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Atrapada entre gemelos: Mi pecado prohibido

Atrapada entre gemelos: Mi pecado prohibido

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Mujer poderosa / Poli amor / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:14.6k
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.

Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.

**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.

Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.

Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.

Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.

*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*

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Capítulo 29

Capítulo 29: El teléfono de Linda

Valentina encontró a Sebastian en el estacionamiento subterráneo de Torre Montero.

No fue una coincidencia. Lo buscó. Llamó a Ana Lucía —cuyo nombre ahora le ardía en la boca como un ácido— y preguntó dónde estaba Sebastian. Ana Lucía respondió con su eficiencia habitual: "En el garaje, nivel tres, revisando los coches de la flotilla." Valentina no le preguntó por qué Ana Lucía le había mandado a Linda la dirección del balcón. Todavía no. Esa conversación vendría después.

El garaje del nivel tres era un espacio de concreto gris con luces fluorescentes que zumbaban como insectos atrapados. Seis coches negros idénticos —la flotilla de Grupo Montero— estaban estacionados en fila. Sebastian estaba de pie junto al último, hablando con el jefe de seguridad sobre algo que parecía ser un reporte de mantenimiento. Cuando vio a Valentina, le hizo una seña al guardia para que se retirara.

—Necesito hablar contigo —dijo Valentina.

Sebastian la miró. No la invitó a subir a su oficina. No la llevó a un restaurante ni a un café ni a ninguno de los espacios controlados donde normalmente conducía sus conversaciones. Abrió la puerta trasera del coche más cercano y le hizo un gesto.

Se sentaron en el asiento trasero de un Suburban blindado. Las puertas se cerraron. El silencio del garaje subterráneo se espesó alrededor del coche como agua llenando un tanque. No había chofer. No había guardias. No había testigos.

Valentina sacó el teléfono de Linda del bolsillo y lo puso en el centro del asiento, entre ellos.

Sebastian lo miró. Reconoció la carcasa de cristales. Su mandíbula se tensó.

—¿De dónde sacaste eso?

—No importa de dónde lo saqué. Importa lo que tiene adentro.

Sebastian tomó el teléfono. Lo desbloqueó —conocía el código. Por supuesto que lo conocía. Valentina lo vio navegar por los mensajes con la velocidad de un hombre que lee contratos de cincuenta páginas en diez minutos. Sus ojos se movían de izquierda a derecha, de arriba abajo, absorbiendo información con la eficiencia brutal de una máquina.

Cuando llegó a la conversación entre Linda y el número de Alejandro, se detuvo.

El silencio que siguió duró exactamente sesenta y tres segundos. Valentina los contó. No porque quisiera sino porque su mente necesitaba agarrarse de algo concreto para no perderse en el abismo de lo que estaba sucediendo.

Sebastian no gritó. No golpeó el asiento. No rompió el teléfono. Hizo algo peor: se quedó perfectamente quieto. La quietud de Sebastian era más aterradora que la furia de cualquier otro hombre, porque su quietud significaba que estaba procesando, calculando, archivando cada dato en el lugar exacto donde haría más daño cuando decidiera usarlo.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó. Su voz era un hilo de acero.

—Desde ayer.

—¿Y decidiste traérmelo a mí?

—Sí.

—¿Por qué? ¿Porque Alejandro te lo pidió?

Valentina lo miró. La pregunta le dolió más de lo que esperaba, porque la respuesta era complicada. Alejandro le había pedido exactamente eso: entregar el teléfono a Sebastian. Y ella lo estaba haciendo. Pero no por las razones de Alejandro. No para debilitar a Grupo Montero ni para impulsar la Ley Aurora ni para cumplir el rol de pieza en un tablero que no eligió.

—No —dijo Valentina—. Te lo traigo porque tienes derecho a saber. Y porque estoy cansada de que todos me usen para llevarle mensajes a los demás.

Sebastian la miró. Su cara estaba a medio metro de la suya en el espacio reducido del asiento trasero. Las luces fluorescentes del garaje se filtraban por las ventanillas polarizadas y le daban a su piel un tono gris que lo hacía parecer una estatua.

—¿Estás trabajando para él? —preguntó.

—No.

—¿Desde cuándo conoces a Alejandro?

—Desde que tenía diez años. Él me sacó de Casa Hogar Esperanza. Él eligió que yo viniera a esta familia. Y ahora sé que no fue por bondad —fue porque me necesitaba adentro.

Sebastian procesó esto. Valentina vio el cálculo detrás de sus ojos como se ve el mecanismo de un reloj a través del cristal: engranajes girando, datos conectándose, conclusiones formándose.

—¿Sabías que Linda iba a estar en el baile esa noche? —preguntó Sebastian.

—No. No sabía nada de esto hasta ayer.

—Pero la mataste.

Las palabras cayeron en el coche como una granada. Valentina dejó de respirar. Sebastian la miraba sin parpadear, con la precisión de un cirujano que ha encontrado el tumor y está decidiendo si operar o dejar que se expanda.

—La barandilla estaba suelta —continuó Sebastian—. Los tornillos estaban oxidados. Eso es lo que dice el reporte. Pero yo vi tus manos esa noche, Valentina. Tenías polvo de óxido debajo de las uñas.

El aire del coche se volvió irrespirable. Valentina sintió el pulso en las sienes, en las muñecas, en la punta de los dedos. Sebastian lo sabía. Había sabido desde esa noche. Y no había dicho nada. No a la policía, no a los abogados, no a nadie. Se había guardado la información como se guarda una bala: no para usarla ahora, sino para usarla cuando hiciera falta.

Valentina lo abofeteó.

El golpe fue rápido, seco, con la palma abierta contra la mejilla izquierda de Sebastian. El sonido resonó en el interior del Suburban como un disparo pequeño. La cabeza de Sebastian giró dos centímetros. Una marca roja apareció en su pómulo como una flor instantánea.

—No soy la herramienta de nadie —dijo Valentina. Le temblaba la mano con la que lo había golpeado.

Sebastian se giró hacia ella. Su mejilla estaba roja. Sus ojos estaban encendidos con algo que no era furia —era algo más peligroso, más primitivo, como el destello de un animal que ha sido golpeado y que decide en una fracción de segundo si huir o morder.

Le devolvió la bofetada.

No con fuerza. No con la intención de lastimarla. Con la presión exacta de un hombre que devuelve un golpe porque no puede permitirse no hacerlo —porque si acepta el golpe sin responder, algo en la arquitectura de su poder se desmorona. La palma de Sebastian impactó la mejilla derecha de Valentina con un sonido que fue más suave que el primero pero que dolió más, porque venía de él.

Se quedaron mirándose. A treinta centímetros. Con las mejillas ardiendo y la respiración entrecortada y el teléfono de Linda entre ellos como una bomba que ya había detonado.

Valentina se llevó la mano a la mejilla. La piel le ardía donde la palma de Sebastian la había tocado —y "tocado" era la palabra, porque la bofetada de Sebastian no había sido un golpe. Había sido un contacto. La primera vez que la tocaba sin intención de controlarla, sin intención de atarla, sin intención de nada excepto devolver un gesto que su orgullo no podía absorber. Y la marca que le dejó en la cara no dolía como un castigo. Dolía como una verdad.

Sebastian se llevó la mano a la suya. Su mejilla izquierda estaba más roja que la de ella —Valentina golpeaba más fuerte de lo que cualquiera esperaría de alguien de su tamaño. Se miraron como dos personas que acaban de cruzar una línea que no puede descruzarse. En la historia de su relación, este era el primer acto de igualdad: un golpe dado y devuelto, sin jerarquía, sin protocolos, sin la distancia que Sebastian siempre había impuesto entre el que manda y la que obedece.

Valentina intentó abrir la puerta. Sebastian presionó el seguro. El clic del cierre centralizado sonó como un gavel en un tribunal vacío.

—No te vas hasta que me digas todo —dijo Sebastian.

Valentina lo miró. Podía forcejear. Podía gritar. Podía golpearlo otra vez. Pero algo en la forma en que Sebastian había dicho "todo" —no como una orden sino como una petición disfrazada de orden— la hizo quedarse.

—¿Quieres saber todo? —dijo Valentina—. Todo lo que sé, todo lo que he hecho, todo lo que Alejandro me dijo. ¿Todo?

—Todo.

Valentina habló durante veinte minutos. Le contó lo de Casa Hogar Esperanza, lo del PNCC, lo de las visitas de Alejandro, lo de la pluma de Doña Elena con las iniciales E.R.M., lo de Ana Lucía mandando la dirección del balcón a Linda, lo de Alejandro admitiéndole que la había elegido como herramienta. No le contó lo de Don Ricardo. Eso todavía no. Eso era un secreto que compartía con Santiago y que moriría con ella si era necesario.

Sebastian escuchó sin interrumpirla. Cuando terminó, el garaje estaba en silencio total. Las luces fluorescentes zumbaban. El reloj del tablero marcaba las siete y cuarto.

Sebastian presionó un botón. Los seguros del coche se abrieron con un clic.

Valentina empujó la puerta. Puso un pie en el concreto del garaje. Se detuvo.

—Sebastián.

—¿Qué?

—Linda. ¿La conocías?

Sebastian miró hacia adelante. El parabrisas le devolvió su propio reflejo: la mejilla roja, los ojos cansados, la corbata torcida de un hombre que ha perdido algo que no sabía que tenía.

—Era lo único real que tenía —dijo.

Valentina salió del coche. La puerta se cerró detrás de ella. Caminó hacia el elevador del garaje con la mejilla ardiendo y las manos frías y la certeza de que algo entre ella y Sebastian acababa de cambiar de una forma que ninguno de los dos podía nombrar pero que ambos podían sentir: ya no eran carcelero y prisionera. Ya no eran hermano y hermana. Eran dos personas que se habían golpeado y que se habían contado la verdad y que ahora estaban más cerca la una de la otra que nunca, no por amor ni por odio, sino por algo más raro y más duradero: honestidad brutal.

El elevador subió cuarenta pisos. Valentina se miró en el espejo. La marca de la mano de Sebastian estaba en su mejilla como una firma.

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Maria Elena Gomez
Normal
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