A Renata la traicionaron el día más importante de su vida.
Mientras se probaba sola su vestido de novia, un mensaje anónimo le reventó el mundo: su prometido, Patricio, se estaba casando con Daniela —la hija postiza que le robó su lugar en la familia Bracamonte— en una boda de ensueño. Cuando llegó, escuchó a los invitados reírse de ella: «la sorda», «la arrimada», «en la cama ha de ser un pez muerto». Patricio ni se inmutó: «Es normal en este círculo. Seguirás siendo mi esposa legal».
Renata rompió el compromiso ahí mismo. Y esa misma tarde, ante todos, hizo lo único que nadie esperaba: **se casó con Maximiliano Lazcano… el tío de su ex.**
Frío, intocable, dueño de uno de los imperios más grandes del país, Max era el hombre que la sociedad entera deseaba y temía. Lo que Renata no sabía —y lo que Patricio descubriría demasiado tarde, llamándola noche tras noche para suplicarle que volviera— es que ese magnate de hielo la amaba en silencio desde que ella tenía dieciséis años. Y ahora que por fin era suya, no pensaba dejarla ir.
Él la cubrió de joyas y la defendió en público cuando la élite la despreciaba. Curó en secreto el oído que ella creía perdido. La eligió, una y otra vez, frente a todos. Pero entre ellos seguía en pie un secreto enterrado en cenizas: el incendio que la dejó sorda, el trauma que lo persigue a él… y una verdad que cambiará quién es el culpable y quién la víctima.
Mientras Renata se levanta de la nada hasta convertirse en la diseñadora más codiciada del país, los que la humillaron caen uno a uno. La hija postiza pierde su corona. El ex que la cambió por su hermana lo entiende cuando ya no hay vuelta atrás. Y la verdad sobre su sangre, su pasado y el hombre que siempre la amó saldrá a la luz.
La despreciaron por ser «la hija perdida, la sorda, la naca».
Se equivocaron con la mujer.
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Capítulo 25
Capítulo 25: Espera a quedarte en la ruina
Max mandó la invitación al día siguiente, formal, con membrete del Grupo Lazcano: la familia Bracamonte quedaba cordialmente invitada a cenar en Villa del Roble.
Augusto llegó puntual, oliendo a colonia cara y a esperanza. Lo vi bajar del coche frotándose las manos, mirando la casa con ojos de tasador, y entendí de inmediato cómo había leído la invitación: para él, su hija por fin entraba en razón, lo llamaba para reconciliarse, para que el yerno poderoso lo acogiera bajo su ala. Trató a don Tomás como a un mozo, le tendió el abrigo sin mirarlo, preguntó en voz alta "y mi yerno, ¿dónde anda?", paseándose por la sala como si la heredara.
Patricia y Daniela venían detrás, más cautas, husmeando el ambiente.
Max los recibió de pie, sin ofrecerles asiento. A su lado, Emilio, su asistente, sostenía una carpeta y una tableta.
—Gracias por venir —dijo Max, con una cortesía que helaba—. No los voy a entretener. Emilio.
El asistente giró la tableta hacia ellos. En la pantalla, una gráfica: la cotización de Tecnologías Astrum, la empresa de Augusto, cayendo en picada los últimos días, una línea roja desplomándose como quien se tira de un edificio.
A Augusto se le borró la sonrisa.
—¿Qué… qué es esto? El mercado anda nervioso, son cosas que pasan…
—No es el mercado —dijo Max, tranquilo—. Soy yo. Llevo días vendiendo y comprando Astrum a través de terceros para mover su precio a mi antojo. Puedo seguir hundiéndola hasta que no valga ni el papel de sus acciones, o puedo soltarla y dejar que respire. Depende de mí. Y de esta conversación.
El silencio en la sala se podía cortar.
—Verá, señor Bracamonte —continuó Max, y por primera vez dejó asomar el filo—. Hace unos días, en una joyería, su esposa y la joven Daniela insultaron a mi mujer y le cruzaron la cara de una bofetada. A mi mujer. En público. —Ladeó la cabeza—. En mi mundo, eso tiene consecuencias. Así que va a elegir, aquí y ahora, qué le importa más: el orgullo de las dos señoras que golpean a mi esposa, o la empresa que es el trabajo de toda su vida.
—Pero, licenciado, somos familia ahora —tartamudeó Augusto, jugándose la única carta que conocía—. Renata es… bueno, es de los nuestros. Usted no le haría esto al padre de su esposa.
—Renata no es de los suyos —dijo Max, y lo dijo sin alzar la voz, que era lo que daba miedo—. Renata es mi esposa. Eso es lo único que es. Y usted, en lugar de protegerla cuando le tocó, la usó, la encerró y dejó que la golpearan. Así que no me hable de familia. Usted no sabe lo que es eso. —Hizo una pausa—. Le repito la pregunta, porque mi tiempo vale más que su empresa: ¿qué le importa más, el orgullo de estas dos, o Astrum?
Vi a Augusto sudar. Vi cómo los ojos le saltaban de la gráfica roja a Daniela, a Patricia, calculando, haciendo cuentas con la frialdad del comerciante que era debajo del traje de padre. Y vi —con una mezcla de asco y de una tristeza muy vieja, la de la niña que aún esperaba algo de él— lo rápido que decidió.
Se volvió hacia Daniela, la hija que siempre había preferido, y le cruzó la cara de una bofetada tan fuerte que el sonido rebotó en las paredes.
—¡Estúpida! —le rugió—. ¡¿No puedes mantener las manos quietas?! ¡Por tu culpa nos vamos a hundir! ¡Pídele perdón al licenciado, ahora!
Daniela se quedó congelada, con la mano en la mejilla, mirando a su padre con una incredulidad que tardó en volverse odio. Era la primera vez en su vida que recibía de esa familia el trato que a mí me habían dado siempre. Y no le gustó nada.
No sentí placer. Creí que lo sentiría —había soñado mil veces con ver a esa familia recibir aunque fuera una pizca de lo que me hicieron—, y sin embargo, no. Sentí, más bien, un cansancio enorme. Toda esa gente, dispuesta a abofetearse entre sí por dinero, dispuesta a vender a cualquiera con tal de salvar la empresa. Esa había sido mi familia. Esa gente.
Me disculpé un momento y salí. Necesitaba aire. Necesitaba a Vale.
Manejé hasta el Café El Rincón, que seguía siendo, después de todo, el único lugar del mundo donde podía bajar la guardia. Vale me sentó en el rincón de siempre, junto a la ventana, me puso un chocolate enfrente, me miró la mejilla todavía marcada y la cara de cansancio, y no me dejó hablar hasta el segundo sorbo.
—A ver. Cuéntame.
Le conté todo: la joyería, la cena, la gráfica, Augusto abofeteando a Daniela.
—Pues qué familia tan bonita —murmuró Vale, sirviéndome pan—. ¿Y ahora qué vas a hacer? Porque te conozco esa cara. Estás tramando algo.
—No voy a pelear por que me reconozcan como la hija verdadera —dije, despacio, ordenando las ideas en voz alta—. ¿Para qué? ¿Para sentarme en esa mesa podrida? No, comadre. No quiero su apellido ni su herencia. Lo que quiero es soltarlos. Cortar limpio. —Apreté la taza—. Pero todavía no. Primero que se hundan solitos un poco más, que entiendan lo que tienen entre manos. Cuando estén contra la pared, cuando de verdad dependan de mí para no quebrar… ahí, justo ahí, los suelto. Firmo los papeles, me separo legalmente de ellos, y que se las arreglen. Sin escándalo. Sin lágrimas. Como quien suelta un peso muerto.
Vale me miró un largo rato y luego sonrió, con esa mezcla de orgullo y de pena que solo ella sabía ponerme.
—Espérate a que se queden en la ruina y entonces los sueltas —resumió—. Frío, Rena. Me gusta. Te está saliendo lo Lazcano.
—No —dije, mirando por la ventana las jacarandas—. Me está saliendo lo Renata. Llevaba años guardado.
Vale me tomó la mano por encima de la mesa.
—Oye. Una cosa. —Se puso seria—. No dejes que la venganza te ocupe todo el lugar, comadre. Te conozco. Eres capaz de quedarte tan ocupada cobrándote el pasado que se te olvide vivir el presente. Tienes un marido que te manda guardaespaldas y te besa la oreja mala. Tienes tu joyería. Me tienes a mí. No te me vuelvas una de esas mujeres amargadas que solo respiran para ver caer al enemigo. Que caigan, sí. Pero tú vive, mientras tanto.
La miré, y entendí por qué la quería tanto. Porque Vale siempre me devolvía a lo importante.
—Tienes razón —dije—. Como siempre.
—Como siempre. —Sonrió, y me sirvió más chocolate—. Ahora cuéntame del témpano. ¿Ya te dijo que te quiere o sigue mandándote indirectas en forma de guardaespaldas?
Me reí. Y por un rato, en ese rincón que olía a canela, dejé de ser la señora Lazcano que planeaba la caída de los Bracamonte, y volví a ser simplemente Rena, tomando chocolate con su comadre, hablando de un hombre que le gustaba demasiado.
Lo que no sabía, mientras planeaba con calma el final de los Bracamonte, era que el destino ya estaba barajando otras cartas, mucho más urgentes, mucho más crueles. Pero eso vendría después.