estrellarse contra ella y la abrazaron con muchísima fuerza, como si temieran volver a perderla.
Martina alzó la vista dentro del abrazo de Aurora, con las lágrimas cayéndole.
—Profesora Aurora… por favor, perdone a nuestra mamá… a mamá Cintia… Sabemos que la difunta mamá Cintia no merece que la perdonen, y estamos dispuestos a aceptar cualquier castigo de su parte… Pero se lo suplicamos, quédese con papá… ¡Porque en el corazón de papá solo está usted! —rogó Martina con sinceridad.
Aurora se quedó atónita. La frase que acababa de salir de los labios de Martina la tomaba totalmente por sorpresa y la dejaba perpleja.
—¿Qué quieres decir con eso, Martina? No entiendo… —preguntó Aurora con el rostro lleno de desconcierto, mirando alternativamente a Martina y a Mateo.
Martina abrazó aún más fuerte la cintura de Aurora, con el llanto cada vez más desbordado.
—Ya lo sabemos todo, profesora Aurora… Que usted y nuestra difunta mamá eran grandes amigas. Pero mamá tuvo el corazón de calumniarla… Le suplico que vuelva con papá… ¡Perdón por que la maldad de mamá Cintia los hiciera sufrir a usted y a papá todo este tiempo! —dijo Martina entre sollozos, derramando todo el arrepentimiento por la maldad de su madre biológica.
Alejandro, de pie no muy lejos de ahí, presenciaba la escena con el pecho retumbando con fuerza. La pareja de gemelos a quienes durante años había desatendido, a quienes antes siempre había visto como un vestigio oscuro del pasado, ahora se plantaban en primera fila para defender su amor. Incluso estaban dispuestos a cargar con el peso del error de su difunta madre con tal de que él pudiera alcanzar la felicidad junto a Aurora.
Perdona a este padre inútil, hijo mío…, susurró Alejandro para sus adentros, enjugándose el rabillo de los ojos, húmedo de lágrimas de arrepentimiento.
Pero aquel momento de emoción se esfumó de golpe cuando don Ernesto avanzó con el rostro endurecido. Tiró con suavidad del brazo de Aurora para apartarla de Alejandro.
—Aurora, ¡recuerda! Ya tomaste una decisión, y no pienso volver a pasar vergüenza por tu culpa por causa de este —dijo don Ernesto con firmeza, señalando con dureza a Alejandro.
Alejandro solo pudo bajar la cabeza en silencio. Era muy consciente de cuán grande era la herida que en su día le había causado a esta familia, hasta el punto de no tener el valor de defenderse. Alejandro deseaba con todas sus fuerzas que Aurora rechazara la pedida de mano que iba a celebrarse ese día. Pero al ver la contundencia de don Ernesto, su esperanza se apagó al instante. No quedaba ningún resquicio. Aurora estaba a punto de convertirse en la mujer de otro hombre.
Aurora acarició con suavidad las mejillas de Mateo y Martina, mirando a sus dos alumnos con una expresión cargada de cariño mezclado con resignación.
—Mateo, Martina… perdónenme, por favor. No puedo volver con su papá —les dijo Aurora en voz baja pero con firmeza—. Todo lo que pasó en el pasado ya lo doy por cerrado. Ahora cada uno de nosotros tiene su propio camino en la vida.
Al oír aquella negativa suave, doña Carmen ya no pudo contener su culpa. La mujer de mediana edad se acercó con los ojos brillantes, echando a un lado toda su soberbia.
—Aurora… le ruego que me perdone… —la llamó doña Carmen con la voz temblorosa—. Fui tan tonta… Fui muy tonta por dejarme engañar todo este tiempo por las mentiras y las calumnias de Cintia…
Antes de que Aurora alcanzara a responder a doña Carmen, el estruendo de un claxon y una nueva caravana de autos entró de repente en el patio de la casa. La comitiva del futuro esposo de Aurora, con toda su familia, había llegado.
Al ver la llegada de aquella comitiva, el pecho de Alejandro se sintió golpeado por un mazo pesado. El dolor se le extendió con una fuerza tremenda, como si lo atravesaran miles de agujas invisibles. El hombre cerró los puños a los costados, esforzándose con toda su alma por mantenerse firme mientras contemplaba cómo pedían la mano de la mujer que tanto amaba.
La puerta del auto principal de la comitiva se abrió. Un hombre de piel morena, con el cabello pulcramente peinado, vestido con una elegante camisa estampada y pantalón de vestir, bajó con una sonrisa dibujada en el rostro.
Alejandro, que miraba con intensidad hacia aquel novio, abrió los ojos de golpe. Se le cortó la respiración al reconocer las facciones de aquel hombre.
¿Eh? ¿Vicente? ¿Por qué… por qué es él quien está aquí?, pensó Alejandro, incrédulo, contemplando a aquel hombre con un asombro descomunal.
Continuará…