Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 24
Capítulo 24: "No lo quiero a él"
Gabriel volvió esa noche, cuando Max ya se había retirado a su propio cuarto al final del pasillo, y se sentó junto a la cama de Renata con una taza de té que ella no le había pedido.
—Tengo que preguntártelo directamente —dijo, dejando la amabilidad de lado—. Porque vine de muy lejos y no quiero perder más tiempo adivinando. —La miró a los ojos—. ¿Lo quieres a él? ¿A Montenegro?
Renata se quedó helada. Era la pregunta que no podía contestar con la verdad, porque la verdad —"sí, lo amo, lo amé siempre, daría la vida por él"— era exactamente lo que tenía que esconder de todos, lo que protegía a Max del peso de un secreto que lo destruiría. Si lo decía en voz alta, si alguien lo repetía, si llegaba a oídos equivocados, todo el muro de seis años se vendría abajo.
Así que mintió, como mentía siempre, por amor.
—No. —Bajó la vista a la taza—. No lo quiero a él. —Y, para que sonara verdad, agregó lo primero que se le ocurrió—: Lo que yo siento es por otra persona. Algo que no tiene que ver con él. Es complicado.
—¿Otra persona? —Gabriel ladeó la cabeza, y por debajo de su tono suave latía algo calculador—. ¿Quién? Porque desde que llegué solo te veo con uno. Y ese hombre te mira como si fueras lo único que existe en el cuarto.
—No es asunto tuyo, Gabriel. —Renata se cerró—. Te aprecio. De verdad. Pero hay cosas mías que no le debo a nadie. Déjalo así.
—Está bien. —Gabriel levantó las manos, retrocediendo, demasiado fácil—. Perdón. No quise incomodarte. —Se levantó, recogió la taza, y antes de salir consultó su reloj con un gesto que a Renata, entonces, no le dijo nada y después se le grabaría a fuego—. Descansa. Es tarde.
No oyó la puerta.
No vio a Max parado en el umbral, que había vuelto porque no podía dormir sin asegurarse de que ella estaba bien, y que alcanzó a escuchar, nítidas, crueles, exactamente cuatro palabras antes de que el resto se perdiera:
"No lo quiero a él."
Eso fue todo lo que oyó. No oyó el "es por otra persona". No supo que esa otra persona era él mismo. Solo oyó, de la boca de la mujer por la que había peleado contra siete hombres, por la que había puesto en pausa su imperio, la confirmación de lo que más temía: que para ella, de verdad, nunca había sido nada.
Se dio la vuelta en silencio y caminó de regreso a su cuarto en la oscuridad, sin que ninguno de los dos lo notara.
—
A las tres de la mañana, el hospital se llenó de carreras.
Renata despertó con el ruido y una enfermera entró pálida a su cuarto.
—Doctora, el señor Montenegro. Algo con sus ojos. Está…
Renata se levantó de un salto, ignorando el tirón de su propia herida, y corrió por el pasillo con la bata abierta.
Lo encontró en su cuarto, sentado en la cama, con las manos crispadas sobre el rostro y los ojos cerrados con fuerza, la respiración agitada.
—No veo —decía, con una calma terrible que daba más miedo que un grito—. No veo nada. Otra vez. Está todo negro.
A Renata se le paró el corazón. Conocía esa historia mejor que nadie. El daño antiguo en los nervios de sus ojos, el que casi lo dejó ciego para siempre cuando era niño, el que el estrés, el cansancio y la rabia podían despertar como una bestia dormida. Y esa noche, después de noches sin dormir cuidándola, de costillas rotas, de cigarros, de una frase oída a medias en una puerta, la bestia había despertado.
Los especialistas llegaron en minutos. Lo prepararon para una cirugía de urgencia. Renata se quedó afuera del quirófano, con la frente pegada al cristal, rezando como la abuela le había enseñado de niña, repitiendo en silencio "que vea, Dios mío, que vuelva a ver, lo que sea menos eso".
Mientras esperaba, con la frente contra el cristal frío, a Renata se le agolparon las preguntas de médica que durante seis años no se había atrevido a hacer en voz alta. ¿Por qué unos ojos sanos, operados y recuperados hacía años, se apagaban así, de golpe, con el estrés? El daño original tenía que haber sido brutal, antiguo, de raíz. Nadie le había contado nunca cómo se había quedado ciego Max de niño; él jamás hablaba de su infancia, ni de su padre, ese don Genaro que ahora yacía como un vegetal en la habitación 401. Había ahí un agujero negro, una historia que Max guardaba con más candado que ella misma sus secretos. Y por primera vez Renata se preguntó si el hombre al que amaba no cargaría, debajo del traje y del imperio, una herida tan vieja y tan honda como la suya.
Salió bien. Pero los médicos fueron claros: los ojos quedarían vendados varias semanas, y la recuperación de la vista dependería de que no hubiera más sobresaltos, más estrés, más emociones fuertes.
Justo lo que ella era, en su vida, desde hacía seis años: un sobresalto con nombre.
—
Cuando despertó de la anestesia, con los ojos cubiertos de gasa, lo primero que hizo Max fue reconocer su olor.
—Vete, Renata.
—Max…
—Vete. —Volvió la cara hacia la pared que no podía ver—. Ya entendí. Cada quien por su lado. Tú tienes lo tuyo, "esa otra persona", lo que sea. Yo tengo lo mío. No me debes nada. El tratamiento de mi padre lo puede seguir otro médico. Vete y ya no vuelvas.
—¿De qué hablas? —Renata se acercó—. ¿Qué otra persona?
—Te oí. Anoche. Con Cordero. —La voz se le quebró, y un hombre que no lloraba desde niño tuvo que apretar la mandíbula para sostenerse—. "No lo quiero a él." Lo dijiste tú. Con tu voz. Así que ya. Se acabó la función. Déjame en paz.
Y Renata entendió, de golpe, el tamaño del desastre. Una frase. Había oído una frase, la mitad de una frase, y se había roto solo con eso. Porque eso era lo que seis años de inseguridad le habían dejado: la certeza, siempre lista, de no ser suficiente.
—Escúchame. —Le tomó la mano. Él la apartó—. Max, escúchame, por favor. Lo que oíste no es…
—No. —Se la apartó otra vez—. No más explicaciones tuyas. Llevo seis años tragándome tus explicaciones a medias y tus silencios. Estoy cansado, Renata. Ciego y cansado. Vete.
—No me voy a ir.
—Es mi cuarto. Es mi hospital, técnicamente. Puedo hacer que te saquen.
—Pues que me saquen cargando. —Renata acercó una silla y se sentó, terca—. No me voy a mover de aquí. Puedes odiarme todo lo que quieras, pero no te voy a dejar ciego y solo en un cuarto a las cuatro de la mañana. Eso no lo hago ni con un desconocido, mucho menos contigo.
Max no contestó. Pero tampoco volvió a pedirle que se fuera. Y en la oscuridad de sus vendas, algo en su pecho se debatía entre el rencor y unas ganas terribles de creerle.
Entonces Renata hizo algo que no había planeado, algo desesperado. Le agarró la mano, la que él no dejaba de apartar, y se la puso con fuerza sobre su propio pecho, sobre el corazón, que latía desbocado.
—¿Sientes eso? —La voz le temblaba—. ¿Lo sientes? Late así por ti. Solo por ti. Llevo así desde que volví a verte en esa reunión. Pregúntame lo que quieras. Pero pon la mano aquí y atrévete a decirme que no me importas.
Max se quedó muy quieto, la palma sobre el corazón disparado de ella, los ojos vendados, la cara descompuesta entre la esperanza y el miedo. Sus dedos, sin que él lo decidiera, se curvaron apenas sobre la tela del camisón, como si quisieran quedarse. Por un instante, Renata creyó que iba a ceder, que iba a creerle, que iba a abrazarla y todo se arreglaría.
Pero entonces le ganó la herida vieja, la del niño al que alguien, alguna vez, le enseñó que no merecía que lo quisieran. Y la herida le susurró lo de siempre: que un corazón acelerado no es una promesa, que ya una vez le creyó a esa mujer y terminó arrodillado tres días en la lluvia.
—¿Entonces qué soy para ti? —preguntó al fin, en un susurro, y en esa pregunta cabía un niño ciego abandonado en la lluvia—. Dilo. De frente. ¿Qué soy?
Y Renata, acorralada entre la verdad que no podía decir y la mentira que ya no quería sostener, con la mano de él ardiéndole sobre el pecho, solo logró articular la media verdad de siempre, la que dolía menos que el secreto y más que cualquier cosa:
—Eres… mi paciente.
Sintió la mano de Max ponerse rígida y retirarse despacio, como quien retira la mano de una estufa caliente.
—Claro. —Volvió a girar la cara hacia la pared—. Tu paciente. Pues tu paciente quiere descansar. Buenas noches, doctora.
Renata salió al pasillo, cerró la puerta, y solo entonces, apoyada contra la pared, se permitió llorar con rabia. Rabia contra sí misma. Rabia contra el secreto. Y, sobre todo, rabia contra algo que empezaba a oler raro: que Gabriel hubiera elegido justo esa noche, justo esa hora, para hacerle justo esa pregunta.
¿Cómo sabía Gabriel que Max iba a estar despierto, rondando el pasillo, a esa hora exacta?
Renata se secó los ojos. La médica, la mujer de mente fría que sabía leer un análisis y armar un diagnóstico, despertó dentro de ella.
Eso no había sido casualidad. Y lo iba a probar.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭