Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 26
Capítulo 26
La fogata
Valentina encendió el fuego en el patio trasero con periódicos viejos y leña que Santiago había cortado.
El patio era pequeño — cuatro metros por tres, rodeado de muros de ladrillo, con una jardinera donde crecía menta silvestre y una silla de plástico que nadie usaba. Valentina había puesto dos cojines en el suelo junto a la fogata. Santiago se sentó en uno con las piernas cruzadas y las manos extendidas hacia las llamas. La luz del fuego le daba a su cara un tono de cobre que le suavizaba los ángulos.
—¿Tienes frío? —preguntó Valentina.
—No. Me gusta el fuego. Me recuerda a San Lorenzo.
—¿Hacían fogatas?
—Mi abuelo. Todas las noches de invierno. Decía que el fuego limpia el aire de las cosas malas. No sé si es verdad, pero el aire siempre olía mejor después.
Valentina se sentó a su lado. Cerca. Más cerca de lo que se sentaban antes del Callejón de los Jazmines, pero todavía con la distancia cautelosa de dos personas que están aprendiendo a no tener distancia.
—Santiago.
—¿Sí?
—¿Puedo preguntarte algo sobre tus oídos?
Él la miró. La luz del fuego le brillaba en los audífonos — dos puntos pequeños de luz que parecían estrellas atrapadas en las orejas.
—Pregunta.
—¿Qué se siente?
Santiago pensó un momento. Miró el fuego.
—A veces zumbidos. Como un teléfono que suena en otra habitación y no puedes encontrarlo. A veces silencio. Silencio total — como si alguien hubiera apagado el mundo. Y a veces un rugido. Como si estuviera dentro de una explosión que no termina.
—¿Cuándo es peor?
—Cuando estoy cansado. Cuando hay mucho ruido alrededor. Cuando me acuerdo de ciertas cosas.
No dijo cuáles. Valentina no preguntó. Había aprendido que con Santiago las respuestas llegaban cuando él estaba listo, no cuando ella preguntaba.
—Conocerte es mi honor —dijo Santiago. La frase vino sin contexto, sin preludio, sin aviso. Como si hubiera estado pensándola durante horas y la hubiera soltado cuando el fuego le dio permiso.
Valentina lo miró.
—¿De dónde salió eso?
—De donde salen las cosas que importan. De adentro.
—Eso suena a algo que diría alguien en una película.
—Las películas a veces aciertan.
Valentina se rio. Santiago la miró reírse con esa expresión que ella empezaba a conocer — la comisura izquierda levantada, los ojos más claros, la mandíbula relajada. La cara que ponía cuando ella se reía era su cara favorita del mundo.
—Ser suave también está bien —dijo él.
—¿Qué quieres decir?
—Que no tienes que ser fuerte todo el tiempo. Que está bien ser suave. Que la suavidad no es debilidad. Que las personas más fuertes que conozco son las que se permiten ser suaves cuando nadie las mira.
Valentina sintió algo apretarle la garganta. No tristeza — algo más grande, algo que no tenía nombre pero que se parecía a ser vista. Vista de verdad. No como la periodista, no como la hija de Elena, no como la mujer de la foto CANDY. Vista como la persona que se sentaba en un patio pequeño junto a una fogata y necesitaba que alguien le dijera que podía dejar de pelear.
Un golpe en la puerta. Valentina se levantó. Doña Marta, la vecina del 4B, estaba en el pasillo con una aguja y un botón en la mano.
—Mija, perdona la hora. ¿No tendrás hilo del bueno? Necesito pegar este botón y mi hilo se acabó.
Valentina buscó hilo en el cajón de la cocina. Santiago apareció detrás de ella.
—¿Me permite? —le dijo a Doña Marta, tomando la aguja y el hilo.
Enhebrarlo al primer intento. Sin dudar. Sin acercar la aguja a los ojos. Los dedos que desactivaban bombas y cortaban cables de detonadores pasaron el hilo por el ojo de la aguja con la misma precisión que usaban para salvar vidas.
Doña Marta lo miró con la boca abierta.
—¿Eres cirujano?
—Soldado.
—Pues deberías ser cirujano. Yo llevo media hora intentando enhebrar esa aguja.
Doña Marta se fue con su aguja enhebrada y su botón y una historia que iba a contarle a todo el edificio. Santiago cerró la puerta.
—¿Fideos? —preguntó Valentina.
—¿Sabes cocinar fideos?
—Sé cocinar fideos con huevo y repollo. Es lo único que sé cocinar.
—Perfecto.
Valentina cortó verduras en la tabla de la cocina mientras Santiago se sentaba en el banco del patio. La ventana de la cocina daba al patio — podía verlo desde donde estaba, recortado contra la fogata que se iba apagando. Cortó el repollo. Cortó un diente de ajo. Puso agua a hervir.
Salió al patio a buscar el salero. Al pasar junto a Santiago, su sombra se proyectó sobre la espalda de él — la luz de la cocina la alargaba y la aplastaba contra su espalda como una manta. Valentina se detuvo un segundo. Apoyó su sombra contra él sin tocarlo — como si su sombra pudiera abrazarlo cuando ella no se atrevía.
Santiago no se dio cuenta. O sí se dio cuenta y no dijo nada. Con él nunca se sabía.
Comieron los fideos sentados en los cojines del patio. La fogata se había reducido a brasas que brillaban como ojos en la oscuridad. Santiago comió despacio — los sólidos todavía le costaban, las arcadas aparecían sin aviso. Valentina lo sabía y no comentó. Le sirvió porciones pequeñas. Él se las terminó.
—Valentina.
—¿Sí?
—Ese día. El veintiséis de septiembre. Cuando llegué al refugio. No fui a buscar a Camila.
Valentina dejó de masticar.
—Fui a buscarte a ti. Solo a ti. Ni siquiera sabía que Camila estaba en Hapir hasta que apareció por la puerta trasera. Y aunque lo hubiera sabido, habría ido a buscarte a ti.
Las palabras cayeron sobre ella como lluvia después de una sequía. No supo qué responder. No hacía falta responder. Santiago la miraba con la cara iluminada por las brasas y los audífonos brillando como dos puntos de luz y la verdad expuesta sin adornos, sin metáforas, sin la protección de la ambigüedad.
Fui a buscarte a ti.
Valentina tomó su mano. Él entrelazó los dedos con los de ella. Se quedaron así, con las manos unidas sobre la rodilla de él y las brasas apagándose y la noche de invierno cerrándose sobre el patio como una manta.
En la puerta, cuando Santiago se iba, Valentina le dio una linterna.
—Para las noches que te tocan patrullar. Tiene modo estroboscópico — para emergencias.
Santiago la tomó. La examinó como examinaba todo — con la atención de alguien que evalúa objetos por su utilidad, su peso, su potencial.
—Gracias.
—De nada.
Se miraron. Santiago se inclinó. Le besó la frente — un beso corto, seco, con los labios apenas apoyados contra la piel. El primero. No fue en los labios. Fue en la frente. Y Valentina supo, con la certeza absoluta de quien conoce el lenguaje corporal de este hombre, que ese beso en la frente significaba más que cualquier beso en los labios. Significaba: te protejo. Significaba: eres sagrada. Significaba: voy a volver.
Santiago bajó las escaleras con la linterna en la mano. Valentina se quedó en la puerta hasta que escuchó la puerta del edificio cerrarse abajo.
Se tocó la frente donde él la había besado. La piel todavía estaba caliente.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.