Víctima de la traición y de los falsos rumores orquestados por quien creía su hermano de crianza, Melody muere trágicamente en la helada solitud de la corte imperial. Convertida en un espectro atado a la tierra antes de que la magia del tiempo le otorgue una segunda oportunidad, presenciará la macabra verdad tras las sonrisas de la aristocracia y jurará reescribir su destino.
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Capítulo 13: La puerta cerrada para el conde
A las diez de la mañana, el sol brillaba con fuerza sobre el patio de honor de la residencia ducal de Westfall. Un elegante carruaje de madera negra con el escudo de armas de la familia Rosewood —una rosa envuelta en espinas de plata— se detuvo frente a la gran escalinata de entrada.
De la cabina descendió Felipe, vistiendo una impecable chaqueta de paseo color verde oliva con botones de oro pulido y guantes de cabritilla blanca. Llevaba en la mano un fino ramo de lirios blancos, las flores favoritas que solía regalarle a Melody para mantenerla cautiva bajo su imagen de "caballero atento y protector".
Felipe subió los escalones de mármol con un caminar pausado y lleno de arrogancia contenida. En su mente, la rutina de esa mañana ya estaba trazada de forma perfecta: entraría a la residencia, buscaría a Melody en la terraza o en el salón de música, le ofrecería el ramo con su habitual sonrisa encantadora, mantendría una conversación trivial sobre el vestuario para la Gala de Primavera y se aseguraría de que la joven duquesa permaneciera aislada de cualquier otro contacto social hasta la noche del evento, donde él pensaba lanzar su gran bomba política al anunciar su compromiso con Julieta.
Al llegar a las majestuosas puertas dobles de roble, se disponía a entrar con la familiaridad de quien consideraba esa mansión como su segundo hogar, pero la puerta no se abrió de par en par como de costumbre.
En su lugar, la puerta derecha se abrió apenas lo suficiente para que la figura imponente del anciano Benedict, el mayordomo principal de la casa Westfall, saliera al descansillo. Benedict vestía su frac impecable y mantenía una postura rígida, con la mirada fría y profesional fija en el joven conde.
—Buenos días, Benedict —saludó Felipe con una sonrisa ligera, haciendo un amago de avanzar hacia el interior—. Acompañaré a la señorita Melody a tomar el té de la mañana. Por favor, haz que lleven dos tazas a la terraza.
Benedict no se movió un solo milímetro. Permaneció bloqueando el paso con una solemnidad inquebrantable y cruzó las manos tras la espalda.
—Mis más sinceras disculpas, Lord Felipe —dijo el mayordomo con un tono de voz pulido, helado y perfectamente educado—. Sin embargo, me temo que no será posible que ingrese a la residencia en el día de hoy.
Felipe se detuvo en seco. Parpadeó, descolocado por las palabras del sirviente, y soltó una risita suave y condescendiente.
—¿De qué estás hablando, Benedict? Sabes perfectamente que tengo libre acceso a la casa ducal. Si Melody está ocupada con sus clases de etiqueta o con sus modistas, puedo esperarla en la biblioteca sin ningún problema.
—La señorita Melody no está ocupada con sus clases, milady ha dado instrucciones expresas —respondió Benedict, acentuando cada palabra con implacable precisión—. La joven duquesa se encuentra indispuesta de salud y ha solicitado permanecer en estricto reposo y soledad. Ha ordenado de manera categórica que no se le permita el ingreso a ningún visitante, sin excepción alguna.
La sonrisa de Felipe comenzó a congelarse en sus labios. Una arruga de molestia se dibujó entre sus cejas.
—¿Indispuesta? ¿Desde cuándo? Ayer por la tarde se encontraba perfectamente —dijo él, dando un paso hacia adelante e intentando mirar por encima del hombro del mayordomo hacia el gran vestíbulo—. Es mi deber como su amigo más cercano verificar su estado. Déjame pasar, Benedict. No la molestaré, solo me aseguraré de que no sea nada grave.
—Le ruego que me disculpe nuevamente, Lord Felipe —dijo Benedict, manteniendo la voz firme y sin ceder un solo centímetro—. Pero las órdenes de la señorita Melody han sido claras, precisas y absolutas. Ni siquiera sus padres han interferido con su deseo de no ser molestada. Si gusta dejar el ramo de flores, me encargaré de que un sirviente lo coloque en el salón principal, pero usted debe retirarse.
Felipe apretó el tallo de los lirios con tanta fuerza que las hojas se aplastaron bajo su guante de piel. Un destello de ira e incredulidad cruzó por sus ojos avellana. Jamás en los últimos diez años se le había negado la entrada al palacio Westfall. Él era el hombre más cercano a la heredera; él era quien controlaba quién entraba y salía de la vida de Melody. Sentir que una simple orden de la joven le cerraba las puertas en las narices era un golpe seco a su enorme orgullo aristocrático.
—Entiendo... —murmuró Felipe, forzando una sonrisa tensa y visiblemente molesta—. Si la señorita Melody está tan 'indispuesta', no seré yo quien interrumpa su descanso. Entrégale estas flores y dile que vendré a visitarla mañana a la misma hora.
—Transmitiré su mensaje, milady decidirá si puede recibirlo o no. Que tenga un buen día, Lord Felipe.
Benedict realizó una inclinación de cabeza estrictamente protocolaria y retrocedió, cerrando la pesada puerta de roble en la misma cara del conde con un sonido sordo y definitivo.
Felipe se quedó de pie en el descansillo de mármol durante varios segundos, masticando la humillación en silencio. Apretó los dientes con rabia, dio media vuelta bruscamente haciendo volar las faldas de su chaqueta verdes y descendió los escalones a paso acelerado hacia su carruaje.
Mientras tanto, en el segundo piso del palacio, detrás de los cristales tintados de la ventana de su dormitorio principal, Melody observaba la escena.
Llevaba una taza de té tibio entre sus manos y contemplaba con fría satisfacción la figura de Felipe alejándose furioso hacia su carruaje. Vio cómo el conde arrojó el ramo de lirios al suelo antes de subir a la cabina y cómo el vehículo se alejaba a toda prisa por el sendero de grava.
—Esto es solo el comienzo, Felipe —susurró Melody, dando un sorbo a su té mientras una sonrisa helada se dibujaba en sus labios—. Acabas de probar solo la primera gota del rechazo que te espera.