El nuevo Capo de la Camorra ha quedado viudo y no tiene intención de hacerse cargo de su hija, ya que su mayor ambición es conquistar el territorio de La Cosa Nostra. Por eso contrata una niñera para desligarse de la pequeña que solo estorba en sus planes. Lo que él no sabe es que la dulzura de su nueva niñera tiene el poder de derretir hasta el corazón más frío, el de sus enemigos e incluso el suyo.
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Malcriada (+21)
Gabriele
–Deliciosa –digo admirado mientras lamo hasta la última gota.
–Quiero más besos –pide en un susurro.
Subo por su cuerpo y beso su boca contestona, deleitándome en su dulzura. Nunca he sido un hombre de besos, pero Sofi sabe demasiado bien para mi propio bien. Podría estar besándola horas.
–¿Estás lista para más, fierecilla? –pregunto en su oído.
Gime despacito antes de asentir.
–No seré delicado, no está en mi naturaleza.
Pone los ojos en blanco. –Si estás tratando de asustarme, buen trabajo.
–Estoy siendo sincero –digo y beso la curva de su cuello donde su dulce olor es más fuerte–. No quiero lastimarte, pero no voy a poder contenerme. Te deseo desde que te vi bailando en mi cocina.
Sus ojos nublados por el deseo se fijan en los míos. –Yo también te deseo, mucho.
Tomo su pierna y la levanto para abrirla para mí. Guio mi erección a su centro, que ya está listo para mí y me entierro en un movimiento profundo, sin darle tiempo a cambiar de opinión.
Cierra los ojos y esconde su rostro en mi cuello.
Gruño al sentirla ceñirme con fuerza. Esto es sublime.
No le doy tiempo para adecuarse porque ya no puedo esperar más. Comienzo a moverme con fuerza dentro de ella, marcándola con cada movimiento de mi cadera.
Aprieto su cuello con mi mano y la obligo a mirarme a los ojos. Quiero que sepa que soy yo quién está dentro de ella, soy yo quién está poseyéndola en este momento.
Empieza a gemir y toda mi piel se tensa al escuchar esos dulces y necesitados sonidos de su boca. Me arrodillo para darle con más fuerza. Bajo la vista a la parte en que nuestros cuerpos están unidos y veo la sangre correr por sus muslos.
Mierda.
Algo dentro de mí duele en este momento y, aunque no es lo que deseo, comienzo a ralentizar mis movimientos.
Las piernas de Sofi me ciñen con más fuerza.
–No se te ocurra detenerte. Quiero más –exige en un gruñido–. La picazón –agrega en un sollozo.
Tomo su pequeña cintura con mis manos y comienzo a darle con fuerza, sin detenerme, sin piedad. Sexo duro como me gusta.
Sofi entierra sus uñas en mis bíceps.
–Más –exige.
Pero qué aguante tiene.
Salgo de su cuerpo y la giro en la cama antes de ponerla a cuatro patas. Amaso su perfecto trasero antes de darle un par de palmadas que resuenan por toda la habitación.
Sofi gime y levanta su cabeza y culo, como una gata disfrutando de una caricia.
Maldita sea, es preciosa.
Enredo mi puño en su cabello y con mi otra mano tomo su cintura y me clavo nuevamente en ella. Esta vez no pienso detenerme hasta terminar.
Los sonidos que salen de su boca forman una melodía que quisiera grabar y escuchar por el resto de mis días. Sus brazos pierden fuerza y su cuerpo se tambalea hacia delante. Cojo su cabello con más fuerza y la tomo del cuello, como sé que le gusta.
–Sí, sí, más, por favor –ruega.
–Di mi nombre –exijo. La he escuchado decir muchas palabras, pero no mi nombre. Solloza, pero no dice nada–. Dilo –ordeno y presiono su garganta con más fuerza.
–Gabrieleee –gruñe.
–Di que eres mía.
–No –devuelve.
–Dilo.
–No lo haré –insiste entre gemidos.
–Maldita sea, Sofía –gruño en su oído–. Di que eres mía o te follaré por el culo.
–Ya casi, ya casi –susura–. Gabriele, per favore –pide en italiano y es mi rendición.
Siento como mi orgasmo se acumula en mi espalda baja y arremeto con más fuerza, sin importarme si podrá caminar después de esto o no, ella lo pidió. Estaba rogando por esto desde que nos conocimos.
–Sí, ya casi, ya casi, ya… –grita como una loba y siento como su cuerpo convulsiona a mi alrededor, y es todo lo que necesito para vaciarme en su interior.
–Sí –gruño en su oído y caigo sobre su pequeño cuerpo.
Fue la corrida de mi vida, estoy seguro de ello.
Sigo empujando dentro de su cuerpo, vaciándome por completo. Necesito seguir sintiéndola a mi alrededor.
–Oh, Dios –exclama–. Ya no pica. Gracias.
Muerdo su cuello, marcándola como un animal salvaje lo haría, pero es que así me hace sentir.
–No dijiste que eres mía.
–No lo soy y nunca lo seré –devuelve.
Mis entrañas se retuercen ante su rechazo.
–Lo eres.
–Nop –insiste con una sonrisa ahogada–. Muévete, estás pesado –se queja.
Salgo de su interior, ya extrañando su calor, y solo entonces veo el desastre que hicimos.
La cama está manchada con su sangre y mi corrida. Las empleadas se van a enterar, sobre todo, Anna. Si perteneciéramos a La Sagrada Famiglia esto sería un digno espectáculo para su tradición de las sábanas sangrientas. Sábanas que la pareja recién casada debe enseñarle a todos los invitados para probar la pureza de la novia.
Sofi sigue mi mirada y su rostro se sonroja. –Supongo que debí haber sentido eso –murmura.
Sonrío. –Estabas concentrada en otra cosa.
Mira mi cuerpo desnudo y se tensa. –¡No usaste preservativo! –me acusa e intenta golpear mi pecho, pero detengo su mano y me recuesto sobre ella para inmovilizarla.
–No usaré un preservativo contigo. Nunca.
–Puedes haberme dejado embarazada, imbécil –sisea e intenta golpearme nuevamente, pero la retengo con mi peso.
Entierro mi rostro en la curva de su cuello e inhalo su dulce olor.
–Si eso pasa nos casamos y así serás mía –digo con una sonrisa. No me parece una mala idea para nada.
–¡No es gracioso, Capo!
Tomo su rostro. –No estoy bromeando.
–¡Eres el peor padre que conozco! No le haría eso a mi hijo –escupe furiosa–. Y no puedes amar, tú lo has dicho, merezco un hombre que me ame y que ame a nuestro hijo –agrega con vehemencia.
Tomo su mentón. –No voy a dejar que otro hombre te toque –mascullo. Juro que mataré a cualquiera que se atreva a mirarla siquiera.
Pone los ojos en blanco. –Compraré la pastilla del día después –sisea–. Y ya quítate de encima.
Me alejo un poco, pero solo para verla mejor. Se ve preciosa cuando está furiosa.
Se levanta de la cama y comienza a buscar su ropa, quejándose cuando se inclina.
–Ten cuidado.
–¡No me hables!
Me callo automáticamente cuando me grita, y luego me doy cuenta que no tengo por qué hacerle caso a una malcriada como ella.
–Vuelve a la cama, Sofía.
–No.
–Hazlo –insisto.
Comienza a maldecir en italiano y sin poder evitarlo camino hacia ella y cojo su rostro en mis manos antes de besarla.
Me encanta su sabor.
Se resiste al principio, pero luego me devuelve el beso con hambre.
–No discutas conmigo –mascullo en sus labios.
Pasa sus uñas por mi cuero cabelludo. –Discutir es la única manera que tenemos de comunicarnos –dice con una sonrisa–. Me gusta.
Sonrío antes de besar la punta de su nariz. –Te deseo nuevamente.
–Te quedarás con las ganas, Capo. Debo ir a ver a Mía.
–No.
–Sí –contradice por millonésima vez.
Esta mujer no sabe obedecer.
Comienza a retroceder, pero yo la sigo, pegándola más a mi cuerpo y besándola en sus labios y cuello.
Abre la puerta y gruño en su cuello. No quiero que se vaya, no todavía.
–Gracias, Capo, ya no pica más.
Sonrío y vuelvo a darle un último beso antes de que desaparezca de mi vista.
Cierro los ojos y comienzo a reír a carcajadas.
Esta malcriada acabará conmigo.