Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.
Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.
Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.
Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.
Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:
—¿Tú eres el señor del parque?
Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.
Se demuestra quedándose.
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Capítulo 30 — Miedo a perder de nuevo
La noche avanzaba en el pequeño apartamento de Alya.
La luz de la sala estaba atenuada, dejando un resplandor cálido que volvía todo apacible. En la habitación decorada en tonos pastel, Liora dormía profundamente abrazada a su conejo de peluche.
León acababa de terminar de arroparla.
El hombre permaneció de pie un buen rato junto a la camita, contemplando ese rostro diminuto que se parecía tanto al suyo.
Y otra vez…
Sintió el pecho colmado.
—Qué raro —murmuró sin darse cuenta.
Alya, de pie junto a la puerta, lo observó desconcertada.
—¿Qué cosa?
León desvió la mirada hacia ella despacio.
—La conozco desde hace apenas unos días… pero siento como si fuera de toda la vida.
La expresión de Alya se suavizó ligeramente.
Porque lo entendía.
Los lazos de sangre tenían algo inexplicable.
Incluso Liora, que solía ser recelosa con los desconocidos, se había sentido cómoda con León desde el primer momento.
—Quizá porque es tu hija —respondió Alya en voz queda.
León bajó la cabeza con una sonrisa apenas insinuada.
Mi hija.
Hasta ahora, esas palabras seguían sonándole irreales.
Salieron de la habitación con sigilo para no despertar a Liora.
El apartamento recobró su silencio.
Alya estaba recogiendo los juguetes de la sala cuando León habló de pronto:
—Alya.
—¿Mm?
—Mañana tengo que volver a Indonesia.
Las manos de Alya se detuvieron en seco.
Un vacío repentino le atravesó el pecho al escucharlo.
—Ah…
Una respuesta escueta.
Pero León captó el cambio sutil en el rostro de ella.
—Tengo una reunión importante que no puedo cancelar —agregó con calma.
Alya asintió levemente y fingió concentrarse en guardar las piezas del rompecabezas de Liora.
Aunque en realidad su cabeza era un caos.
Raro.
¿No era eso lo que debía suceder?
León tenía su vida en Indonesia.
Y ella tenía la suya en Roma.
Entonces, ¿por qué de repente le pesaba tanto?
—Voy a volver la semana que viene —dijo León de golpe.
Alya giró la cabeza sin pensarlo.
León la observaba con serenidad.
—No quiero que lo que tengo con Liora se quede aquí.
La mirada de Alya fue adquiriendo un tono complejo.
—León…
—Hablo en serio.
Su voz era grave, cargada de determinación.
—Ya perdí tres años. No estoy dispuesto a perder más.
La frase le hizo temblar algo por dentro.
Porque por primera vez…
León sonaba como alguien que de verdad tenía miedo de quedarse solo.
—No prometo nada —respondió Alya casi en un susurro.
—Lo sé.
—Pero tampoco quiero que Liora se decepcione.
La mirada de León se dulcificó.
—No la voy a decepcionar.
Y Alya quería creerle, en el fondo.
Pero una parte de ella seguía temiendo.
Temiendo volver a tener esperanzas.
Temiendo que todo fuera pasajero.
—Alya.
—¿Mm?
León guardó silencio unos segundos antes de decir:
—Cuando te fuiste… me enfadé.
Alya se quedó helada.
—Pero con el tiempo… —León soltó una risa breve, teñida de amargura— me di cuenta de que lo que más me enfurecía era haberte perdido.
El silencio inundó la sala.
El corazón de Alya latía desbocado.
Porque León jamás le había hablado con tanta franqueza.
—Volví a casa y todo estaba vacío —prosiguió en un hilo de voz—. Ya no se oía tu voz. Ya no había flores por todos lados desordenando la sala.
La comisura de Alya se curvó apenas al recordar aquella vieja costumbre suya.
—Hasta dejaste tu taza fea esa que tanto te gustaba.
—Esa taza no es fea.
León dejó escapar una risa corta.
—Los colores son horribles.
—¡Es bonita!
Por un instante se rieron juntos.
Y otra vez el ambiente se parecía al de antes.
Cálido.
Cómodo.
Peligroso.
Porque poco a poco le hacía flaquear el corazón a Alya.
Entonces León dio un paso hacia ella.
No demasiado cerca.
Pero lo suficiente para que a Alya se le cortara la respiración un instante.
—Sé que llego tarde —dijo León en voz baja, fijando los ojos en los de ella—. Pero si todavía hay una oportunidad…
La frase quedó suspendida.
Su mirada era demasiado intensa como para que Alya pudiera desviar la suya.
—Quiero arreglar todo.
El corazón de Alya se agitó sin remedio.
Porque un pequeño rincón de su interior aún deseaba eso.
Aún deseaba que fueran una familia de verdad.
Pero las heridas de tres años atrás todavía no habían sanado del todo.
—Tengo miedo —confesó Alya en un susurro.
La mirada de León se ablandó al instante.
—Yo también.
Y por primera vez…
Ambos reconocieron en voz alta el temor que cada uno había estado cargando a solas.