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Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
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CAPÍTULO 24
El rugido de Caleb no fue un sonido humano; fue un trueno sordo y ancestral que vibró en las paredes de piedra negra del mirador, quebrando la quietud de la noche con la fuerza de una maldición. Alondra sintió la sacudida a través del vínculo antes de que sus propios sentidos captaran el peligro. La marca de su cuello ardió como si le hubieran apoyado un carbón encendido, reflejando la súbita oleada de adrenalina y furia que inundaba el torrente sanguíneo de su Alfa. Las pupilas de Caleb estaban completamente dilatadas, transformadas en dos pozos de oro líquido fijos en la escalera de caracol que conducía a los niveles inferiores.
—Acónito —escupió Caleb, y su voz fue un gruñido espeso que arrastró un rastro de vapor caliente—. Estás malditas ratas están quemando acónito en las entrañas de mi hogar.
Antes de que Alondra pudiera responder, el primer eco de una explosión subterránea sacudió los cimientos de la fortaleza. El suelo bajo sus pies tembló con violencia, y un crujido sordo recorrió la estructura de roca volcánica. Segundos después, las alarmas de la manada comenzaron a resonar por los pasillos: el tañido frenético de las campanas de bronce se mezclaba con los aullidos de dolor y desconcierto de los primeros centinelas que colapsaban en los niveles inferiores, asfixiados por el aire envenenado.
Caleb no perdió un solo instante. Tomó a Alondra por los hombros con un agarre firme y protector, mirándola fijamente a los ojos.
—Quédate en los niveles superiores, Alondra. El humo se concentra abajo. Busca a Martha y lleva a los cachorros hacia la explanada exterior. ¡Hazlo ahora!
—No me voy a separar de ti, Caleb —replicó ella, desprendiéndose de su agarre con una determinación soberana—. El humo de acónito debilita a tus guerreros, pero a mí no me afecta de la misma manera. Si vas a bajar a esos túneles, necesitas mi magia para disipar el veneno o tus hombres morirán antes de encontrar a los saboteadores.
Caleb la miró con una mezcla de desesperación salvaje y orgullo, pero el rugido de una segunda explosión terminó por romper cualquier debate. El Alfa se dio la vuelta y se lanzó escaleras abajo a una velocidad sobrehumana, con Alondra siguiendo de cerca sus pasos, sosteniendo los pliegues de su túnica verde musgo mientras el aire comenzaba a poblarse de una neblina grisácea y densa.
A medida que descendían hacia el ala de los almacenes y las antiguas galerías de servicio, el panorama se volvía un infierno viviente. El humo del acónito negro, denso, pesado y con un persistente olor dulce y azufrado, avanzaba como una serpiente por los conductos de ventilación. Varios lobos de la guardia menor yacían en el suelo de los pasillos, retorciéndose de dolor, con la piel expuesta cubierta de ronchas purulentas y los ojos inyectados en sangre. La plata quemada y el acónito actuaban en conjunto, bloqueando sus pulmones y anulando su capacidad de transformación.
—¡Anthony! —rugió Caleb al llegar a la intersección del almacén central, donde el humo era casi impenetrable.
El beta de la manada emergió de la penumbra, cubriéndose la boca con un trozo de tela empapado en agua. Sus ojos habitualmente serenos estaban inyectados en sangre, y su respiración era un silbido rasposo.
—Alfa... bloquearon los accesos principales a las minas desde el exterior —consiguió articular Anthony entre espasmos de tos—. Entraron por la galería vieja. Colapsaron el techo del almacén de grano para atraparnos y están arrojando los barriles de resina directamente a los tiros de aire. Hay hombres armados abajo... la guardia de Silas. Llevan máscaras de cuero y ballestas de manivela.
Caleb sintió que su lobo interno reclamaba el control absoluto. Los intrincados tatuajes tribales de su torso comenzaron a brillar con un tono carmesí incandescente, y sus manos empezaron a curvarse, dando paso a garras afiladas como navajas de obsidiana. Su fisonomía comenzó a expandirse, los músculos de su espalda se tensaron hasta romper las costuras de sus ropajes residuales y sus colmillos rasgaron sus encías.
—Alondra, limpia el aire de este pasillo —ordenó el Alfa, con una voz que ya pertenecía más a la bestia que al hombre—. Anthony, reúne a los guerreros que aún puedan sostener un hacha. Vamos a bajar a las minas y a arrancarles la cabeza a esos bastardos.
Alondra dio un paso adelante, plantándose en el centro del pasillo inundado por el gas venenoso. Cerró los ojos y extendió sus manos pálidas hacia el frente, respirando hondo el aire limpio que aún quedaba en la parte superior. Invocó el flujo de energía mística que la unía a la montaña, sintiendo cómo el poder latía en la marca de su cuello. Sus ojos se abrieron de golpe, brillando con una luz azul eléctrica y sobrenatural que iluminó la penumbra del túnel.
—Venti vertice... —susurró Alondra, y un torbellino de aire gélido brotó de las palmas de sus manos.
Las corrientes de viento invernal comenzaron a girar con violencia por el pasillo, creando un vacío que arrastró el humo denso del acónito hacia las ventanas de ventilación exteriores, expulsando el veneno de la fortaleza. Los lobos caídos comenzaron a jadear, recuperando el aliento a medida que el aire puro volvía a llenar sus pulmones. Alondra mantuvo el escudo de viento, creando una barrera invisible que filtraba la atmósfera, permitiendo que los guerreros recuperaran la verticalidad.
Caleb, transformado por completo en un inmenso lobo rojo de más de dos metros de altura, emitió un aullido de guerra que sacudió el polvo de las vigas del techo. Se lanzó de cabeza hacia la brecha abierta del almacén colapsado, descendiendo hacia las profundidades de las antiguas galerías mineras como un demonio carmesí sediento de venganza.
Abajo, en la oscuridad de los túneles abandonados, la guardia de Silas trabajaba a marchas forzadas bajo la luz de linternas sordas. Estaban terminando de apilar el último cargamento de madera empapada en azufre cuando la bestia cayó sobre ellos. Caleb no mostró piedad ni vacilación; la primera línea de mercenarios fue despedazada en un borrón de pelaje rojo y colmillos. Los hombres de Silas gritaron de terror al ver que el humo no había detenido al Alfa de la montaña.
—¡Fuego! ¡Apunten a las patas! —gritó uno de los capitanes, intentando levantar una ballesta de manivela cargada con un virote de plata templada.
Antes de que pudiera accionar el mecanismo, Anthony, recuperado gracias a la magia de Alondra, cayó desde las rocas con su hacha de combate, partiendo el arma en dos y terminando con el tirador en un movimiento limpio y despiadado. La lucha en la penumbra de las minas se convirtió en una carnicería cuerpo a cuerpo; los lobos de la Manada Roja, impulsados por la furia de ver su hogar profanado, masacraban a los intrusos con una eficiencia salvaje.
Sin embargo, en mitad del caos de la lucha subterránea, Silas observaba la escena desde una repisa elevada, a salvo de las garras del Alfa. El capitán de la guardia del valle no tenía la intención de pelear una guerra ganada; sabía que su misión principal ya estaba cumplida. El humo había distraído a los señores de la montaña el tiempo suficiente.
Silas sacó un pequeño artefacto de metal de su cinturón, una bengala de fósforo traída de las ciudades del este, y la encendió, arrojándola a través de uno de los pozos de ventilación que daban a la superficie de la ladera norte. La luz roja rasgó la noche invernal, una señal que cruzó el cielo hacia el valle de Oakhaven.
Caleb, aplastando el cráneo del último soldado que quedaba en el suelo del túnel, regresó a su forma humana, cubierto de la sangre de sus enemigos. Miró hacia arriba, siguiendo el rastro de la luz roja que se desvanecía en el exterior. Su rostro se inundó de una palidez mortal cuando comprendió la magnitud del engaño.
—No querían tomarnos por debajo —dijo Caleb, con la respiración entrecortada y los puños cerrados—. El humo... las minas... todo esto fue una maldita distracción.
Un explorador de la manada entró corriendo por la galería superior, herido y con los ojos desorbitados por el pánico.
—¡Alfa! ¡La puerta principal! —gritó el mensajero, colapsando de rodillas—. El ejército de las ciudades del este ha cruzado el río congelado. Tienen arietes de hierro y están bombardeando la explanada con proyectiles de plata. ¡El alcalde está en la puerta y los muros están cediendo!
Caleb se giró hacia Alondra, quien acababa de descender al túnel con el rostro cansado por el esfuerzo de sostener la magia del viento. El Alfa la tomó entre sus brazos, apretándola contra su pecho con una fuerza protectora e hirviente, buscando en su mirada la fuerza para enfrentar el desenlace definitivo. El sabotaje de las sombras había terminado; el asedio final a la fortaleza de piedra negra acababa de comenzar.