Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.
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Capítulo 24
La había encerrado.
Y el encierro tenía gafete, nómina, horario rotativo y una carpeta azul con su nombre.
Valentina salió del Hotel Castellano esa tarde con la rodilla caliente y el orgullo más cansado que el cuerpo. Patricia quiso acompañarla hasta el metro, pero Recursos Humanos la atrapó con un curso obligatorio de "integración a la nueva administración". La frase sonó tan falsa que ambas se miraron y soltaron la misma risa seca.
—Ve a que te revisen esa pierna —le dijo Patricia—. Si te caes en el pasillo, Karla va a decir que lo hiciste para seducir al piso.
—Karla cree que una escoba tiene vida sexual si la dejo sola con Santiago.
—Exacto. Cuídate.
Valentina fue a la Clínica San Mateo porque discutir con Patricia consumía más energía que obedecerla. También porque la venda de la rodilla ya no apretaba bien y porque, después de dos noches de hospitales, besos, sangre y anuncios corporativos, necesitaba un lugar donde nadie dijera Grupo SY.
La clínica seguía igual: sillas de plástico, ventilador ruidoso, cartel de "No se fía consulta" y una señora regañando a su hijo por lamer una paleta antes de que le pusieran una inyección. Normal. Feo. Benditamente lejos de Polanco.
Sofía apareció desde el área de curaciones con una bata azul clara y una sonrisa que parecía demasiado grande para un martes.
—¡Valentina! Justo pensé en ti.
Valentina se detuvo.
—Eso suena a amenaza médica.
—Casi. Te tocaba revisión de la rodilla y no ibas a venir, ¿verdad?
—Iba a venir.
Sofía ladeó la cabeza.
—¿Antes o después de que se te cayera la pierna?
Contra su voluntad, Valentina sonrió.
—Eres muy intensa para alguien con cara de pan dulce.
—Gracias. Lo tomo como cumplido.
Sofía la llevó al cubículo, le pidió sentarse y le retiró la venda con cuidado. No había lástima en sus manos. Eso a Valentina le gustaba. La lástima pesaba más que el dolor.
—Está menos inflamada —dijo Sofía—. Pero sigues caminando demasiado.
—Qué observadora.
—Es mi superpoder. Eso y detectar gente terca a diez metros.
Valentina apoyó la espalda contra la pared.
—Entonces debes vivir agotada.
Sofía soltó una risa rápida. Le limpió la zona, revisó la movilidad y anotó algo en la hoja. Luego sacó de una bolsa de papel un envase pequeño de sopa de fideo y dos quesadillas envueltas en aluminio.
—Antes de que protestes: no te estoy cobrando esto. Me sobró comida.
—¿Te sobró comida en una bolsa preparada justo cuando yo tenía cita?
—Obvio. Coincidencia milagrosa.
Valentina miró el envase.
—No como cilantro.
—Ya sé. Tampoco cebollín.
El cubículo se quedó demasiado quieto.
Sofía tardó medio segundo en darse cuenta de lo que había dicho. Medio segundo bastó.
Valentina levantó la vista.
—¿Cómo sabes eso?
—Me lo dijiste.
—No.
—¿Segura? Hablamos de muchas cosas. Rodillas, descanso, tu odio a las sillas de plástico...
—No hablé de cilantro.
Sofía tragó saliva y luego sonrió con demasiada energía.
—Entonces fue intuición. Tienes cara de persona que odia el cilantro.
Valentina la miró fijamente.
—Esa es la peor mentira que he escuchado esta semana, y créeme, hubo competencia.
Sofía dejó la sopa sobre una banquita, levantó ambas manos y se rindió.
—Está bien. A veces observo demasiado. En la primera consulta apartaste los taquitos que traían cilantro encima en la tele de la sala. Se me quedó.
La explicación era posible.
Demasiado posible.
Valentina no dejó de mirarla, pero el estómago le rugió justo en ese momento. Sofía bajó los ojos al ruido y sonrió con una ternura tan limpia que desarmaba.
—Tu panza acaba de votar a mi favor.
—Traicionera —murmuró Valentina, tomando el envase.
Comió despacio, primero por dignidad, luego porque la sopa estaba caliente y sabía a casa de alguien. Sofía se sentó en la silla de enfrente con una botella de agua y no preguntó por Santiago. Eso fue raro. Casi todos los demás, si sabían un pedazo de la historia, querían arrancar el resto con los dientes.
—¿No vas a preguntarme por qué parezco atropellada por un camión emocional?
—No. Si quieres contarme, me cuentas. Si no, comemos sopa.
Valentina bajó la cuchara.
—¿Siempre eres así?
—¿Chismosa pero con límites?
—Amable.
Sofía parpadeó. Algo le cruzó la cara, rápido y blando.
—No siempre. Pero contigo quiero intentarlo.
La frase le pareció rara. Demasiado íntima para dos mujeres que se habían visto en una clínica barata y entre agujas de suero. Aun así, no sonó falsa.
Valentina se descubrió diciendo:
—No necesito amigas nuevas.
—Perfecto. Yo tampoco necesito pacientes que no hacen caso. Estamos a mano.
—Qué descarada.
—Te invito sopa y me insultas. Ya somos amigas.
Valentina quiso negarlo.
No pudo hacerlo sin sonreír.
Sofía cambió la venda, le dio instrucciones nuevas y le escribió en una servilleta el horario para antiinflamatorio. Al final, en vez de despedirse con formalidad médica, le tocó apenas el hombro.
—En serio. Si un día necesitas que alguien te escuche sin hacerte sentir miserable, mándame mensaje.
Valentina guardó la servilleta en la bolsa.
—No prometo nada.
—Eso en idioma de terca significa "tal vez".
Valentina guardó el teléfono y, ya en la puerta del cubículo, se detuvo.
—Oye, Sofía... ¿cómo te apellidas?
Sofía se quedó con la cinta médica en la mano.
Antes de que respondiera, la recepcionista gritó desde afuera:
—¡Sofi, llegó el niño de la nebulización!
Sofía levantó un dedo, demasiado rápido.
—Te lo digo a la próxima. Si te lo digo hoy, ya no vuelves y necesito asegurar mi nueva amistad.
Valentina entrecerró los ojos, pero el niño empezó a llorar en la sala.
—Convenenciera.
—Profesional de la salud preventiva —corrigió Sofía.
Cuando Valentina salió de la clínica, la tarde estaba tibia y la sopa le había dejado una paz pequeña, incómoda, como un botón encontrado en el bolsillo de una ropa vieja.
Sofía esperó a que cruzara la puerta. Entonces cerró el cubículo, sacó su celular y abrió el chat de Santiago.
Escribió:
"Misión cumplida. Ya somos amigas."
Se quedó mirando el mensaje sin enviarlo.
En la pantalla oscura del teléfono, antes de tocar enviar, vio por un segundo otra imagen: ella de niña, llorando afuera del Colegio San Patricio porque Santiago no había salido a tiempo; Valentina, con uniforme impecable y moño azul, agachándose para darle una cajita de chocolates.
"No llores, Sofi. Tu hermano siempre vuelve."
Sofía apretó el celular contra el pecho.
Luego envió el mensaje.