el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.
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un final inesperado
—¡¿Qué demonios le hiciste?! —exigí a gritos, apretando la empuñadura de mi espada —. ¡Habla, mujer!
Ania soltó una carcajada estridente, haciendo rotar una de sus dagas sobre el índice con absoluta despreocupación.
—Jajaja, calma, humano. No está muerta... o bueno, no todavía —respondió, echando la cabeza hacia atrás mientras sus guerreras nos cerraban el paso por completo—. Ahora son nuestros prisioneros. Ya veremos qué clase de utilidad podemos sacar de ustedes dos.
—¡Cállate! —reaccioné, sintiendo la ira hervirme en las venas mientras me posicionaba frente al cuerpo inconsciente de la elfa—. Las mataré a todas ahora mismo. ¡Quítense de mi camino!
Ania enarcó una ceja, divertida por la ferocidad de mi respuesta.
—Woow... Miren al hombrecito guerrero. —Sonrió con malicia, mostrando unos colmillos afilados—. Dime, humano, ¿tantas ganas tienes de morir? Está bien. Será un honor para ti ser despedazado por la belleza más letal de este bosque: yo.
—¡Jajaja! ¡Líder, no sea egoísta! —intervino desde la retaguardia una guerrera alta con rasgos de pantera llamada Ikira—. ¡Déjenos jugar un poco a nosotras también!
—Ja, ja. Si sobrevive a mí, dejaré que jueguen con él más tarde —sentenció Ania, dando dos pasos al frente y cruzando sus dos largas cuchillas.
Sin perder un segundo, desenvainé la Espada de las Cinco Voluntades y adopté una postura de combate baja.
—Bien, mocoso. ¡Ahora no parpadees!
¡FLASH!
La guerrera desapareció de mi campo visual en un parpadeo. El aire a mi espalda se cortó de golpe y reaccioné por puro instinto, agachándome de milagro mientras el aire helado de sus dagas me peinaba el cabello.
—Vaya, vaya... Que niño tan interesante —murmuró Ania, apareciendo tras de mí con una sonrisa felina—. La mayoría de los machos humanos mueren con ese primer ataque. Muy bien, ¡ahora va en serio!
El chispazo del metal resonó en el claro del bosque. La fuerza de sus embestidas era descomunal; sus golpes venían cargados de una furia salvaje, pero también de una técnica pulida en cientos de cacerías. Sus cuchillas se movían como relámpagos, acorralándome paso a paso. Sabía que, de continuar a la defensiva, tarde o temprano rompería mi guardia y me decapitaría.
Tenía que romper su ritmo como fuera. En un duelo a muerte contra una bestia salvaje no existen reglas ni moralismos.
Aprovechando una pequeña apertura cuando ella se abalanzó para acorralarme con el torso descubierto, me abrí paso entre sus hojas y le clave un mordisco limpio y feroz directamente en uno de sus enormes pechos.
—¡Kiiiiá! ¡Mocoso de mierda, qué demonios...! —chilló Ania, perdiendo la concentración por el impacto y el dolor imprevisto.
Aproveché su desconcierto al instante y descargué un puñetazo brutal con el pomo de la espada directo a su mandíbula. El impacto la hizo tambalear varios metros hacia atrás. Pensé que eso la derribaría definitivamente.
—Jajaja... Vaya, vaya —se burló Ania, escupiendo un hilo de sangre y limpiándose los labios con el dorso de la mano—. El hombrecito resultó tener pelotas. ¡Muy bien! ¡Sigamos!
La pelea se reanudó con una violencia aún mayor. La mujer era increíblemente rápida y fuerte, pero tras varios intercambios de acero logré notar un sutil desperfecto en su postura: sus rodillas cedían ligeramente cada vez que cargaba todo el peso para un estocada frontal.
Cambié drásticamente de la defensiva a una ofensiva agresiva. Esquivé un corte bajo, barrí su apoyo con una patada recta a sus articulaciones y conecté un golpe seco en la parte posterior de sus piernas. Las rodillas de la felina colapsaron contra el suelo húmedo.
Antes de que pudiera reaccionar, le encajé el frío filo de la Espada de las Cinco Voluntades directamente en la yugular.
—He ganado, mujer —sentencié, respirando con dificultad y sosteniendo la mirada.
El silencio se apoderó del bosque. Las guerreras de la tribu murmuraban entre sí, incapaces de dar crédito a lo que acababan de presenciar.
Ania me observó desde el suelo. La furia en sus ojos felinos se disipó de golpe, siendo reemplazada por un brillo de profunda admiración y lujuria salvaje.
—Vaya, vaya... Hombrecito... No, más bien: macho —sonrió de lado, dejando caer sus dagas a la hierba—. Me has derrotado.
—Sí —dije, ajustando el agarre sobre la espada—. Así que ahora...
—¡Felicidades, Jefa! —gritó de pronto Lurika desde el grupo de guerreras, alzando su lanza—. ¡Le deseamos la mejor de las dichas en su matrimonio!
—¿...Qué? —me quedé helado.
Antes de que pudiera procesar la situación, Ania desvió el filo de mi espada con la palma de la mano, se puso de pie de un salto y rodeó mi cuello con sus poderosos brazos. Sin darme tiempo a reaccionar, estampó sus labios contra los míos en un beso salvaje y hambriento que me dejó sin aire.
—Bien, macho. Acepto ser tu esposa —declaró Ania con orgullo, volviéndose hacia su tribu mientras me sujetaba con firmeza—. ¡Guerreras, celebren! ¡Llévense a la bruja elfa y vayamos a casa!
Sin darme margen para protestar, me levantó sobre sus hombros como si fuera un saco de grano. La fuerza física de esta mujer era simplemente absurda.
—¡¿Qué?! —pataleé en el aire, sintiendo cómo el rostro se me encendía de vergüenza y rabia—. ¡Suéltame! ¡Basta, mujer! ¡Bájame ahora mismo!
—Ahorra tus fuerzas para la noche de bodas, esposo mío —se burló Ania con una risotada felina, echando a correr por las copas de los árboles con el resto de las Guardianas del Bosque.