Catalina lo dio todo por su matrimonio: su carrera como piloto, su juventud, su orgullo. Seis años dedicada a ser la esposa perfecta mientras Adrián, el hombre por quien abandonó el cielo, la humillaba a sus espaldas con otra mujer.
"Me da asco con solo mirarla."
Esas fueron las palabras que escuchó aquella noche en el estacionamiento del aeropuerto. Pero en lugar de derrumbarse, Catalina tomó una decisión: recuperar todo lo que sacrificó.
Con un divorcio a cuestas y un hijo pequeño como única compañía, vuelve a la academia de aviación decidida a reconquistar su lugar en la cabina de mando. Nadie le facilita el camino. Los instructores dudan de ella, los compañeros la subestiman y su ex hace lo imposible por sabotearla. Pero Catalina no es la misma mujer que se fue seis años atrás.
Y hay alguien que lo nota.
César es cinco años menor, heredero de la aerolínea más importante del país, y el único que aplaudió cuando ella completó la simulación más difícil de la academia. Su regla es simple: "Nunca le cortaría las alas a una mujer que nació para volar."
Mientras Catalina asciende, Adrián cae. Y la mujer que él despreció se convierte en la capitana que todos admiran.
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Capítulo 26
Vanessa seguía llorando; sus manos se aferraban con fuerza a la ropa de Adrián, como si temiera que el hombre fuera a marcharse y dejarla sola.
—Todo es tu culpa... —murmuró la mujer con voz ronca.
El rostro de Adrián se veía agotado; no intentó defenderse. Tampoco la consoló con palabras bonitas. Porque entendía que, dijera lo que dijera en ese momento, nada iba a cambiar.
Al poco rato, el médico que atendía a Vanessa entró en la habitación.
—Señor Adrián.
Adrián volteó; el doctor le hizo una seña para que saliera un momento. Con cuidado, fue soltando las manos de Vanessa de su ropa.
La mujer entró en pánico otra vez.
—¡No te vayas!
—No me voy, solo salgo un momento.
Una enfermera se acercó enseguida a Vanessa para calmarla mientras Adrián salía de la habitación. En el pasillo, el médico lo miró con seriedad.
—La condición de la paciente aún no es estable. Sufrió un trauma emocional bastante severo después del aborto espontáneo. Físicamente, la paciente se encuentra bien. Pero a nivel mental... necesita tiempo.
Adrián exhaló un suspiro y asintió.
—Entiendo, doctor. ¿Cuánto tiempo estará así?
—Es difícil saberlo con certeza; pueden ser varias semanas o quizá más. Señor Adrián, la paciente depende mucho de usted.
Adrián sonrió con amargura.
—Lamentablemente... yo no soy la persona adecuada para que ella dependa de mí. Voy a contactar a sus padres cuanto antes.
El doctor no respondió y luego se retiró.
Adrián miró la puerta de la habitación de Vanessa; desde adentro todavía se escuchaba un llanto suave. Permaneció de pie en el pasillo, la mente saturada; su vida se había desmoronado en un lapso brevísimo.
Una enfermera salió.
—Señor Adrián, la paciente ya está más tranquila.
Adrián solo asintió, pero no entró de inmediato. Se quedó en aquel pasillo, sintiéndose verdaderamente solo.
Al día siguiente...
El ambiente en las oficinas de la aerolínea estaba más agitado que de costumbre. Además del rumor sobre el divorcio de Adrián y Leya —que andaba de boca en boca por la infidelidad de Adrián con Vanessa—, ahora había surgido un chisme nuevo sobre César.
Varios pilotos y sobrecargos se apiñaban alrededor del celular de uno de los pilotos; todos estaban mirando una noticia sobre César.
—Dios mío, ¿esto es en serio?
—Yo creía que era solo un rumor.
—Pero la foto es clarísima.
—Con razón...
Leya, que acababa de llegar, sintió que algo estaba pasando de nuevo, igual que el día anterior.
—Capitana Leya, ven —la llamó una sobrecargo con quien ya tenía bastante confianza.
Leya se acercó y miró la pantalla del celular que le mostraron. Ahí había un artículo interno de la empresa que circulaba en varios grupos de la tripulación. Aparecía una foto antigua: un hombre de pie con aire relajado y una sonrisa. A su lado, una mujer más joven le sujetaba el brazo.
La foto era de César y Valentina. Detrás de ellos posaba una pareja de mediana edad sumamente elegante. Sus padres. Y Leya reconoció a la pareja de inmediato: Doña Carmen y su esposo.
Debajo de la foto había un texto que hizo que los ojos de Leya se abrieran de par en par.
"Se revela que el capitán César es el heredero de la aerolínea y hermano de sangre de la vicepresidenta, la señora Valentina."
Leya leyó la frase dos veces; su mirada volvió a posarse en la foto de César y Valentina, tan cercanos, y sintió algo extraño en el pecho.
César, ¿hermano de sangre de la señora Valentina? Y él es... el heredero de la aerolínea...
De pronto, Leya recordó muchas cosas: el encuentro en la academia, la actitud de Valentina, que a veces parecía diferente cuando miraba a César. Sin embargo, hasta entonces nunca había pensado tan lejos.
Leya se frotó la sien con suavidad; no le sorprendía lo de los padres de César. Pero que Valentina fuera la hermana del hombre... eso sí estaba completamente fuera de lo esperado. De repente sintió que la cara le ardía al recordar algo: aquel día en que vio a César riendo con Valentina en el pasillo, se puso celosa y malinterpretó todo.
Leya se cubrió el rostro.
—Qué vergüenza...
—Capitana Leya... ustedes ya eran cercanos desde la academia, ¿no sabías la identidad del capitán César? —le preguntó un capitán piloto de su misma generación.
Leya negó con la cabeza.
—No.
Sin decir nada más, se dio la vuelta y se fue.
En otro lado del edificio de la aerolínea, César estaba de pie junto a la ventana del lounge de pilotos. Su celular no dejaba de sonar; mensaje tras mensaje entraba. Algunos eran de compañeros de trabajo que acababan de enterarse de su identidad. Incluso en el grupo de pilotos la conversación era un hervidero.
"Hermano... ¿por qué nunca nos dijiste?"
"¡No puede ser! ¡Todo este tiempo trabajamos junto al hijo del dueño de la aerolínea!"
"¡Resulta que el capitán César es nuestro jefe!"
"Menos mal que en la academia nunca hice enojar a César."
César abrió la conversación del grupo; los ojos se le abrieron de golpe.
—¡Diablos! ¡Todavía no le dije la verdad a Leya! Tengo que ir a buscarla...
Pero antes de que pudiera dar un paso, se escucharon pisadas. César volteó: era Leya. En cuanto sus miradas se cruzaron, la mujer giró sobre sus talones con intención de irse. César caminó deprisa para alcanzarla.
—¡Leya, espera!
La mujer se detuvo, pero no volteó. César se quedó detrás de ella; el ambiente en el lounge se puso tenso. Algunos tripulantes que pasaban por ahí aminoraron el paso a propósito para mirar. Y más ahora que casi todos en la aerolínea sabían quién era César en realidad.
Pero a César no le importó; solo tenía ojos para Leya. Temía que la mujer estuviera furiosa y lo odiara.
—Leya, escúchame.
Leya seguía de espaldas.
—No tienes que explicarme nada, es tu derecho.
El tono de Leya sonó rígido, como la primera vez que trabajaron juntos en la academia. Había una distancia palpable.
—Si estás enojada...
—No estoy enojada —Leya lo cortó de inmediato.
César se desconcertó aún más.
—Si no estás enojada, ¿por qué me evitas? Date la vuelta y mírame.
Pasaron unos segundos de silencio; por fin Leya giró el cuerpo para quedar frente a César. Pero el rostro de la mujer estaba ligeramente enrojecido.
—¿Qué pasa con tu cara? ¿Por qué estás tan roja? Estás enojada conmigo, ¿verdad? —César se dio cuenta.
Leya lo miró con fastidio.
—¿Por qué nunca me dijiste que Valentina es tu hermana? Así que ella era la que todavía estaba en el vientre de Doña Carmen... cuando se mudaron, ¿no?
César parpadeó. Abrió la boca, pero al final solo soltó una risita.
Leya bufó.
—Me muero de la vergüenza. El otro día... hasta te comparé con Adrián. Pensé que tú también eras del tipo de hombres al que le gustan las mujeres jóvenes pero que igual me coqueteaba. De verdad creí que ustedes tenían una relación especial. Y yo...
—Estabas celosa, ¿verdad? —César sonrió de oreja a oreja.
—Es que... —Leya no supo qué responder.
César soltó una carcajada; una risa que sonó inmensamente aliviada y feliz.
—¡Cállate! ¿Por qué te ríes? ¡Parezco una payasa! —protestó Leya, molesta.
César seguía sonriendo.
—Me río porque estoy contento, Leya. Si estabas celosa, significa que todavía tengo una oportunidad.
Leya no lo negó.
Sin decir nada más, César tomó la mano de la mujer.
—No tienes que apurarte, Leya. Si todavía no estás lista, puedo esperar. Pero a partir de ahora... deja de negar lo que sientes. Y en cuanto a mi identidad... perdóname por habértela ocultado.
Luego César le acarició la mejilla con ternura.
Leya no dijo nada, pero su mirada bastó para explicarlo todo: sí tenía sentimientos por César.
No muy lejos de ellos, alguien apretaba los puños... Rafael. Fue él quien destapó a propósito la identidad de César, que acababa de descubrir tras investigarlo. Quería que todos juzgaran al hombre por haber escondido quién era y haberse hecho pasar por un simple cadete en la academia. Incluso esperaba que César y Leya terminaran enfrentados.
Rafael los odiaba a los dos. En ese momento era apenas un copiloto, después de haber reprobado el examen de licencia de capitán. Al enterarse de la identidad de César, su odio creció todavía más. Estaba convencido de que Leya había obtenido su licencia de capitana gracias a la ayuda de César.
Cuando en realidad todo fue por mérito propio de Leya. Pero Rafael se negaba a aceptarlo; el rencor echó raíces en su corazón.