Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 27
En el pueblo, la vida transcurría con mucha más calma que en el bullicio de la capital. Desde temprano, el patio de la granja de Valentina ya se veía concurrido por los trabajadores, que habían llegado más temprano de lo habitual. Algunos estaban de pie cerca de los corrales conversando en voz baja, mientras otros se habían sentado en sillas de plástico con expresión de curiosidad.
—Qué raro que nos citaran tan temprano.
—Dicen que hay un anuncio.
—A lo mejor nos cayó otro pedido grande.
Las voces se entrelazaban, cargadas de expectativa. Todos los trabajadores se habían reunido, incluidos los del turno de la tarde y el nocturno.
Había encargados de los corrales con la ropa todavía impregnada de olor a alimento para pollos. Los del área de procesamiento acababan de lavarse las manos. Los choferes de reparto también estaban ahí, cada uno con su gorra en la mano. Todos esperaban a que Valentina saliera de la pequeña oficina junto a la granja.
No pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera. Valentina salió con varios sobres de papel marrón, bastante abultados, en las manos. Llevaba una camisa sencilla de manga larga y unos pantalones de tono suave. Su apariencia no era ostentosa, pero siempre se veía arreglada y agradable a la vista.
En cuanto la vieron llegar, los trabajadores se irguieron de inmediato.
—Buenos días, señora.
—Buenos días a todos —respondió Valentina con una sonrisa amable.
Se colocó frente a ellos con gesto sereno. No había ni un asomo de arrogancia, a pesar de que la granja había crecido enormemente bajo su mando.
—Este mes nuestros pedidos subieron mucho —dijo Valentina en voz baja, pero lo suficientemente clara para que todos la oyeran—. Casi diez veces más de lo normal.
Varios trabajadores se miraron entre sí con los ojos muy abiertos. Las sonrisas comenzaron a dibujarse en sus rostros.
—¿En serio, señora?
—Con razón los pollos no paran de salir todos los días.
—Yo pensé que era el único que sentía que había más trabajo.
Valentina esbozó una pequeña sonrisa al ver sus reacciones.
—Por eso quiero compartir esta buena racha con ustedes —continuó, apretando los sobres con más firmeza.
El ambiente se llenó al instante de exclamaciones de alegría.
—¡Esto es una bendición para la familia!
—¡Muchas gracias, señora!
Valentina comenzó a repartir los sobres uno por uno. Llamaba a cada trabajador por su nombre con paciencia y les entregaba el bono directamente en las manos.
—Este es para usted, don Rafael.
—Gracias, señora.
—Don Jorge, no se olvide de cuidar su salud.
—Sí, señora.
La forma en que Valentina hablaba siempre era amable, pero esos pequeños gestos de atención hacían que los trabajadores se sintieran valorados.
Uno de los más jóvenes abrió su sobre despacio. Al ver el contenido, los ojos se le abrieron como platos.
—¡Señora, este bono es una cantidad enorme! —exclamó, lo que hizo que los demás se apresuraran a abrir sus propios sobres. La reacción fue casi idéntica en todos.
—¡Dios mío...!
—¡Esto parece aguinaldo!
—¡Es la primera vez que tengo un bono así en las manos!
Un muchacho soltó una carcajada mientras apretaba el sobre con fuerza. —¡Mi mamá se va a poner felicísima, señora! —dijo entusiasmado.
Los demás se echaron a reír. Algunos sacaron el celular enseguida para avisarles a sus familias.
Valentina también sonrió al ver aquellos rostros rebosantes de felicidad. Sin saber bien por qué, verlos sonreír así le llenaba el pecho de calidez.
—¡Usen bien el dinero! —les dijo Valentina con un toque de broma—. Que no se les vaya todo en apostar en las peleas de gallos.
Todos estallaron en carcajadas. —¡Ay, la señora Valentina nos descubrió!
—Ulises es el que siempre anda en esas.
La mañana se sentía viva y cálida. No había distancia alguna entre la dueña del negocio y sus trabajadores.
Valentina nunca había cambiado. Aunque la granja había crecido enormemente bajo su dirección, seguía tratando a los trabajadores con la misma consideración de siempre. Sabía que la granja no funcionaba solo gracias a ella, sino también por la gente que se esforzaba día tras día.
Los trabajadores lo tenían claro. Cada vez le guardaban más respeto. No por miedo, sino por genuina admiración.
—La señora Valentina es diferente —le susurró uno de los trabajadores a su compañero—. Ya casi no hay patrones así hoy en día.
—Es cierto. Con razón el negocio le va cada vez mejor.
Como de costumbre, las buenas noticias nunca se quedaban en un solo lugar. Esa misma tarde, la historia del generoso bono de Valentina se regó por todo el pueblo. Desde la fonda, pasando por el mercado, hasta las señoras que estaban sentadas en los portales de sus casas.
—Dicen que el bono de los trabajadores fue una cantidad generosa.
—Qué buena persona es esa Valentina.
—Con razón la gente está tan a gusto trabajando con ella.
—A la gente buena le llega lo bueno.
Muchos elogiaban a Valentina. Muchos empezaban a admirar la transformación en la vida de aquella mujer. Antes la menospreciaban. Ahora había logrado salir adelante sola y hacer crecer un negocio próspero.
Sin embargo, no todos se alegraban al escuchar la noticia. En su modesta casa, doña Carmen estaba sentada pelando cebollas en la cocina cuando una vecina llegó a contarle con el rostro iluminado de entusiasmo.
—Doña Carmen, ¡Valentina repartió unos bonos enormes! Sus trabajadores andan todos con una sonrisa de oreja a oreja.
Las manos de doña Carmen se detuvieron de golpe. Su expresión se fue agriando poco a poco.
—Dicen que fue casi como un aguinaldo —continuó la vecina sin darse cuenta—. Es que la granja le va cada vez mejor.
Doña Carmen resopló con brusquedad. —¡Pura presumida, eso es lo que es! —masculló con sarcasmo.
La vecina se quedó callada, incómoda. Recién entonces recordó que doña Carmen se ponía susceptible cada vez que alguien mencionaba a Valentina.
Doña Carmen aventó la cebolla que tenía en la mano sobre la mesa con rabia. El pecho le ardía cada vez que escuchaba el nombre de Valentina en boca de la gente, y más aún si era para elogiarla.
Por alguna razón, cuanto más feliz y exitosa se veía la vida de Valentina, más difícil le resultaba a doña Carmen aceptarlo. Desde aquella disputa de antaño, seguía odiando a su exnuera con la misma intensidad.