Lian es un omega recesivo con un aroma tan tenue que casi nadie lo nota. Y así lo prefiere. En el Conglomerado Valerius es el mejor analista del área de ventas y, al mismo tiempo, el padre soltero de dos gemelos de seis años con cabello blanco como la nieve y ojos de un gris imposible de olvidar.
Hace siete años, una noche de tormenta y un alfa dominante sin rostro lo cambiaron todo. Por la mañana, Lian despertó solo. Desde entonces ha guardado ese secreto con uñas y dientes.
Hasta que llega Dominic Valerius, el heredero del imperio: frío, implacable, de ojos de tormenta y un aroma a tierra mojada que Lian conoce demasiado bien.
Dominic sospecha de él. Lian le huye. Pero hay olores que el cuerpo no olvida, y una noche de lluvia, en la habitación 408 de un hotel, ya no habrá modo de seguir fingiendo.
Cuando la verdad salga a la luz, también saldrán a la luz los enemigos que esperan en la sombra de la familia Valerius. Porque proteger a los hijos de un alfa poderoso tiene un precio... y no todos están dispuestos a que esa familia siga unida.
¿Podrá un omega que lo perdió todo defender la familia que nunca se atrevió a soñar?
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Capítulo 14
Capítulo 14: Sombras en la puerta
Los días siguientes transcurrieron en un equilibrio delicado. En las oficinas del Conglomerado Valerius, la dinámica entre el director y el analista sénior había cambiado de un modo invisible para los demás, pero abrumador para ambos.
Dominic mantenía un tono impecable y profesional durante las reuniones de equipo, aunque la frialdad gélida de la semana anterior se había evaporado por completo. Ahora, cada entrega de un informe traía roces sutiles de dedos cuando Lian le pasaba las carpetas, miradas intensas que duraban un segundo más de lo necesario y notas escritas a mano por Dominic en la esquina de los documentos: elogios discretos a la precisión de las cifras de Lian, acompañados de su firma inconfundible.
Para Lian, era un tormento dulce y aterrador. Cada gesto de cariño de Dominic le hacía florecer el corazón, pero la culpa y el miedo a que su secreto fuera descubierto le ardían en lo más hondo del alma como una alarma constante.
Era un jueves por la noche, cerca de las siete. La llovizna volvió a caer sobre la ciudad y dejó el aire fresco y el tráfico lento.
Lian estaba en la cocina de su pequeño departamento, con un delantal sencillo sobre los jeans y un suéter de lana suave. El aroma acogedor de una sopa caliente llenaba el ambiente. En la sala, Yuri y Ren estaban sentados en la alfombra, rodeados de lápices de colores y hojas, dibujando muy concentrados.
—¡Mamá! ¡Mira el dragón que hice! —gritó Ren, levantando la hoja en el aire con una sonrisa orgullosa.
—Está muy bonito, mi amor —respondió Lian desde la cocina mientras ponía tres tazones en la mesa—. Pero ahora toca recoger el tiradero para cenar. Yuri, ayuda a tu hermano, por favor.
—¡Está bien, mamá! —contestó enseguida el niño de cabello blanco, y empezó a juntar los lápices regados.
Fue justo en ese instante cuando tres golpes firmes y acompasados resonaron en la puerta de entrada.
Lian se quedó quieto, con el cucharón en la mano. Parpadeó, confundido. No esperaba visitas. Dylan estaba de viaje por trabajo y la niñera no vendría hasta el fin de semana.
—¿Quién es, mamá? —preguntó Ren, curioso, ladeando la cabeza.
—No sé, cariño. Seguro se equivocaron de departamento —dijo Lian, secándose las manos con el trapo de cocina y yendo hacia la entrada.
Se asomó por la mirilla. Y el mundo a su alrededor pareció dejar de girar.
En el pasillo sencillo del edificio, con un paraguas negro y una elegante bolsa de papel de una pastelería famosa, estaba Dominic Valerius.
El alfa llevaba un traje gris oscuro sin corbata y el abrigo ligeramente húmedo en los hombros. Su presencia en aquel pasillo modesto parecía fuera de lugar, surreal y arrolladora.
El pánico golpeó a Lian como una descarga eléctrica. Retrocedió un paso y se tapó la boca con la mano, con el pecho subiendo y bajando en bocanadas descontroladas.
¿Cómo descubrió dónde vivo? ¡¿Por qué está aquí?!
—¿Lian? —la voz grave de Dominic resonó al otro lado de la madera, apagada pero clara—. Sé que es algo tarde, pero vi que la luz estaba encendida. Pasé por la pastelería cerca de la oficina y me acordé de que te gusta la tarta de limón... ¿Podemos hablar un momento?
Lian se paralizó. El olor denso e inconfundible a tierra mojada empezó a filtrarse por las rendijas de la puerta y a inundar el pequeño recibidor.
En la sala, Yuri levantó la cabeza de golpe. El pequeño alfa de seis años frunció el ceño y olfateó el aire.
—Mamá... —dijo Yuri en voz alta, poniéndose de pie en la alfombra con su hermano justo detrás—. ¡Ese es el olor del hombre de la tormenta! ¿Está ahí afuera?
—¡Yuri, Ren, quédense en el cuarto! ¡Ahora mismo! —susurró Lian con una desesperación contenida, volviéndose hacia sus hijos con los ojos verdes muy abiertos.
—Pero mamá... —protestó Ren, extrañado por el pánico en el rostro de Lian.
—¡Por favor, mis amores! ¡Entren al cuarto y cierren la puerta! ¡Mamá va en un momento! —insistió Lian, con la voz temblorosa.
Los dos niños, al notar la gravedad en la mirada de Lian, obedecieron de mala gana: corrieron al cuarto y dejaron la puerta entornada, con una pequeña rendija para espiar.
Lian respiró hondo, trató de tragarse el nudo que tenía en la garganta y quitó los seguros con manos temblorosas. Abrió la puerta lo justo para que su cuerpo tapara el paso, con el rostro tenso.
—Dominic... —dijo Lian en voz baja, con la voz quebrada—. ¿Qué... qué haces aquí? ¿Cómo conseguiste mi dirección?
Dominic sonrió con suavidad y levantó la bolsa de papel. Sin embargo, al ver la palidez en el rostro de Lian y el temblor evidente de sus hombros, la sonrisa del alfa se borró al instante y dio paso a una mirada preocupada.
—La saqué de tu expediente de Recursos Humanos —explicó Dominic, bajando la voz a un tono más cálido—. Perdona si te asusté. No era mi intención invadir tu espacio. Solo quería verte un rato y traerte esto... ¿Estás bien? Parece que hubieras visto un fantasma.
—Yo... estoy bien —mintió Lian, aferrado al marco de la puerta con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—. Es que... no deberías haber venido. No es buen momento, Dominic. Estoy ocupado y...
Antes de que Lian terminara de inventar una excusa para mandarlo de vuelta, un sonido leve de pasos descalzos sobre el piso de madera resonó dentro del departamento.
Dominic alzó los ojos gris oscuro y miró por encima del hombro de Lian.
Por la abertura del pasillo interior habían salido dos niños de seis años. Yuri y Ren avanzaron lado a lado, curiosos y protectores, y se detuvieron a pocos metros detrás de la figura pequeña de Lian.
El aire en la puerta del departamento se congeló.
La mirada de Dominic cruzó el espacio iluminado de la sala y se clavó en los dos niños.
El paraguas que sostenía en la mano izquierda se le resbaló y cayó al suelo con un golpe sordo.
Dominic dejó de respirar.
Cabello blanco como la nieve más pura. Piel clara y mejillas regordetas. Y unos ojos... ojos de un gris cristalino, idénticos a los suyos de niño, idénticos a los que veía en el espejo todas las mañanas.
Más allá de aquel parecido aplastante, una oleada súbita y biológica golpeó los sentidos de Dominic. El aire entre él y los dos niños pareció vibrar. Las feromonas primordiales de padre e hijos —el linaje dominante puro reconociendo su propia sangre— chocaron en el aire como un trueno silencioso.
Dominic dio un paso lento hacia adelante, sin hacer caso de la postura defensiva de Lian. Su mirada iba de Yuri a Ren, con el shock absoluto y el desconcierto marcados en unas facciones por lo general inexpresivas.
—Lian... —la voz de Dominic salió entrecortada, ronca, casi un susurro destrozado por el impacto del descubrimiento—. ¿Quiénes... quiénes son esos niños?
Lian cerró los ojos con fuerza, y una lágrima caliente le resbaló por la mejilla mientras su secreto de siete años se derrumbaba por completo bajo la luz de aquella puerta.