Aurora Rivas solo quería sobrevivir aquella noche.
Traicionada por su prometido, drogada por su propia familia y perseguida en un hotel de lujo, terminó en brazos de Damian Montero, el hombre más poderoso de la Ciudad de México… y el Alfa de la manada más antigua.
Para Aurora fue una noche que debía olvidar.
Para Damian, fue el despertar de su lobo.
Ella huyó antes del amanecer sin saber que la mordida que dejó en su hombro no era una simple marca, sino el lugar exacto donde una Luna reclama a su Alfa.
Semanas después, Aurora descubre que está embarazada.
No de un bebé.
De cuatro.
Ahora la familia que quiso destruirla quiere arrebatarle lo único que le queda, mientras la manada Montero empieza a inclinarse ante una humana que jamás pidió ser reina.
Aurora no sabe que nació Luna.
Damian sí.
Y esta vez, el Alfa no va a dejar escapar a su pareja destinada.
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Capítulo 11
Capítulo 011: Bajo la tormenta
Diego Lara no se fue de inmediato.
Después de que los agentes sacaron a Bruno esposado, el hombre de la FGR volvió a la sala y miró a Mariana.
—Necesito su teléfono.
Mariana se pegó el celular al pecho.
—¿Perdón?
—Su teléfono. Ahora.
Ricardo dio un paso al frente.
—Mi hija no está acusada de nada.
Diego ni siquiera parpadeó.
—Entonces no tendrá problema en colaborar.
—Esto es abuso de autoridad.
—Señor Rivas, tengo una orden por Bruno Zavala y una denuncia en proceso por la publicación de material íntimo sin consentimiento, administración de sustancias nocivas y amenazas. Si quiere discutir procedimiento, hágalo con su abogado. Si quiere obstruir una investigación federal, hágalo frente a mis agentes.
Ricardo cerró la boca.
Aurora, todavía de pie junto al sofá, sintió una satisfacción cansada.
Diego no gritaba.
Eso lo hacía peor para ellos.
Mariana miró a Patricia, luego a Felipe.
Felipe encontró algo interesantísimo en el piso.
Cobarde, pensó Aurora.
—No tengo nada que ocultar —dijo Mariana, con la voz temblorosa.
—Perfecto —respondió Diego.
Mariana entregó el celular como si le estuvieran arrancando un dedo.
Diego lo metió en una bolsa transparente.
—Felipe Herrera.
Felipe levantó la cabeza.
—¿Yo?
—Su teléfono también.
—Esto es ridículo. Yo soy víctima de...
—De momento, usted aparece en cámaras entregándole una bebida a Aurora Rivas minutos antes de que presentara signos de intoxicación. Puede entregar el teléfono aquí o venir con nosotros a explicarlo.
Felipe tragó saliva.
Le dio el celular.
Aurora lo miró hacerlo.
Durante años creyó que Felipe era débil, pero inofensivo. Ese día entendió que la cobardía también podía hacer daño, y mucho.
Patricia se acercó a Mariana mientras Diego firmaba un documento.
—Tranquila, mi amor. No digas nada sin abogado.
La frase fue baja.
No lo suficiente.
Diego la escuchó.
Aurora también.
Mariana apretó los labios.
Ricardo volvió a mirar a Aurora, y toda la furia que no podía descargar contra Diego cayó sobre ella.
—¿Estás feliz?
Aurora soltó una risa rota.
—¿Feliz?
—Metiste a la policía en mi casa.
—Bruno entró primero.
—Por tu culpa.
Diego guardó la copia de la orden y levantó la vista.
—Señor Rivas.
—No se meta.
Diego dio un paso hacia él.
—No vuelva a amenazarla delante de mí.
Ricardo se puso rojo.
—Es mi hija.
Aurora habló antes que Diego.
—No. Soy tu problema.
Ricardo giró hacia ella.
La bofetada llegó más rápido que la anterior.
Esta vez le partió el labio.
Aurora sintió el golpe, el sabor de la sangre, el mareo. Su cuerpo quiso retroceder, pero ella clavó los pies en el suelo.
Diego atrapó la muñeca de Ricardo antes de que pudiera levantar la mano otra vez.
—Eso acaba de quedar asentado —dijo.
Ricardo intentó soltarse.
—¡Suélteme!
—Con gusto. Después de recordarle que violencia familiar también es delito.
Patricia empezó a llorar.
—Oficial, por favor, todos estamos alterados.
—Se nota.
Aurora se limpió la sangre con el dorso de la mano.
La servilleta de la universidad, todavía en su bolsillo, ya tenía otra mancha que hacerle compañía.
Ricardo logró soltarse.
—Lárgate de mi casa.
La frase cayó limpia.
Sin teatro.
Sin amenaza disfrazada.
Aurora lo miró.
—¿Qué?
—¡Que te largues! No eres más mi hija.
Mariana dejó escapar un sonido pequeño.
Patricia no dijo nada.
Felipe tampoco.
Diego miró a Aurora, como preguntando sin preguntar si quería que interviniera.
Ella negó apenas.
No iba a permitir que alguien le rogara un lugar en esa casa.
Ricardo señaló la puerta.
—Sales con lo que traes puesto. No te llevas nada. Ni ropa, ni documentos, ni dinero. Y si haces otro escándalo, mañana mismo la clínica deja de recibir pagos.
Aurora sintió que las palabras le abrían un hueco en el pecho.
Don Augusto.
Siempre Don Augusto.
La última cuerda.
La más cruel.
Diego habló bajo:
—Señorita Rivas, esto puede denunciarse.
—Y mientras se denuncia, él llama a la clínica —dijo Aurora.
Ricardo sonrió porque la conocía demasiado bien.
Aurora lo vio sonreír.
Y algo que llevaba años doblado dentro de ella se enderezó.
—Nunca fui tu hija —dijo.
Ricardo perdió la sonrisa.
—Cuidado.
—Tenía ocho años cuando me quitaste el apellido Luna. Ocho. Me dijiste que era para protegerme, pero era para borrar a mi mamá de los papeles. Me quitaste su casa, su empresa, sus fotos, su nombre. Y cuando no pudiste quitarme la cara, trajiste a Patricia y a Mariana para recordarme todos los días que yo sobraba.
Patricia apretó la mandíbula.
Mariana bajó la mirada.
—Aurora —advirtió Ricardo.
—No. Ya terminé de llamarte papá.
La sala se quedó quieta.
Aurora sintió que la palabra se rompía en el aire y no le dolió tanto como esperaba.
—Todo lo que tienes se lo robaste a mi madre —dijo—. La casa, BellaRiva, los contactos, el apellido que usas para entrar a salones donde antes te habrían dejado esperando afuera. Te vestiste con la vida de Selene Luna y todavía tienes el descaro de llamarte mi padre.
Ricardo levantó la mano otra vez.
Diego se movió.
Aurora no.
—Pégame —dijo—. Anda. Hazlo frente a la FGR.
Ricardo dejó la mano suspendida.
Diego lo miraba.
Los agentes en la puerta también.
Ricardo bajó la mano.
Aurora sonrió con el labio partido.
—Eso pensé.
Patricia susurró:
—Eres igual que tu madre.
Aurora giró hacia ella.
—Gracias.
Patricia se quedó sin respuesta.
Aurora caminó hacia la puerta.
Diego le devolvió el celular que había dejado sobre la mesa.
—Tiene mi número en una tarjeta dentro de la funda —dijo—. Úselo si necesita denunciar formalmente. No espere.
Aurora tomó el teléfono.
—Gracias.
—No me lo agradezca a mí.
Ella no preguntó.
Ya sabía.
Salió de la casa Rivas sin mirar atrás.
La lluvia empezó justo cuando cruzó el portón.
La lluvia cayó de golpe, pesada, de temporada, de esas que convertían las calles de la Ciudad de México en espejos rotos.
En menos de un minuto, la sudadera se le pegó al cuerpo.
Aurora caminó hasta la esquina.
La camioneta negra seguía ahí.
Damian no bajó de inmediato.
Eso, de alguna forma, la hizo respirar.
La dejó decidir si acercarse.
Aurora dio un paso.
Luego otro.
Entonces las piernas le fallaron.
Se agachó junto a la banqueta, con la lluvia golpeándole el cabello, el labio sangrando otra vez y la mejilla ardiendo por la bofetada.
Al principio no lloró; respiró mal, con el pecho trabado y la garganta cerrada.
Después pensó en Don Augusto, en la cama de hospital, en Ricardo sonriendo, en Mariana escondida detrás de Patricia, en Felipe callado, en Bruno esposado.
Y lloró.
Lloró con la frente casi contra las rodillas, empapada en una calle de Polanco, frente a casas que costaban más que toda la clínica de su bisabuelo.
La puerta de la camioneta se abrió.
Damian bajó con un paraguas negro.
Marco quiso seguirlo, pero Damian levantó una mano.
No.
Esta vez iba solo.
Aurora no levantó la cabeza hasta que la lluvia dejó de caerle encima.
El paraguas cubría los dos.
Damian estaba frente a ella, de rodillas en la banqueta mojada, sin importarle el traje, la lluvia ni la calle.
Su mirada bajó a la mejilla marcada.
Luego al labio partido.
El dorado le encendió los ojos por un segundo.
Aurora lo vio.
O creyó verlo.
La lluvia le distorsionaba todo.
—No lo mates —murmuró.
Damian no preguntó de quién hablaba.
—No hoy.
La respuesta le sacó una risa horrible, mezclada con llanto.
Damian se quitó el saco y se lo puso sobre los hombros.
La tela estaba caliente.
Demasiado caliente para la lluvia.
Aurora agarró las solapas con manos torpes.
—No tengo a dónde ir —dijo.
Decirlo le dio más vergüenza que todo lo anterior.
Damian se inclinó un poco para quedar a su altura.
—Ven conmigo.
Aurora levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque estás mojada, herida y temblando.
—Eso no responde.
—Porque quiero cuidarte.
La frase era peligrosa.
La clase de frase que una mujer cansada podía creer por error.
Aurora miró la camioneta. Marco estaba fuera, junto a la puerta abierta, mirando hacia otro lado con una educación tan exacta que parecía ensayada.
—No quiero deberte más.
—Entonces no me debas nada esta noche.
—Así no funciona.
—Esta noche sí.
Aurora bajó la mirada a la mano de Damian.
Él no la estaba tocando.
La tenía extendida, esperando.
Eso fue lo que la desarmó.
No la fuerza.
La espera.
Aurora puso sus dedos sobre los de él.
La mano de Damian estaba caliente, mucho más caliente que una mano humana bajo la lluvia.
Aurora no pensó en eso.
Damian sí.
En cuanto la piel de ella tocó la suya, el lobo dentro de él dejó de arañar.
Se quedó quieto.
Tranquilo.
Como si el mundo por fin hubiera encontrado su lugar.
Damian cerró la mano alrededor de la de Aurora con cuidado.
—¿Quién eres? —preguntó ella, con la voz rota.
Damian la ayudó a ponerse de pie.
—Soy el que va a cuidarte.
Aurora quiso decir que nadie cuidaba gratis.
Quiso decir que no le creía.
Quiso decir muchas cosas.
Pero el cuerpo le falló otra vez.
Damian la cargó antes de que cayera.
Esta vez Aurora no protestó.
Apoyó la frente contra su pecho empapado y cerró los ojos.
Mientras la llevaba hacia la camioneta, el corazón de Damian golpeaba fuerte bajo su oído.
Demasiado fuerte.
Demasiado vivo.
Por primera vez en tres días, Aurora dejó de caminar.
Y no se sintió derrotada.
El único de acero es el abuelo Esteban 😜
ud es querendona y alborotadora 🤭