Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.
Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.
Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.
Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?
Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.
NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16
Capítulo 16 — Consejo Empresarial: la sesión
—Tu ayuda.
Sebastián levantó la vista por fin.
Valentina sostuvo la mirada como si no acabara de entregar una parte de su orgullo sobre el escritorio. No iba a bajar la cabeza. No iba a explicar otra vez que esto no era para ella, que era para Lumina, para Luna, para los servidores, para Valverde, para cada persona que todavía no había saltado del barco.
Sebastián dejó la pluma.
—Mañana hay sesión del Consejo.
Valentina parpadeó.
—¿Mañana?
—Sí.
—Creí que iba a firmar con Arriaga.
—Voy a respaldar la operación. Pero si Lumina recibe una inversión puente vinculada a un miembro del Consejo, debe pasar por comité de integridad.
—Muy oportuno.
—Es la regla.
—Las reglas aparecen muy rápido cuando usted las necesita.
Sebastián no se defendió.
—También aparecen cuando pueden protegerte.
Valentina no respondió. La palabra proteger ya no explotaba como antes, pero seguía dejando humo.
—¿Qué tengo que hacer?
—Asistir.
—¿Como qué?
—Como directora de Lumina Tecnología y candidata a miembro observador del Consejo para proyectos de innovación industrial.
Ella soltó una risa corta.
—Eso suena inventado.
—Lo aprobaron hace seis meses. Nadie lo usó.
—Hasta que yo necesité cinco millones.
—Hasta que tu empresa calificó.
La diferencia importaba. Valentina odiaba que importara.
Al día siguiente, el edificio del Consejo Empresarial Unión se sintió menos como un salón de networking y más como una arena. La sala principal tenía una mesa ovalada, micrófonos discretos y placas con apellidos que pesaban más que los cuerpos sentados detrás.
Montero.
Herrero.
Valverde.
Ríos.
Navarro.
Valentina ocupó un asiento lateral, sin placa. Rodrigo estaba dos lugares detrás de Sebastián. Don Alfonso Herrero, el padre de Camila, le sonrió con una cortesía que no le llegó a los ojos.
Sebastián entró al final.
Esta vez usaba silla de ruedas.
Nadie miró demasiado. O todos miraron con la experiencia suficiente para fingir que no.
—Iniciemos —dijo.
La primera media hora fue administrativa: reportes, comités, donativos, un proyecto de infraestructura en Querétaro. Valentina tomó notas aunque nadie le pidiera hacerlo. Luego Rodrigo distribuyó el expediente de Lumina.
Antes de que Don Alfonso hablara, Don Ernesto pidió escuchar a la empresa solicitante.
Todas las miradas fueron hacia Valentina.
Sebastián no la miró. Eso, de algún modo, la ayudó más. No le dio una señal, no le ofreció rescate, no le robó el peso de la respuesta.
Valentina encendió el micrófono.
—Lumina solicita una inversión puente de cinco millones de pesos con destino específico: regularización de infraestructura crítica, continuidad del piloto Valverde y costos legales inmediatos contra Diego Paredes. La garantía de Grupo Montero no otorga control operativo, asiento en dirección ni derecho de veto sobre decisiones técnicas.
Don Ernesto la observó por encima de sus lentes.
—¿Y si Lumina no paga?
—Entonces se ejecuta la garantía conforme al contrato, no conforme a relaciones personales.
Una mujer de la Familia Ríos preguntó:
—¿Está dispuesta a presentar estados de avance quincenales?
—Sí. También a que el uso de recursos sea auditado por un tercero elegido por el comité, no por mí ni por Grupo Montero.
Ahí sí algunas cabezas se inclinaron. Valentina entendió el cambio: no estaban viendo una muchacha rescatada, sino a una directora poniendo límites a quien la rescataba.
Sebastián seguía sin intervenir.
Don Alfonso no esperó ni tres minutos.
—Antes de votar cualquier cosa, quiero dejar una observación asentada en acta.
Sebastián giró apenas hacia él.
—Adelante, Don Alfonso.
El hombre acomodó sus lentes.
—El Consejo Empresarial Unión no puede convertirse en una extensión del Grupo Montero. Todos apreciamos la innovación, por supuesto. Pero si cada empresa relacionada personalmente con nuestro presidente recibe acceso privilegiado a capital, estamos frente a un conflicto de interés evidente.
La palabra personalmente cayó sobre la mesa.
Valentina sintió que varias miradas se movían hacia ella.
No se encogió.
Sebastián tampoco.
—Su observación queda asentada —dijo.
Don Alfonso pareció satisfecho. Demasiado pronto.
—Entonces solicito que el proyecto se retire hasta que pueda evaluarlo un comité independiente.
—Ya lo evaluó.
—¿Designado por quién?
—Por reglamento.
Sebastián abrió una carpeta.
—El comité de innovación industrial fue aprobado hace seis meses con voto unánime. Usted votó a favor, Don Alfonso.
Un murmullo pequeño recorrió la mesa.
Don Alfonso no perdió la sonrisa.
—No cuestiono el comité. Cuestiono la influencia.
—Perfecto.
Sebastián cerró la carpeta y miró a Rodrigo.
—Incluyan entonces una auditoría de relación cruzada para todas las inversiones puente vinculadas a miembros del Consejo en los últimos veinticuatro meses.
Don Alfonso dejó de sonreír.
Valentina levantó la vista.
Rodrigo ya tenía otra carpeta preparada.
Claro.
Sebastián no había venido a defenderse. Había venido a abrir una puerta y dejar que otros vieran quién tenía lodo en los zapatos.
—Eso no está en el orden del día —dijo Don Alfonso.
—Puede agregarse por mayoría simple si el presidente considera que protege la integridad del Consejo.
—Y usted es el presidente.
—Correcto.
La palabra no fue arrogante. Fue peor. Fue exacta.
Sebastián miró al resto de la mesa.
—Si el problema es el conflicto de interés, revisémoslo completo. Grupo Montero declarará por escrito su garantía limitada, plazo, monto y renuncia a control operativo sobre Lumina. Quiero el mismo nivel de transparencia de cualquier familia que haya usado vehículos del Consejo para rescatar proveedores, filiales o empresas de amigos.
Nadie habló.
Valentina no entendía todos los nombres que empezaron a moverse en las caras, pero entendió la reacción: Don Alfonso no era el único con empresas rescatadas bajo otro apellido.
Don Eduardo Montero, desde el extremo de la mesa, dio un golpecito con el bolígrafo.
—Votemos la inclusión de auditoría.
La mayoría levantó la mano.
Don Alfonso también, tarde, obligado por su propia acusación.
Sebastián esperó.
—Ahora votemos el expediente Lumina bajo las condiciones de transparencia recién declaradas.
Valentina sintió el pulso en los oídos.
Una mano.
Luego otra.
Carolina Valverde, sentada en representación de su familia, levantó la suya sin mirar a Rodrigo.
Don Alfonso tardó más, pero no podía votar en contra sin admitir que su problema no era la integridad, sino Sebastián.
Levantó la mano.
—Aprobado —dijo Rodrigo.
Valentina soltó el aire solo cuando Luna le escribió:
"¿Seguimos vivos?"
Valentina contestó debajo de la mesa:
"Respirando."
Rodrigo le deslizó entonces una hoja de términos preliminares. No era el contrato final, pero sí el marco: monto, plazo, auditoría externa, garantía limitada y una línea subrayada donde se leía que Lumina conservaría control operativo. Valentina leyó esa línea dos veces antes de firmar recepción.
La sesión terminó con apretones de manos fríos. Don Alfonso se acercó a Sebastián, pero miró a Valentina.
—Espero que Lumina esté a la altura de tanta confianza.
Valentina sostuvo la mirada.
—Lumina estará a la altura de sus contratos.
—Eso espero.
—Yo también.
Sebastián no intervino. No hacía falta.
Al salir al corredor, Valentina caminó junto a él sin saber si agradecer, reclamar o pedir el expediente completo para entender todas las trampas que acababa de ver.
—Eso estaba preparado —dijo.
—Sí.
—Sabía que Don Alfonso iba a atacar.
—Esperaba que lo hiciera.
—Lo usó.
Sebastián detuvo la silla junto a una ventana.
—Él también intentó usarte.
Valentina se quedó callada.
—Pronto van a venir por ti también —dijo él—. ¿Estás lista?
No supo si era una advertencia o una prueba.