Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.
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Capítulo 26
Capítulo 26: Disfrútalo solamente
La voz de Cristian hizo que Sebastián soltara a Ximena.
Demasiado rápido.
Ximena perdió el equilibrio otra vez, pero Valeria ya estaba de pie y la sostuvo por el respaldo de la silla.
—No empieces —dijo Valeria, mirando a Cristian.
Cristian no apartó los ojos de Sebastián.
—No le hablé a usted.
—Por eso intervengo.
Ximena se acomodó en la silla de ruedas con el rostro blanco. El tobillo le latía bajo la férula. La garganta le ardía por todo lo que no podía decir.
—Cristian, vámonos.
—Eso mismo vine a hacer.
Sebastián apretó el documento doblado contra la mesa.
—No la trates como si fuera una propiedad.
Cristian sonrió sin humor.
—Después de ayer, usted no tiene autoridad para decirme cómo tratar a mi esposa.
—Y tú no tienes idea de lo que está pasando.
—Sebastián —dijo Ximena.
La advertencia bastó. Sebastián calló, pero sus ojos siguieron llenos de una rabia triste.
Valeria empujó la silla de ruedas hacia la salida.
—Se acabó la reunión.
Cristian tomó el control de la silla en la banqueta sin pedir permiso. Valeria le lanzó una mirada que prometía una conversación futura, pero lo dejó hacerlo.
En el auto, el silencio duró menos que de costumbre.
—Dame tu celular —dijo Cristian.
Ximena giró hacia él.
—¿Qué?
—Tu celular.
—No.
Cristian extendió la mano.
—Ximara.
—No soy una empleada tuya.
—No dije que lo fueras.
—Lo estás actuando.
Él sostuvo la mirada. Ximena pensó en negarse hasta el final, pero el miedo a que llamara a Sebastián, a que indagara por su cuenta, a que pisara otra mina sin saberlo, le pudo más que el orgullo.
Le dio el celular.
Cristian revisó el historial de llamadas.
Una.
Otra.
Otra.
Sebastián.
En los últimos dos días había demasiados contactos: llamadas cortas, mensajes, un número guardado temporalmente por Valeria, rutas, horarios.
Ximena lo vio endurecerse.
—No es lo que parece.
—Nunca lo es.
—No lo dije para sonar culpable.
—¿Cuántas veces hablaste con él?
—Las necesarias.
—¿Para qué?
—Para cerrar algo.
—¿Algo de seis años?
Ximena cerró los ojos.
—Sí.
La respuesta lo golpeó.
Cristian devolvió el celular, pero no porque estuviera tranquilo.
—Voy a encargarme de él.
—No.
—No voy a golpearlo otra vez.
—Qué alivio tan grande —dijo ella, con amargura.
—Lo reubicaré. Tiene formación suficiente para una sucursal fuera de la ciudad. Mejor puesto, mejor sueldo, lejos de ti.
Ximena se quedó mirándolo.
—¿Te escuchas?
—Estoy siendo razonable.
—Estás decidiendo su vida porque estás celoso.
—Estoy protegiendo la nuestra.
—¿Nuestra? ¿De verdad crees que soy capaz de estar viéndome con alguien a tus espaldas?
Cristian no respondió.
Y ese silencio fue peor que cualquier acusación.
Ximena sintió que las lágrimas le subían, pero no eran de debilidad. Eran de rabia.
—¿Tan cruel me ves?
Él apretó el volante.
—No.
—Entonces mírame cuando lo digas.
Cristian giró hacia ella.
Ximena estaba pálida, dolida, furiosa. No la esposa perfecta. No la mujer de pensamientos indecentes que lo hacía perder la paciencia. Solo ella, agotada de sostener una verdad que no podía compartir y una dignidad que él acababa de pisar.
—No —repitió él, más bajo.
—Sebastián no es tu enemigo.
—Me odia.
—Tiene motivos.
—¿Y tú?
—Yo estoy cansada de que confundas amar con controlar.
La frase cayó dentro de Cristian como un vaso estrellándose.
*Y aun así me gustas. Esa es la peor parte. Me gustas cuando me cuidas, cuando me cargas, cuando arreglas mis problemas sin presumirlo. Pero cuando usas el mundo como si fuera tablero y a la gente como piezas, me das miedo.*
Cristian se quedó inmóvil.
Miedo.
No había insulto que le hubiera dolido más.
—No voy a destruirlo —dijo al fin.
—¿Eso es una promesa?
—Es una aclaración. Si hago algo, será una oferta profesional real. Sin amenazas. Sin castigo. Sin arruinarlo.
—¿Y si no quiere?
—Entonces no insistiré.
Ximena lo observó, buscando la trampa.
—¿Lo juras?
Cristian tardó demasiado.
Luego dijo:
—Lo juro.
No era perfecto.
Pero era la primera vez que elegía detenerse antes de cruzar una línea.
De vuelta en Las Lomas, Cristian la llevó a la habitación de planta baja. Motita corrió hasta la puerta, olfateó la silla de ruedas y soltó un quejido indignado.
—Sí, bebé —murmuró Ximena—. Tu papá volvió a ser imposible.
—Duque no entiende problemas matrimoniales.
—Motita entiende todo.
Cristian la levantó con cuidado para pasarla a la cama.
Ximena no se resistió.
La dejó sobre las almohadas, revisó que la pierna estuviera elevada y acomodó la manta sin tocarle el tobillo. Los movimientos fueron tan precisos, tan contenidos, que la rabia de Ximena empezó a perder filo sin pedir permiso.
—No quiero que me tengas miedo —dijo él.
Ella lo miró.
No era disculpa completa. Cristian aún no sabía dar una de esas.
Pero sí era una grieta.
—Entonces no me obligues a tenerlo.
Él asintió.
Motita subió dos patas al borde de la cama. Cristian lo bajó.
—No.
Motita volvió a intentarlo.
—Duque.
—Motita está preocupado.
—Motita pesa.
—Pesa menos que tu ego.
Cristian casi sonrió.
La tensión se aflojó apenas.
Ximena apoyó la cabeza en la almohada. El cansancio le volvió de golpe, pero debajo había otra cosa: la necesidad de saber que no todo lo que había pasado ese día quedaría entre ellos como una pared.
Cristian se inclinó para tomar el vaso de agua de la mesa.
Ximena lo detuvo por la muñeca.
Él se quedó quieto.
—No estoy bien —dijo ella.
—Lo sé.
—Y sigo enojada.
—También lo sé.
—Pero no te vayas.
Cristian dejó el vaso.
—No me voy.
Se sentó en el borde de la cama. Ximena no soltó su muñeca. Sus dedos estaban fríos. Él los cubrió con la otra mano.
Durante un rato no hicieron nada más.
Eso, de algún modo, fue más íntimo que muchas noches anteriores.
Luego Ximena, con la voz muy baja, dijo:
—Bésame bien. No como en el hospital.
Cristian la miró.
—Estás herida.
—Mi boca no.
*Y si me mira así cinco segundos más, tampoco mi paciencia.*
Cristian cerró los ojos un instante.
—No voy a lastimarte.
—Entonces no lo hagas.
El beso fue distinto.
No tuvo público, ni desafío, ni una intención de demostrarle nada a otro hombre. Fue lento. Cuidadoso. Una disculpa que Cristian no sabía decir y una aceptación que Ximena no quería entregar demasiado fácil.
Él se apartó apenas.
—Dime si te duele.
—No me duele.
*Me arde la cara, el orgullo y media vida, pero eso no cuenta.*
Cristian sonrió contra su boca, mínimo.
—Solo disfrútalo.
Ximena se quedó sin aire.
La tarde se cerró alrededor de ellos con una calma inesperada. Cristian cuidó la pierna lesionada como si fuera una frontera sagrada. No pidió nada para sí. No empujó. No tomó más de lo que ella le permitió.
Y Ximena, todavía enojada, todavía atrapada entre secretos que no podía soltar, descubrió que a veces la ternura también podía tener la forma de un hombre poderoso eligiendo, por fin, no usar su fuerza.
Cuando el silencio llegó, no fue frío.
Fue un silencio cálido, cansado, nuevo.
Motita, desde el piso, soltó un suspiro.
Cristian bajó la vista.
—Tu perro juzga.
Ximena, con los ojos cerrados, murmuró:
—Nuestro perro.
Cristian no corrigió el nombre.
Tampoco corrigió el "nuestro".
Desafortunadamente todos hablan igual, el humor negro, sarcasmo, el estilo de Ximena parece que se los transmitió a todos, que la amiga lo hiciera suele pasar pero la suegra, la mamá Tencha hasta el suegro en las pocas participaciones que tuvo, así los demás personajes.
La historia se alargó de más, relleno innecesario y pésimo final con esa dimensión alterna. Todo lo bueno se fue perdiendo al final.