Elena Valdés (30 años) es una brillante neurocirujana, reconocida a nivel nacional como una eminencia médica. Sin embargo, tras las puertas de su hogar, vive bajo el yugo de Mauricio, su esposo y un CEO exitoso que utiliza el desprecio psicológico y la humillación constante para mantenerla controlada. Su único refugio es su hijo de 6 años, Mateo, y el apoyo incondicional pero respetuoso de sus padres, quienes nunca aprobaron a Mauricio, pero apoyan las decisiones de su hija.
Su vida da un giro vertiginoso cuando conoce a Damián Montenegro (43 años), un magnate empresarial imponente, multimillonario y carismático, padre de dos hijos. Entre Damián y Elena surge una pasión arrolladora y un amor profundo que la hace redescubrir su valor.
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LA FURIA DE LA ABOGADA Y RL JUICIO EN EL CAFÉ
El sol de media tarde iluminaba con fuerza las mesas de un elegante café de diseño minimalista ubicado en el corazón financiero de la ciudad.
El lugar era un desfile constante de ejecutivos, trajes sastre y conversaciones de negocios a media voz. Sin embargo, en una de las mesas del fondo, la atmósfera era marcadamente distinta: se cortaba con un bisturí.
Valeria, la abogada de confianza de Elena, una mujer de carácter implacable, impecable melena rubia y mirada afilada como un código penal, tenía los brazos cruzados sobre la mesa y los ojos fijos en su mejor amiga con una expresión que combinaba la furia contenida y el pánico puro.
—¿Desapareces de la faz de la tierra durante semanas, dejas tirado tu departamento, tu nombre sale en los reportes policiales de un operativo federal en el puerto, y pretendes que me siente aquí a tomar un maldito espresso como si nada? —exclamó Valeria en un susurro gélido pero letal, golpeando levemente la mesa con las uñas perfectamente hermosas. ¡Elena, estuve a dos segundos de presentar una denuncia por desaparición forzada! ¡¿Se puede saber en qué cabeza cabe irse a vivir con el criminal más buscado del país sin avisarme?!
Elena, sentada frente a ella con una blusa de seda impecable y una calma casi provocadora, dio un sorbo pausado a su taza de té antes de responder. Sabía perfectamente que enfrentar a Valeria iba a ser un juicio mucho más duro que cualquier comisión médica.
—Estaba ocupada, Valeria —respondió Elena con una media sonrisa de lado, intentando restarle dramatismo a la situación.
—¿Ocupada? ¡Eso no es estar ocupada, Elena! ¡Eso es una locura digna de un thriller de medianoche! —le cortó su amiga, ajustándose los lentes con indignación—. Me enteré de que te mudaste a una mansión en un acantilado gracias a un rumor en los pasillos de los tribunales. ¡De milagro no salí en las noticias como cómplice por ser tu mejor amiga! Y lo peor de todo... ¿Con quién? ¿Con Damián Montenegro? ¿El Zar de la mafia?
Valeria se inclinó hacia adelante, bajando aún más la voz pero cargándola de una severidad absoluta.
—Escúchame bien, doctora. En mi despacho defendemos clientes difíciles, pero la fiscalía federal no bromea con los nexos con el crimen organizado. Si ese hombre te usa como escudo, te aseguro que...
—Damián no me está usando como escudo, Valeria —la interrumpió Elena de golpe, perdiendo la sonrisa y adoptando la misma firmeza de acero que caracterizaba a su amante. Sus ojos oscuros brillaron con una convicción total—. Él me protege. Y yo lo protejo a él. Lo que tengo con Damián no es un capricho ni un error; es la primera vez en mi vida que siento que alguien está dispuesto a quemar el mundo entero solo para asegurarse de que mi hijo y yo estemos a salvo.
Valeria se quedó en absoluto silencio. Estudió el rostro de su amiga, buscando algún rastro de dudas, miedo o manipulación. Pero lo único que encontró en los ojos de Elena fue una certeza absoluta, indomable y salvaje. La abogada soltó un suspiro largo, pasándose una mano por la frente mientras negaba con la cabeza.
—Estás loca. Definitivamente el estrés del divorcio de Mauricio te derritió los últimos circuitos de neurocirujana —murmuró Valeria, aunque la rigidez de sus hombros comenzó a ceder ligeramente—. Pero... si ese hombre te llega a hacer daño, o si descubro que te metió en un lío del que no puedas salir con un bisturí, te juro que yo misma me encargaré de redactar el acuerdo de divorcio más sangriento y de entregarlo a la Interpol con dedicatoria especial.
Elena soltó una carcajada limpia y genuina, sabiendo que, a pesar de los gritos y los regaños, la lealtad de su amiga seguía intacta.
—Tranquila, abogada. Si alguien necesita un acuerdo de divorcio o protección legal en el futuro, te aseguro que serás la primera a la que llamemos... aunque dudo que Damián me deje ir a ninguna parte.