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Gemelos genios y un CEO implacable

Gemelos genios y un CEO implacable

Status: Terminada
Genre:CEO / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:4.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Eli Priwanti

Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.

Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.

Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.

Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.

¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?

NovelToon tiene autorización de Eli Priwanti para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 26

La noche avanzaba y las manecillas del reloj ya marcaban las once. Los gemelos, que llevaban un buen rato embelesados con los cuentos de su abuelo, empezaron a no poder con el sueño. A Zayan la cabeza se le venció varias veces, mientras que a Rayan los ojos se le cerraban de puro peso.

Al ver el estado de sus dos hijos, Ariana se levantó del sofá.

—Señor Fernando, discúlpeme... pero creo que ya debemos despedirnos e irnos. Los gemelos están muertos de sueño.

Sin embargo, el señor Fernando negó de inmediato con la cabeza, rechazando la idea. Y más aún cuando afuera volvía a oírse el retumbar de un trueno, seguido por un aguacero que empapaba la tierra de San Isidro.

—No hace falta que se vayan a esta hora de la noche, Ariana. Está cayendo de nuevo un chaparrón allá afuera —la atajó el señor Fernando, con suavidad pero con firmeza.

—Pero, señor...

—Nada de peros, Ariana. Quédate a dormir aquí esta noche. Da pena hasta por los niños, que desde hace días vienen diciendo que se mueren por quedarse. Justo en la planta alta hay cuatro habitaciones vacías, ¡puedes usar la que quieras! —dijo el señor Fernando, sin admitir réplica.

A Ariana no le quedó más remedio que asentir, resignada. A los gemelos, ya medio dormidos, Edgar los cargó con cuidado hasta el baño de la planta baja para asearlos, y luego los acostó en una habitación cerca de la del señor Fernando.

Mientras Ariana esperaba en la planta baja, el señor Fernando se disculpó para retirarse a descansar primero; la edad y su físico, que se agotaba pronto, ya le pasaban factura.

—Ariana, yo me retiro a mi habitación. Luego Edgar te acompaña a la de arriba —se despidió el señor Fernando con amabilidad.

Al pasar junto a Edgar, el padre aminoró a propósito la marcha de su silla de ruedas y le susurró al oído a su único hijo:

—Es tu oportunidad, hijo mío... Dile todo lo que llevas en el corazón a Ariana. No lo guardes tanto tiempo, ¡que el amor se te va a enmohecer! —lo picó el señor Fernando, cargado de intención, con una risita, antes de seguir su camino.

Al instante, el rubor volvió a subirle a las mejillas a Edgar.

Ay... ¡este papá! Cómo voy a declararle mi amor a Ariana tan rápido. Lo que va a pasar es que sale corriendo... ¡Si con solo verme todavía se asusta!, refunfuñó Edgar para sus adentros.

Edgar se dio media vuelta y se acercó a Ariana.

—Ven, te acompaño a la habitación de arriba.

Ambos subieron por la escalera hacia la segunda planta. El ambiente se volvió de nuevo, de golpe, incómodo y silencioso. Ariana caminaba detrás de Edgar con la cabeza muy gacha, tratando de ocultar el nerviosismo que de repente le asaltaba el pecho.

Sin que Ariana lo notara, Edgar detuvo un instante sus pasos en el umbral del pasillo. Como iba demasiado concentrada en mirar al suelo, ensimismada, Ariana siguió caminando hasta que...

¡Pum!

—¡Auch...! —se quejó Ariana en voz baja, llevándose la mano a la frente, que acababa de estrellarse contra la espalda firme de Edgar, dura como una pared.

Edgar se dio la vuelta con cara de pánico y miró a Ariana, que se frotaba la frente.

—¿Cómo te fuiste a chocar con mi espalda? ¿Tienes tantísimo sueño, Ari?

Demasiado avergonzada para admitir que estaba muy nerviosa por la cercanía de aquel hombre, Ariana no tuvo más remedio que asentir despacio.

—S... sí, señor... ya tengo bastante sueño.

Edgar sonrió apenas y abrió la puerta de una de las suntuosas habitaciones principales.

—Bueno, pasa y descansa. Mañana quiero llevarte a pasear por acá cerca con los niños... antes de tener que volver pasado mañana por la mañana a la ciudad.

Ariana dio un leve respingo.

—Pero, señor, disculpe... Mañana los niños tienen que ir a la escuela.

—Tranquila, después de la escuela yo mismo los recojo, y tú te preparas aquí; entonces salimos a pasear —la atajó Edgar, ofreciendo la solución.

—No, señor... Mañana prefiero volver primero a casa. No me parece bien quedarme a dormir tanto tiempo aquí —declinó Ariana con delicadeza.

Edgar la miró unos segundos y luego soltó un suspiro resignado. No quería imponer su voluntad y hacer que Ariana se sintiera aún más incómoda.

—Está bien, como tú quieras, Ariana. Buenas noches, Ari... que tengas dulces sueños —dijo Edgar con ternura, un brillo apacible en la mirada.

Ariana esbozó una sonrisa leve y volvió a agachar la cabeza.

—Buenas noches también, señor.

Ariana entró y cerró despacio aquella gruesa puerta de madera de teca. En cuanto oyó el chasquido de la puerta al cerrarse, recostó la espalda contra ella. Se llevó la mano al pecho, que le palpitaba desbocado y sin ritmo. Un estremecimiento extraño y cálido empezaba a trepar por su corazón, un sentimiento que se había esforzado tanto en negar.

Mientras tanto, en el pasillo, Edgar seguía de pie, inmóvil. Aquel hombre imponente no se marchó de inmediato, sino que se quedó contemplando la puerta cerrada de la habitación de Ariana con una sonrisa que se le ensanchaba en los labios. Aquella añoranza de siete años empezaba a sanar poco a poco, y le dejaba una dulce esperanza para el día siguiente.

Edgar entró con paso presuroso a su propia habitación, justo enfrente de la de Ariana. Con el pecho a rebosar, se tendió en la cama y dibujó una pequeña sonrisa imaginando lo cerca que estaban aquella noche.

Mientras tanto, en su cuarto, Ariana dejó caer su cuerpo cansado sobre el colchón mullido y lujoso. Aquella sensación cálida le voló la memoria de vuelta a la infancia, cuando aún disfrutaba de la habitación amplia y hermosa de la casa que había dejado su difunta madre, antes de que Dana se lo arrebatara todo a la fuerza.

Pero apenas Ariana cerró los ojos para entregarse al sueño...

¡BRAAAM!

Un rayo cayó con fuerza descomunal y lanzó un fogonazo cegador desde el otro lado de la ventana. En ese mismo instante, la corriente eléctrica se cortó por completo. Una oscuridad densa y cerrada se tragó de golpe toda la habitación.

—¡Aaaaah! ¡Auxilio! —chilló Ariana, histérica.

Un trauma profundo y su fobia a la oscuridad le atenazaron el alma al instante. Las memorias sombrías de su adolescencia volvieron a reproducirse de forma brutal: la tortura de Nova, su madrastra, que solía encerrarla en el galpón trasero, oscuro, húmedo y frío, por el más mínimo error.

Al oír el grito histérico desde la habitación de enfrente, Edgar pegó un salto en la cama. Sin perder un segundo, cruzó corriendo el pasillo e irrumpió en el cuarto de Ariana, que por fortuna no tenía la puerta con llave.

—¡Ariana! Ariana... ¿estás bien? —gritó Edgar, presa del pánico, en medio de la oscuridad cerrada.

Con lo poco que tenía a mano, Edgar encendió a toda prisa la linterna del celular. La luz blanca atravesó los rincones del cuarto y capturó la figura de Ariana, sentada, encogida, abrazándose con fuerza las rodillas junto al ropero, tratando de esconderse de las sombras del miedo.

Cuando Edgar se acercó, Ariana, al percibir la presencia de alguien, se puso de pie de golpe con el cuerpo temblando con violencia. Sin pensarlo dos veces, se abalanzó sobre el cuerpo firme de Edgar, le rodeó la cintura y lo abrazó con todas sus fuerzas.

—Señor... ¡ayúdeme! Tengo miedo... —sollozó Ariana, escondiendo el rostro en el pecho ancho de Edgar.

Edgar se quedó paralizado un instante, pero por reflejo los brazos se le enroscaron cálidos para devolver el abrazo a la mujer. Podía sentir los latidos desbocados del corazón de Ariana y su cuerpo estremecido.

—Cálmate, Ariana... aquí estoy yo —susurró Edgar con dulzura cerca de su oído—. Ariana, ¿qué es lo que te pone así? Pareces muy traumada por la oscuridad... ¿Qué te pasó de verdad en el pasado?

Edgar estrechó aún más el abrazo, transmitiéndole una sensación de seguridad y calor que Ariana nunca antes había sentido. Lento pero seguro, la respiración de la mujer empezó a acompasarse. El calor del pecho de Edgar le fue calmando el pánico hasta que, sin darse cuenta, ella se quedó profundamente dormida entre los brazos del empresario.

Al sentir que Ariana ya no se movía, Edgar la cargó despacio, ese cuerpo menudo, y volvió a recostarla sobre la cama. Con muchísimo cuidado, se disponía a retirarse y marcharse. Pero apenas sus dedos se soltaron, los de Ariana aferraron de pronto su muñeca con fuerza.

—No te vayas... tengo miedo... —murmuró Ariana con un hilo de voz, los ojos aún bien cerrados.

Al verla tan frágil, la conciencia de Edgar no tuvo corazón para abandonarla. Soltó un largo suspiro y optó por tenderse también él al lado de Ariana. Le pasó el brazo por aquel hombro terso y guio la cabeza de la mujer para que reposara cómoda sobre su pecho ancho.

Ahora, un nuevo problema le caía encima al CEO del Grupo Alcázar. En el silencio de la noche, con el aroma del cuerpo de Ariana envolviéndolo, Edgar no lograba pegar el ojo. Su instinto de hombre se le alborotaba con fuerza.

Ay, no... ¿por qué termino torturándome de esta manera?, se decía Edgar, hirviendo por dentro. Un sudor frío empezaba a perlarle las sienes.

Las imágenes de aquella noche ardiente de hacía siete años le cruzaron de pronto, desbocadas, por la mente: cuando sus dedos recorrían cada curva del cuerpo de Ariana, blanco como la leche, y cómo ella respondía a sus caricias con puro deseo, bajo el efecto de la droga.

—Aaargh... ¡ya empieza a despertar mi bestia dormida! ¡Maldita sea! —maldijo Edgar en un susurro, reprochándose a sí mismo.

Edgar tragó saliva una y otra vez. La nuez de la garganta le subía y bajaba sin control mientras sus ojos se fijaban en los labios entreabiertos de Ariana, de un rosa tenue bajo el destello de los relámpagos que se colaban tras las cortinas. Jadeaba, luchando con todas sus fuerzas por contener el deseo de hombre para no cruzar el límite con la mujer que tanto amaba.

Continuará...

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Graciela Saiz
no entiendo porque ellos sabiendo que Edgar es el padre de los gemelos, no o le dijeron nada, muy mal 😡,
Graciela Saiz
y porqué ese policía hermano de Renata la esconde de Édgar, si el no es culpable 🤔😡
Tere Jimenez
gracias increíble novela hermosa un abrazo gracias
Tere Jimenez
muy bueno el libro muchas felicidades increíble familia espero nos regales más éxitos tuyos bendiciones y felicidades
Noemi Fernandez
makdutos ambiciosos pero haci les va ir
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