Elías tiene 19 años. Pospone la universidad por la muerte de su hermana y se va a Moonvale a trabajar de bibliotecario de día y mesero de noche.
Una noche encuentra dos bebés abandonados en la biblioteca. Nadie los reclama. Si los deja, irán a un orfanato. Decide criarlos como suyos.
Lo que no sabe es que Lyra y Milo no son normales. Crecen muy rápido, aúllan a la luna y sus ojos brillan como lobos. Son hombres lobo, los últimos Alfa.
Ahora tiene que comprar una cabaña en el bosque, aprender a ser papá lobo, protegerlos de los cazadores del pueblo y no enamorarse del veterinario que le está ayudando a criarlos.
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CAPÍTULO 18 - La foto familiar
Marta trajo una cámara vieja a la casa chica el sábado. De esas con rollo amarillo.
En Moonvale no hay fotógrafo profesional. Solo Marta con su cámara vieja y el señor que revela en Coyhaique que cobra caro.
Don Héctor dijo que en su juventud no había fotos familiares porque no había plata para cámara. Ahora hay celulares, pero Marta prefiere cámara con rollo porque dice que sale con más cariño.
—Me la regaló mi hijo —dijo—. Quiero sacarles una foto familiar. Nunca tuvieron.
Lyra y Milo nunca se habían sacado foto juntos quietos. Se movían, se lamían, se mordían jugando.
—Tienen que estar quietos dos segundos —dijo Marta.
—Dos segundos es mucho para ellos —dije. Tenía el pelo castaño creciendo otra vez, ya me llegaba a los hombros, con mechón corto todavía adelante que me tapaba un ojo.
—Inténtalo —dijo Marta.
Era domingo. Silas vino con camisa limpia. Se había peinado.
—Yo también salgo —dijo—. Si soy familia.
—Sí —dijo Marta—. Tú también.
Pusimos una manta vieja en el patio cerrado, con el cerco chueco de fondo y el bosque verde atrás. Senté a Lyra y Milo en la manta con esfuerzo porque no se quedaban quietos. Les puse ropa limpia sin barro, cosa rara en ellos.
Silas se puso nervioso con foto. Dijo que nunca sale bien en fotos porque cierra los ojos. Le dije que cierre los ojos igual, que así sale más lindo.
Lyra se peinó con mis peines chica. Se hizo dos colitas con lana que le hizo Marta. Dijo que quería parecerse a mí con dos trenzas como en primavera.
Milo no se quiso peinar. Dijo que lobos no se peinan. Le dije que lobos sí se peinan si tienen mamá con pelo largo.
—Mamá, foto —dijo Lyra, mirando la cámara.
—Sí —dije—. Foto familiar. Quietos.
—Papá foto también —dijo Milo.
—Mamá papá foto —mezcló Lyra, tierna, y se sentó derecha.
Marta apuntó.
—Elías, suéltate el pelo —dijo.
—¿Suelto? —dije—. Está chueco, corto.
—Suelto —dijo—. Como loba mamá que eres.
Me solté el mechón y me dejé el cabello castaño suelto, con ondas por la humedad. No tenía trenza hoy. Lo tenía suelto hasta los hombros, con puntas que me hizo Silas.
Silas se puso detrás de nosotros, con una mano en mi hombro.
—Así —dijo Marta—. Elías con pelo suelto, con Lyra y Milo, con Silas atrás. Familia.
Apretó el botón. Flash viejo.
—Una más —dijo—. Ahora que Lyra diga mamá bonita.
Lyra miró la cámara y dijo, clarito:
—Mamá bonita con pelo suelto linda.
Me dio vergüenza y risa. Silas apretó mi hombro.
—Viste —dijo bajito—. Te dice mamá bonita en foto.
Marta sacó otra.
—Ahora Milo.
Milo miró y dijo:
—Mamá pelo lindo, yo lobo lindo.
Todos nos reímos. Marta sacó la foto riendo.
Cuando se acabó el rollo de doce fotos, nos sentamos en la manta a tomar mate dulce. Marta nos contó que su marido tenía pelo largo hasta la cintura cuando joven y que en el pueblo le decían de todo por eso.
Yo escuchaba con Lyra en piernas y Milo en espalda.
—Antes se reían de mi moño —dije—. Ahora me piden trenzas.
—Porque te defendió Silas —dijo Marta—. Y porque no te fuiste.
Silas me miró.
—Te defendí porque me gusta tu pelo —dijo—. Suelto, con trenza, corto, como sea.
—Siempre me defiendes —dije.
—Siempre —dijo.
Esa tarde fuimos los cuatro a revelar la foto a Coyhaique en auto. Marta manejó su auto viejo con nosotros tres atrás apretados, con mi pelo suelto volando por la ventana abierta y Lyra riendo.
El señor de la foto nos miró raro cuando vio la cámara.
—Son familia —dijo Marta—. Revela la mejor.
Nos dio las fotos al día siguiente. Dos fotos salieron movidas, con Lyra con boca abierta aullando. Una salió bien: yo con cabello castaño suelto, con Lyra a mi izquierda con orejas a la vista y sonrisa con colmillos, con Milo a mi derecha con pelota de cuero, con Silas atrás con mano en mi hombro y barba sin afeitar.
—Mamá, foto linda nuestra —dijo Lyra cuando la vio por primera vez en papel.
—Papá foto linda también —dije.
—Mamá papá foto linda —repitió ella, con esa ternura que me hacía guardar la foto como tesoro.
Colgamos la foto grande en El Ciervo, al lado de la barra donde todos la ven. Don Héctor la clavó con chinche dorada y la enderezó dos veces.
—Familia de Moonvale —dijo en voz alta—. Elías con pelo largo, con sus lobitos y con veterinario.
La gente la miró. Nadie se rió. Una señora dijo:
—Qué lindo pelo tiene Elías suelto. Parece león.
—Parece mamá leona —dijo otra, y se rió sin burla.
Silas se puso delante de la foto y dijo:
—Si alguien tiene problema con esta familia, que lo diga ahora. Porque yo estoy atrás con mano en hombro y no me voy a mover.
Nadie dijo nada. Todos aplaudieron. Don Héctor sirvió mote gratis.
Esa noche, en la casa chica, pegué una copia de la foto en el espejo chico donde me hago la trenza.
Lyra la miró y dijo:
—Mamá bonita en foto.
—Sí —dije—. Mamá bonita con pelo suelto.
—Papá bonito también —dijo Milo, abrazándome.
—Mamá papá bonito —mezclaron los dos, tiernos, y me besaron el pelo suelto.
Me acosté con la foto en la mano cerca del pecho, con cabello castaño suelto que ya me llegaba a los hombros otra vez, con dos lobitos que me decían mamá bonita en foto con una ternura enorme y caliente.
Por primera vez no me importó si tenía trenza, moño o pelo suelto.
Porque en esa foto se veía clarito que éramos familia real de verdad, con veterinario atrás que me defiende siempre y con dos lobitos que me dicen mamá sin vergüenza delante de todo Moonvale entero.