Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 26
El cuarto del karaoke estaba inundado de música a todo volumen y risas que se cruzaban sin cesar. Luces de colores giraban en el techo, cargando el ambiente. El olor a perfume mezclado con humo de cigarrillo saturaba el aire de aquel espacio reducido.
Pero en medio de todo ese bullicio, Adrián sentía el cuerpo tenso. Los ojos clavados en una sola figura: Lorena.
La mujer estaba sentada muy cerca de Daniel. El brazo de Daniel le rodeaba la cintura con toda naturalidad, como si ya fuera costumbre entre ellos. De vez en cuando, Lorena se reía con coquetería y le recargaba la cabeza en el hombro a un hombre bastante más joven que ella.
La mandíbula de Adrián se endureció al instante. El pecho le ardió al ver aquella escena.
Del otro lado, Lorena también se sobresaltó. La sonrisa se le congeló en la cara al ver a Adrián de pie junto a la puerta con Gonzalo.
¿Desde cuándo Daniel anda con Lorena?, pensó Adrián, incrédulo.
¿Adrián?, se dijo Lorena, presa del pánico.
La mano que sostenía el micrófono le fue bajando poco a poco. Hacía mucho que no se veían. No habían cruzado ni un solo mensaje después de aquella última llamada telefónica. Y Lorena jamás se imaginó encontrarse con Adrián en un lugar como este.
—¡Adrián, ven, te presento! —exclamó Daniel, rebosante de orgullo, palmeándole el brazo a Lorena—. ¡Esta es Miss LV! Aparte de bonita, canta increíble y es la que mejor baila aquí.
Lorena desvió la mirada un instante.
Adrián, por su parte, se limitó a observar con frialdad. No hubo sonrisa cálida como antes. No hubo mirada de admiración como cuando estaba loco por esa mujer. Solo asintió levemente, entró y se sentó al lado de Héctor. A propósito eligió un lugar lo más alejado posible de Lorena.
A la derecha de Lorena, Gonzalo ya estaba sentado muerto de risa junto a otra dama de compañía en ropa escotada.
La música volvió a sonar. Una canción detrás de otra.
Daniel se puso a cantar con la voz completamente desafinada mientras bailaba en medio del cuarto. Todos se reían de sus payasadas.
Adrián, en cambio, se mantuvo callado casi todo el tiempo. Solo estaba sentado, sonriendo apenas cuando le dirigían la palabra. Frente a él había todo tipo de bebidas, pero solo tomó un agua mineral fría.
Adrián nunca tomó alcohol, desde siempre. Incluso cuando su vida era de lujo y estaba rodeada de contactos de negocios, mantuvo ese límite. Mientras sus amigos se emborrachaban y se reían sin sentido, Adrián normalmente los acompañaba tomando café o agua.
Esa noche fue igual. Eligió quedarse sobrio. La mirada se le iba sin querer hacia Lorena de vez en cuando. Y cada vez que veía a otro hombre abrazarla o tocarla, el pecho se le apretaba un poco más.
Daniel le plantó un beso descarado en la mejilla a Lorena entre carcajadas. Gonzalo le jaló la cintura varias veces sin ningún reparo.
Lorena no rechazaba nada. Al contrario, se reía coqueta y les devolvía los coqueteos.
Adrián apartó la cara con la mandíbula tensa.
Antes me volví loco por ella, pensó con amargura.
Adrián todavía recordaba cómo en el pasado tiraba el dinero por Lorena. Le compraba cosas caras, joyas, la llevaba a comer a lugares de lujo, y hasta sacrificó su propio matrimonio por esa mujer.
¿Y ahora? La mujer que antes presumía con tanto orgullo estaba sentada dejándose abrazar por todos lados, de un hombre a otro. Un asco empezó a crecerle por dentro.
Comparada con Valentina, la diferencia era abismal. Valentina era sencilla. No le gustaba la ropa provocativa y no sabía coquetear. Pero esa mujer tenía dignidad y tenía sinceridad.
Conforme la noche avanzaba, más claro le quedaba a Adrián una sola cosa: de verdad había desperdiciado a una buena mujer.
—¡Vamos a buscar dónde seguirla! —gritó Héctor soltando una carcajada.
—¡Al motel! —secundó Gonzalo, alborotado.
Los gritos inundaron el cuarto. Algunas de las acompañantes se rieron y empezaron a levantarse. Lorena, que estaba junto a Gonzalo, ya se le había colgado del brazo entre risitas.
Adrián se puso de pie de inmediato.
—Yo me voy —dijo con calma.
Daniel volteó enseguida. La cara enrojecida por el exceso de alcohol.
—¿Qué? Pero si apenas iba a empezar lo bueno.
—Me duele el estómago —respondió Adrián, breve.
Aunque la verdadera razón era mucho más simple. Sabía lo que iban a hacer después de eso.
Por mucho que hubiera caído bajo, Adrián tenía un límite que nunca cruzó. Nunca quiso acostarse con mujeres de paga que hubieran pasado por muchos hombres.
Daniel se rio señalando a Adrián.
—Oye, no te tomes la vida tan en serio. De vez en cuando hay que disfrutar.
Adrián esbozó una sonrisa breve.
—Sí. —Tomó su mochila despacio—. Por eso prefiero irme a dormir. Esa es mi forma de disfrutar la vida.
Todos se rieron con esa respuesta. Pero en medio del alboroto, Lorena no dejaba de observar a Adrián a escondidas. La mirada de la mujer se transformó en algo extraño. Había vergüenza y había incomodidad.
Algo le punzó al ver que Adrián se iba sin prestarle la menor atención. Antes, ese hombre la colmaba de atenciones. Siempre la buscaba, siempre la consentía. Pero ahora Adrián ni siquiera la miró más de unos cuantos segundos.
Un malestar empezó a instalarse en el pecho de Lorena.
Adrián salió del karaoke y pidió un taxi de aplicación. A lo largo del trayecto hasta su cuarto rentado, se mantuvo en silencio casi todo el camino.
Las luces de la ciudad le pasaban por delante de los ojos sin que las viera. Pero los pensamientos se le llenaron con el rostro de Valentina. Esa mujer nunca se vestía de forma provocativa y no sabía seducir a los hombres. Nunca le causó ese embrujo enloquecedor como Lorena en el pasado.
Y sin embargo, ahora era justamente el rostro de Valentina el que no dejaba de aparecérsele en la cabeza. Y por primera vez, Adrián sintió verdadera vergüenza de sí mismo.