Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.
Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.
El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.
Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.
Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.
Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.
Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.
Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.
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Capítulo 28 — Karma
Esa mañana, la noticia sobre la familia Wijaya estalló en todos lados.
Televisión, portales de noticias y redes sociales: todos hablaban de lo mismo, la quiebra repentina de una de las empresas más influyentes del sector.
En la pantalla del televisor de la sala, una presentadora hablaba con tono grave.
—Wijaya Group reporta pérdidas multimillonarias tras el fracaso total de una inversión de alto riesgo.
La imagen cambió y mostró el imponente edificio que alguna vez fue símbolo de su poderío.
—Varios inversionistas han retirado sus fondos, mientras que distintos socios comerciales han dado por terminadas sus alianzas de forma unilateral.
Apareció otro video: una entrevista breve con un analista financiero.
—Esto no es una pérdida cualquiera. Fue un error estratégico mayúsculo. Demasiado agresivos, sin un plan claro de mitigación de riesgos.
El nombre de Arman se repetía una y otra vez. Y en las redes sociales, los comentarios no paraban.
"Por eso, no hay que ser tan ambicioso."
"Apenas estaba subiendo un poco y ya se creía intocable."
"Decían que era un genio, y al final todo fue pura suerte."
Pero lo más doloroso fue cuando el nombre de Camila salió a relucir.
"¿No es la que era la amante? Ahora resulta que se largó con la plata."
"El drama completo."
Noticia tras noticia, comentario tras comentario, todos parecían disfrutar de aquella caída.
Dentro de la casa de los Wijaya, el televisor seguía encendido. Pero nadie lo miraba realmente.
Diana permanecía clavada en su asiento, la mirada perdida. Los dedos aferrados al borde del sofá.
—Esto... esto no puede ser —murmuró.
Lina estaba de pie junto a la escalera. El rostro demacrado, los ojos enrojecidos de haber llorado toda la noche.
—Mis amigas... todas vieron la noticia —dijo con la voz quebrada—. No dejan de mandarme mensajes, preguntando de todo.
Se tapó la cara, entre sollozos. —Me da vergüenza.
Arman estaba de pie no muy lejos, escuchándolo todo. Pero no se movió. Estaba demasiado agotado incluso para sentir rabia.
El celular le vibró de nuevo en la mano. Una llamada entrante de un número desconocido.
Dudó un instante, pero contestó.
—¿Señor Arman? —La voz al otro lado sonaba firme—. Lo llamo de parte del banco. Respecto a su crédito, necesitamos una confirmación de pago a la brevedad.
Arman cerró los ojos. No respondió de inmediato porque, por primera vez, no tenía una respuesta.
—¿Señor?
Arman abrió los ojos. —Haré lo posible —contestó al fin. Pero hasta él sabía que aquello no eran más que palabras vacías.
La llamada se cortó. Arman bajó el celular despacio.
Ahora todo había cambiado. Si antes la gente se le acercaba, ahora todos le daban la espalda. Incluso quienes antes le sonreían a la cara eran los primeros en presenciar su caída.
Miró el televisor. Su propio rostro ocupaba la pantalla. Pero no como el de un hombre exitoso, sino como ejemplo de fracaso.
Arman rio por lo bajo. —Increíble.
Diana volteó. —¡Man!
Arman negó despacio con la cabeza, la mirada fija en la nada. Y sin querer, un nombre le cruzó la mente.
Mela.
La mujer que un día abandonó sin pensarlo dos veces por otra. La mujer que jamás lo traicionó y que siempre se sacrificó por él, por su familia.
Arman cerró los ojos. Por primera vez, el arrepentimiento le caló de verdad. Y esta vez no tenía a quién culpar más que a sí mismo.
Esa tarde, el sol ardía sobre Morana. Sin embargo, la brisa suave mantenía agradable el ambiente en la parcela.
Mela estaba sentada dentro del cobertizo. El sudor aún le brillaba en las sienes.
A su lado, Dino descansaba recargado contra la pared, bebiendo agua de una botella.
En los últimos días, algo entre ellos había cambiado. Ya no eran simples amigos de toda la vida; había una atención más profunda. Pequeñas costumbres que solo ellos dos entendían.
Y sin necesidad de muchas palabras, todos a su alrededor ya lo habían notado.
—A este paso, lo único que nos falta es la invitación —soltó Yolanda entre risas.
—¿Invitación de qué? —replicó Lucía sin levantar la vista de su celular.
—De la boda, ¿de qué más va a ser? —intervino Susana.
Dora se sumó con una sonrisa ladina. —Si no son ellos, ¿quién más? Andan pegados como calcomanía todo el santo día.
Mela puso los ojos en blanco, pero una sonrisa fina se le escapó igual. Dino se limitó a reír por lo bajo, sin el menor intento de negarlo.
Pero la calma se rompió de golpe cuando Lucía soltó un alarido. —¿¡Qué!?
Todas voltearon al instante.
—¿Qué te pasa, Lucía? Casi nos matas del susto —rezongó Yolanda.
Lucía no contestó. Se quedó petrificada. Los ojos desorbitados, clavados en la pantalla del celular. Y unos segundos después, estalló en carcajadas.
—¡Ja, ja, ja!
Todas se miraron entre sí.
—¿Qué le pasa a esta? —susurró Susana.
—Capaz le dio algo —añadió Dora.
Lucía finalmente se puso de pie sin dejar de reír. —¡Mel! ¡Mel! —Se acercó a Mela a paso rápido—. ¡Mira esto! —Le tendió el celular.
Mela frunció el ceño pero tomó el aparato.
En la pantalla, un titular ocupaba todo el encabezado:
"Wijaya Group oficialmente en bancarrota; la exesposa del fundador, en el centro de la polémica."
El corazón de Mela pareció detenerse un instante. Sus ojos recorrieron el texto a toda velocidad: las pérdidas millonarias, los inversionistas que retiraron su dinero, las deudas acumuladas y el nombre de Arman, en caída libre. Todo estaba ahí, en blanco y negro.
Durante unos segundos, Mela no se movió.
Dora y las demás, picadas por la curiosidad, se acercaron a leer la noticia.
—Vaya... Ahora sí que tu exmarido tocó fondo, Mel —comentó Dora.
Yolanda soltó una risita. —Esto ya no es tocar fondo, es caer al precipicio.
—Por eso, no hay que hacerle daño a la gente buena —sentenció Susana.
Lucía asintió con entusiasmo. —¡Eso se llama karma!
—¡Exacto! —remató Yolanda—. El karma es bien real.
Todas rieron a carcajadas. Había satisfacción en sus voces, como si la justicia por fin hubiera llegado, aunque tarde.
Pero en medio de todo aquello, Mela permaneció callada. Los ojos fijos en la pantalla.
Arman. Aquel hombre fue alguna vez el centro de su vida. Fue la persona en quien más confió. Y ahora su nombre no era más que parte de una noticia.
—¿Estás bien, Mel? —preguntó Dora en voz baja.
Mela no respondió enseguida. Algo se movió dentro de su pecho.
No era amor, sino lástima al ver que alguien que alguna vez significó tanto en su vida hubiera caído tan bajo.
Pero al mismo tiempo, había otro sentimiento. Alivio, porque todo lo que sucedió en el pasado por fin encontraba su respuesta.
Mela respiró hondo. Luego le devolvió el celular a Lucía.
—Sí, quizás este era el camino que le tocaba —respondió con calma, sin emoción de más.
Dora la observó con atención. —¿Todavía te importan?
Mela esbozó una sonrisa tenue. —Como ser humano... sí. —Miró la extensión de la parcela frente a ella—. Pero como alguien que fue lastimada, creo que esto ya es bastante justo.
Silencio. La brisa sopló despacio.
Dino, que se había mantenido callado todo ese rato, observaba a Mela. La miraba con intensidad, no por la noticia, sino por la forma en que ella la enfrentaba: sin rencor, sin odio.
Y en ese momento, Dino se convenció aún más de que la mujer que tenía delante era alguien por quien valía la pena luchar.