Victoria Black fue víctima de una terrible traición por parte de su hermana y su esposo llevándola a una muerte con arrepentimientos, pero el universo le ha regalado una segunda oportunidad, esta vez con conocimiento del futuro le va a conocer el verdadero amor y los que la hicieron sufrir se las van a pagar con intereses.
NovelToon tiene autorización de Nancy Hurtado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El lago
Capítulo 24
El lago
La oficina de la profesora Carla Márquez estaba en el tercer piso del edificio de Humanidades, al final de un pasillo que olía a papel viejo y a café recalentado.
Toqué dos veces. Ella abrió enseguida, como si hubiera estado esperando junto a la puerta.
—Pasa. Cierra con seguro, por favor.
Obedecí.
La oficina era pequeña. Había libros apilados en el suelo, plantas que nadie regaba y una fotografía enmarcada sobre el escritorio que Carla giró boca abajo cuando me vio mirarla.
—No —le dije—. Déjela.
Dudó. Después volvió a girarla.
Eran dos mujeres jóvenes con toga de graduación, abrazadas y riendo bajo el sol.
Una era Carla, veinte años más joven.
La otra era mi madre.
Me senté porque las piernas dejaron de sostenerme.
—Estudiamos juntas —dijo Carla en voz baja—. Fuimos compañeras de habitación durante cuatro años. Fui la madrina de su boda.
—¿Y por qué nunca supe nada de usted?
—Porque después de que Isabel murió, tu padre dejó claro que no era bienvenida en tu vida. —Hizo una pausa—. Y tu abuela me pidió que esperara.
Otra vez esa palabra.
Esperar.
Todos habían esperado. Todos menos yo, que había vivido sin saber nada.
—¿Esperar a qué?
—A que tú vinieras a preguntar.
Carla abrió un cajón con llave y sacó un cuaderno de tapas azules, gastado en las esquinas. Lo dejó sobre el escritorio, entre nosotras, pero no lo soltó.
—Antes de dártelo, necesito que sepas algo.
Tu madre no estaba loca.
—Nunca dije que lo estuviera.
—Todos los demás sí. —Su voz se quebró—. Dijeron que estaba deprimida, que no soportó lo de tu padre, que se tomó demasiadas pastillas a propósito.
Yo tenía ocho años cuando ocurrió. Lo único que me dijeron fue que mamá se había ido a dormir y no había despertado.
Nadie me habló nunca de pastillas.
—Isabel sí estaba triste —continuó Carla—. Tu padre había metido a esa mujer y a su hija en la casa. Le recetaron antidepresivos y los tomaba como le indicaron. Pero unas semanas antes de morir me llamó asustada.
—¿Por qué?
—Decía que las pastillas tenían otro sabor. Que se sentía peor desde que las tomaba. Que se mareaba, que olvidaba cosas, que a veces no podía levantarse de la cama.
Mis manos se cerraron sobre las rodillas.
—¿Lo denunció?
—Le dije que lo hiciera. Me respondió que nadie le creería a una mujer con depresión que acusaba a la amante de su esposo. —Carla deslizó el cuaderno hacia mí—. Una semana antes de morir me dio esto. Me pidió que lo guardara.
Lo tomé.
En la primera página reconocí una letra redonda e inclinada, la misma de las notas que mi madre dejaba en mi lonchera.
"Para mi Victoria, por si algún día lo necesita".
Tuve que cerrar los ojos.
—¿Y usted qué hizo después de su muerte?
—Fui con tu abuela. —Carla se limpió una lágrima—. Elena me escuchó. Me dijo que ella se encargaría, que si yo hablaba en ese momento, la persona responsable te haría daño a ti.
—¿A mí?
—Tenías ocho años y vivías bajo el mismo techo.
Bajo el mismo techo que Mariana.
Recordé el pastillero. El sonido de las pastillas golpeando el plástico. Y la imagen apareció, más clara que nunca.
Ese día no fue solo una discusión por una muñeca.
Lucía había roto la muñeca que me regaló mi abuela. Yo lloré, le grité y salí corriendo hacia el lago, ella me siguió, me alcanzó en la orilla.
Tenía diez años, el vestido limpio y una expresión de satisfacción que ninguna niña debería tener.
—No llores por una muñeca —me dijo—. Llora por tu mamá.
—¿Qué?
Se acercó a mi oído.
—Mi mamá dice que la tuya se va a morir hoy.
Retrocedí para alejarme de ella. Di un paso, luego otro y el suelo desapareció bajo mis pies.
El agua estaba helada. El vestido me arrastraba hacia el fondo. Lucía no gritó, no pidió ayuda. Se quedó mirando desde la orilla.
Después, una mano. La voz de un niño.
"No cierres los ojos".
Cuando desperté en casa, con la cabeza vendada, mi madre ya estaba muerta.
Abrí los ojos.
Carla me miraba con preocupación.
—Victoria, ¿estás bien?
—Lucía lo sabía.
—¿Qué?
—Ese día, en el lago. —Mi voz sonaba lejana—. Lucía me dijo que mi madre iba a morir.
Unas horas antes de que pasara.
Carla se llevó una mano a la boca.
—Una niña de diez años...
—Repitió lo que escuchó en su casa.
Ninguna de las dos dijo nada durante un largo rato.
Durante años había creído que el recuerdo me lo habían robado por accidente, por el golpe en la cabeza. Ahora entendía por qué nadie había intentado ayudarme a recordar.
Les convenía que olvidara.
—¿Puedo llevarme el diario?
—Es tuyo. Siempre lo fue.
Lo guardé contra el pecho, me levanté y caminé hasta la puerta. Antes de salir, me giré.
—Profesora —Respiré hondo—. Gracias por no tirarlo.
Ella sonrió con tristeza.
—Isabel habría estado orgullosa de ti.
No leí el diario en el pasillo, ni en el auto.
Esperé hasta llegar al estacionamiento, apagué el motor y lo abrí sobre el volante.
Había notas sobre mí, mis dibujos, mis berrinches, la primera vez que monté en bicicleta. Había páginas tristes sobre mi padre.
Había fechas, horarios de las pastillas y anotaciones sobre cómo se sentía cada día.
Cada página era peor que la anterior.
Llegué a la última. La letra era distinta, temblorosa, como si a mi madre le hubiera costado sostener el lápiz.
Solo había una línea.
"Si me pasa algo, fue Mariana".