Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 26 TE ELEGÍ
El coche recorría las calles de la ciudad a toda velocidad. Maya iba en el asiento del acompañante, con las manos apretadas sobre las rodillas y la mirada fija en el parabrisas. Dante conducía con una mano, con el teléfono pegado a la oreja con la otra, dando órdenes, recibiendo información, tejiendo una red invisible para atrapar a Mateo.
—La última ubicación de la llamada —dijo, colgando un teléfono y cogiendo otro—. Una propiedad a las afueras. Una casa que tu padre no mencionó. ¿Sabes algo de eso?
Maya negó con la cabeza.
—Mi tío tenía muchas propiedades. Mi papá no las controlaba todas.
—Esta es antigua. Estuvo a nombre de tu abuela, pero ella la vendió hace años. O eso creía tu padre. En realidad, Mateo la compró por detrás, usando un testaferro.
—¿Cómo sabes todo esto?
—Tengo informantes —respondió Dante, sin apartar la vista de la carretera—. Y una de las ventajas de tener una mala reputación es que la gente te cuenta cosas. Por miedo, por dinero, o porque no tienen otra opción.
El coche se desvió por un camino de tierra, rodeado de árboles altísimos que bloqueaban la luz del sol. Al final, apenas visible entre la maleza, apareció una casa. Una casa antigua, de piedra, con las ventanas tapiadas y el jardín cubierto de maleza. Una casa que parecía sacada de una película de terror.
—Aquí es —dijo Dante, deteniendo el coche a cierta distancia.
Desenfundó la pistola, verificó la recámara, la guardó en el cinturón. Le tendió a Maya una segunda pistola, más pequeña, plateada.
—¿Sabes usar esto?
—No.
—Ahora es tu oportunidad de aprender. Está descargada. Solo quiero que la tengas. Por si acaso.
Maya tomó la pistola. El metal estaba frío, pesado, completamente ajeno a sus manos. La guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
—Espero a mis hombres —dijo Dante—. Luego entramos.
—¿Y si mientras esperamos le hacen algo?
Dante la miró. En sus ojos grises, fríos, había una determinación que Maya no había visto antes.
—No van a hacerle nada. Mateo la necesita viva. Eres tú a quien quiere. Eres el verdadero premio.
Maya sintió un escalofrío.
—¿Yo?
—El matrimonio conmigo lo descolocó. Pensaba que te ibas a hundir, que ibas a desaparecer, que ibas a ser fácil de aplastar. Pero no. Te casaste conmigo. Y ahora tu padre está libre. Y tu madre está a salvo... por ahora. Él quiere deshacer todo eso. Y para deshacerlo, necesita que tú estés rota. Que te rindas. Que aceptes que has perdido.
—No me voy a rendir.
—Lo sé —dijo Dante—. Por eso te elegí.
Maya lo miró.
—¿Me elegiste? ¿O fue casualidad?
Dante sostuvo su mirada un momento.
—No creo en las casualidades.
Cinco minutos después, los hombres de Dante llegaron. Dos coches negros, sin distintivos, de los que aparcaron en silencio y descargaron a cuatro hombres armados. Marco estaba entre ellos, con el rostro duro y los ojos de acero.
—El perímetro está limpio —informó—. Pero hay dos guardias en la puerta principal. Y al menos otros tres dentro. El señor Velini está en el interior. Con la señora.
—¿Alguna baja? —preguntó Dante.
—No, jefe. Esperaron instrucciones.
—Bien. Vamos por la puerta trasera. Marco, tú cubres la delantera. No quiero que nadie entre. Y no quiero que nadie salga. ¿Entendido?
—Entendido.
Dante se volvió hacia Maya.
—Te quedas aquí. Con el coche. Las puertas cerradas con llave. No abras a nadie que no sea yo. ¿Está claro?
Maya quería protestar. Quería decirle que no podía quedarse sentada mientras él arriesgaba su vida. Pero sabía que tenía razón. En ese momento, en esa misión, ella era un estorbo.
—Está claro —dijo.
Dante asintió. Y luego, antes de bajar del coche, hizo algo que Maya no esperaba.
La tomó por la nuca y la besó en la frente.
Fue un beso rápido, seco, casi brusco. Pero sus labios ardieron en la piel de Maya como una promesa.
—Vuelvo —dijo—. Con tu madre.
Y desapareció entre los árboles, seguido por sus hombres, tragado por la penumbra del bosque.
Maya se quedó sola en el coche, con las manos apretadas sobre la pistola descargada, los ojos fijos en la casa de piedra, y el beso de Dante ardiéndole en la frente.
Esperó.
El tiempo se volvió elástico, interminable, hecho de segundos que parecían horas y horas que parecían segundos. Oyó disparos, ahogados por la distancia. Oyó gritos. Oyó el ruido sordo de una puerta al romperse.
Y entonces, el silencio.
Un silencio denso, absoluto, que llenó el bosque como agua.
Maya contuvo la respiración.
La puerta principal de la casa de piedra se abrió.
Dante apareció en el umbral. Su camisa estaba manchada de sangre. En sus brazos, envuelta en una manta que alguien había encontrado en el interior, estaba Renata. Parecía frágil, pequeña, como un pájaro herido. Pero sus ojos estaban abiertos. Y cuando vio a Maya a través de la ventanilla del coche, esbozó una sonrisa temblorosa.
—Maya —dijo, con una voz que apenas era un hilo—. Hija mía.
Maya salió del coche corriendo.
Corrió hacia su madre, hacia Dante, hacia la sangre y el polvo y el olor a miedo. Abrazó a Renata con todas sus fuerzas, sintiendo cómo su madre temblaba entre sus brazos, cómo su corazón latía débil pero constante.
—Estás viva —susurró Maya, con la cara enterrada en el hombro de Renata—. Estás viva.
—Gracias a él —respondió Renata, señalando a Dante con un gesto de la barbilla—. Gracias a tu esposo.
Maya levantó la vista. Dante estaba allí, de pie en el umbral de la casa, con la sangre secándose en sus manos y una expresión que Maya no sabía leer. Cansancio, quizá. O alivio. O quizá las dos cosas.
—Mateo —dijo Maya—. ¿Dónde está?
Dante la miró.
—Huyó. Cuando vio que estábamos entrando, salió por la parte de atrás. Mis hombres lo persiguen.
—¿Lo van a atrapar?
Dante se acercó a ella. Con una mano manchada de sangre, le acarició la mejilla.
—Sí —dijo—. Pero no esta noche. Esta noche, nos vamos a casa.
Maya asintió. Ayudó a su madre a subir al coche. Dante se puso al volante. El coche arrancó, dejando atrás la casa de piedra, los árboles, el bosque, la pesadilla.
En el asiento trasero, Renata se durmió con la cabeza apoyada en el hombro de Maya.
En el asiento delantero, Dante conducía con una mano, y con la otra sostenía la de Maya.
Ninguno de los dos habló durante todo el viaje.
No hicieron falta palabras.
La descargué y la lei en el tiempo que duró el tiempo sin luz
Gracias