es de terror, una creepypasta
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La Tinta del Destino
El mundo entero quedó en silencio.
Samuel intentó hablar.
Nada.
Gabriel golpeó el suelo con frustración.
Ni un solo sonido salió de su boca.
El Rey del Bosque abrió los labios de madera, pero su antigua voz había desaparecido.
Solo se escuchaba el crujir de las ramas.
La única voz que aún existía era la de T/N.
El Devorador de Historias sonrió. Aunque no tenía rostro, T/N podía sentir aquella sonrisa.
—¿Lo entiendes ahora?
T/N dio un paso hacia atrás.
—No... Yo no soy un escritor.
La pluma negra flotó lentamente hasta quedar frente a él.
—Todos los lectores lo son.
Cada vez que imaginas un rostro, escribes.
Cada vez que decides quién tiene razón, escribes.
Cada vez que lloras por un personaje... cambias la historia.
Samuel miró a T/N con desesperación. No podía hablar, pero sus ojos parecían decir una sola cosa:
No le creas.
La pluma comenzó a girar en el aire.
A su alrededor aparecieron cientos de páginas flotantes.
Cada una mostraba un posible futuro.
En una, Samuel moría frente a la puerta.
En otra, Isabela recuperaba su cuerpo humano.
En otra, Azael escapaba y el mundo quedaba cubierto por sombras.
Había miles.
Millones.
Todos posibles.
El Devorador extendió una mano.
—Elige uno.
Y será real.
T/N observó las páginas.
No podía decidir.
Cada final feliz para un personaje significaba el sufrimiento de otro.
Era imposible salvarlos a todos.
Yara logró dar un paso hacia T/N. Aunque seguía sin voz, escribió con un dedo sobre la tierra húmeda:
"No aceptes la pluma."
Antes de que pudiera terminar la frase, las letras desaparecieron.
Como si nunca hubieran existido.
El Devorador caminó lentamente alrededor de T/N.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y ellos?
T/N negó con la cabeza.
—Ellos están condenados a vivir una sola historia.
Tú puedes abandonarla cuando quieras.
Cerrar el libro.
Irte.
Olvidarlos.
Samuel sintió un nudo en el pecho.
Era verdad.
Si T/N desaparecía...
¿Ellos seguirían existiendo?
El Devorador respondió como si hubiera leído ese pensamiento.
—No.
Porque un mundo sin lectores... termina muriendo.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Isabela comenzó a cantar.
No podía hablar.
Pero sí cantar.
Era una melodía antigua.
La misma canción que su madre le enseñaba de niña, mucho antes de que el culto la encontrara.
Su voz era suave.
Llena de nostalgia.
Las flores blancas comenzaron a abrirse nuevamente.
El Rey del Bosque levantó lentamente la cabeza.
La maldición del silencio no afectaba a la música.
Yara sonrió.
Había recordado una vieja regla.
Las historias pueden perder las palabras...
Pero nunca las canciones.
La melodía llegó hasta Samuel.
Y algo despertó dentro de él.
Recordó el primer día que encontró la muñeca.
Recordó a Gabriel salvándole la vida.
Recordó a Elías.
De repente, un nombre volvió a su mente.
—¡Elías!
Su voz había regresado.
Solo una palabra.
Pero era suficiente.
Gabriel también recuperó otra.
—¡Samuel!
El Rey logró pronunciar una más.
—Recuerden...
El Devorador dejó de sonreír.
Por primera vez...
Parecía incómodo.
—Interesante...
T/N comprendió el mensaje.
Las historias no sobrevivían únicamente porque estaban escritas.
Sobrevivían porque alguien las recordaba.
Porque alguien las contaba.
Porque alguien las amaba.
Apretó los puños.
Miró la pluma negra.
Y negó con la cabeza.
—No voy a escribir el final que tú quieres.
El Devorador inclinó la cabeza.
—Entonces escribe el tuyo.
T/N respiró profundamente.
Tomó la pluma.
Pero no escribió sobre las páginas que el Devorador le ofrecía.
Se agachó.
Y escribió directamente sobre la tierra del bosque.
Solo una frase.
"Mientras alguien recuerde esta historia, ninguno de ustedes será olvidado."
La tinta desapareció bajo el suelo.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después...
Todo el bosque comenzó a brillar.
Miles de nombres aparecieron grabados en los troncos de los árboles.
No solo los de Samuel, Isabela o Gabriel.
También los de personas que habían sido olvidadas siglos atrás.
Guardianes.
Niños.
Ancianos.
Viajeros.
Todos regresaban a la memoria del bosque.
A lo lejos, una figura apareció entre los árboles.
Era Elías.
Confundido.
Herido.
Pero vivo.
Samuel sonrió con alivio.
Lo recordaba otra vez.
Gabriel también.
Yara dejó escapar una lágrima.
El Devorador observó la escena en silencio.
Luego soltó una pequeña risa.
—Muy bien.
Has superado la primera prueba.
Samuel frunció el ceño.
—¿Primera?
La figura levantó lentamente otra pluma.
Esta vez era completamente blanca.
—Creían que yo era el enemigo.
No.
Yo solo cuido el equilibrio entre las historias que nacen... y las que deben terminar.
T/N sintió un escalofrío.
—Entonces...
¿Quién es el verdadero enemigo?
El Devorador guardó ambas plumas.
Su voz se volvió seria por primera vez.
—Aquel que está escribiendo una historia donde no debería existir ninguna.
El cielo se rasgó como una hoja de papel.
Y, detrás de aquella enorme grieta, todos alcanzaron a ver por un instante una inmensa biblioteca.
Millones de libros.
Millones de mundos.
Pero uno de los estantes estaba completamente vacío.
Sobre él había un pequeño letrero de madera.
"Colombia."
Y una mano desconocida acababa de colocar allí un libro nuevo.
En la portada solo podía leerse un título:
El Bosque que Nunca Debió Recordar.
Al abrirse solo, una nueva página comenzó a escribirse sin que nadie tocara la tinta. La historia estaba lejos de terminar.