Una oprimida joven con su loba adormecida por veneno huye hacia su destino al descubrir que el implacable Alfa del Norte es su predestinado.
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Capítulo 12 : Revelaciones bajo la escarcha y el peso de la verdad
Mientras Caroline se alejaba del palacio mascullando insultos y subiendo furiosa a su carruaje rumbo a casa, creyendo que su sobrina ya se había marchado o la esperaba, otro joven rondaba los pasillos del castillo con inquietud. Alexis había acudido a la fiesta con un pequeño obsequio para Mikeila, pero al no encontrarla por ninguna parte y ver de reojo el carruaje de la señora Caroline partiendo a toda prisa, asumió con pesar que la muchacha ya se había retornado a su infierno particular.
Dentro de las paredes del estudio privado, la realidad era muy distinta. Harlan empujó la puerta y entró con paso firme. Mikeila, que se había mantenido entretenida ojeando uno de los pesados volúmenes de estrategia militar, levantó la vista con total tranquilidad.
—¿Ya acabó el festejo del nuevo Alfa? —preguntó ella con una ceja alzada.
Harlan no respondió de inmediato a su pregunta; se limitó a observarla con una mezcla de fascinación y una ligera sonrisa de medio lado.
—Digamos que ya me aburrí —se limitó a decir él.
—Ah... —murmuró ella, cerrando el libro con cuidado y asimilando sus palabras sin notar el profundo peso de lo que el joven acababa de confesar. Se puso de pie con agilidad—. Entonces, ¿ahora me lleva a donde prometió?
—A mis aposentos —respondió Harlan con naturalidad, abriendo la puerta para que salieran al pasillo—. No te preocupes por tu tía; ya se marchó del palacio, así que no te verá.
Mikeila exhaló un suspiro de alivio y caminó un poco más relajada a su lado, aunque la inmensidad de los pasillos reales seguía intimidándola. Mientras avanzaban entre columnas de mármol y cortinajes oscuros, la curiosidad pudo más que su prudencia.
—Dime... ¿Por qué te urge tanto huir de tu tía? —inquirió Harlan de pronto, mirándola de reojo con un interés genuino que intentaba descifrar el pasado de la muchacha.
Mikeila soltó una risa corta, amarga y sin gracia, apretando los dedos contra la tela de su vestido.
—Porque es una mujer que solo me ve como una moneda de cambio —confesó con la voz temblorosa de rabia—. Un día, al volver a casa antes de tiempo, la escuché hablando con un desconocido. Quería venderme al Este como esposa. No sé a quién ni por cuánto, solo supe que en ese maldito instante tenía que salir de allí a como diera lugar.
A su lado, Harlan sintió que una ola de hielo oscuro recorría sus venas. El nombre del Este y la mención de ventas y acuerdos comerciales provocaron que su lobo interno diera un gruñido sordo y asesino. Contuvo el aliento, manteniendo la rabia bajo un control férreo.
—¿Y tus padres? ¿Dónde están tu padre o tu madre? —preguntó el joven con voz contenida.
Mikeila titubeó, bajando la mirada hacia el suelo de piedra.
—Mi padre se fue en busca de trabajo fuera de aquí, o al menos eso fue lo que me dijo antes de marcharse... Y mi madre... a mi madre apenas la recuerdo. Desapareció cuando yo era muy pequeña, y mi padre jamás quiso hablarme de ella.
Sin darse cuenta de hacia dónde se dirigían, inmersos en la profundidad de la charla, los pasos de Mikeila se detuvieron de golpe al cruzar un umbral. Estaban frente a una habitación de dimensiones colosales, decorada con pieles oscuras, muebles de roble macizo y ventanales enormes cubiertos de escarcha. Era, sin lugar a dudas, la recámara principal del joven noble.
—Es... ¿Es aquí donde vive? —preguntó Mikeila con los ojos abiertos de par en par, sintiendo que el aire se le atragantaba.
Harlan esbozó una sonrisa divertida y dominante, apoyándose contra el marco de la puerta.
—¿Dónde más iba a vivir el dueño de este imperio? —respondió con total naturalidad.
Mikeila sintió que el alma se le caía a los pies. Abrió los ojos desmesuradamente, se inclinó en una torpe y apresurada reverencia y deseó con toda su alma que la madre tierra se abriera y se la tragara en ese mismo instante. ¡Había estado tratando con el mismísimo Alfa del Norte como si fuera un don nadie! Lo había cuestionado, le había hablado con arrogancia, lo había mandado a callar y lo había tratado con una absoluta y descuidada falta de respeto.
Al ver el pánico pintado en su rostro, Harlan no pudo evitar soltar una carcajada genuina que retumbó en la estancia.
—Tranquila, no pongas esa cara. Me gusta cómo hablas; tienes una lengua muy filosa —bromeó él, acercándose un paso—. No voy a torturarte por eso... Por ahora —murmuró con una nota de picardía en la voz.
Mikeila enderezó la espalda de inmediato, clavando sus intensos ojos azules en los suyos con un escalofrío recorriéndole la espina dorsal.
—¿Qué quiere decir con "por ahora"? —preguntó con la voz entrecortada, sintiendo que, al entrar a esa habitación, acababa de meterse directa y voluntariamente en la boca del lobo.