Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
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El nacimiento del rechazo
El dolor no llegó como Luisa lo había imaginado pensó que parir no iba a dolor tanto, sentía que sus huesos de la cadera se separaban era un dolor intenso. Un desgarramiento profundo que la partió en dos mientras se aferraba al asiento trasero del taxi, con las manos sudorosas y la respiración entrecortada.
—Ya casi llegamos, señorita aguante un poco más —decía Rosa desde el asiento delantero, girándose cada pocos segundos con el rostro lleno de preocupación.
Pero Luisa ya no escuchaba bien.
Todo su mundo se reducía a ese dolor que nacía en su vientre y subía como fuego por su espalda. Cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes.Estaba sola.Completamente sola.
Ni Diego.
Ni su familia.
Ni una mano que sostener.
Solo ella y su hijo.
—Resiste por favor resiste, mi amor —susurró, acariciando su vientre con manos Frias—. Ya casi estamos juntos.
El taxi se detuvo de golpe frente a la clínica privada. Dos enfermeros salieron con una camilla al ver su estado.
—¡Está en trabajo de parto activo! ¡Rápido!
Las puertas se abrieron, luces blancas la cegaron, voces se superpusieron. La movieron, la tocaron, le hablaron pero todo sonaba lejano.
—¿El padre del bebé?
—No está —respondió Rosa. Yo soy quien la acompaña, trabajo para la familia Sotomayor.
Luisa quiso decir algo pero otra contracción la dobló.
Gritó.
Y en ese grito, sacó todo.
El abandono.La humillación.
El miedo.
Horas después, el mundo volvió a tener forma.
El llanto de un bebé rompió el silencio de la sala de partos.
Un sonido fuerte.
—Es un niño hermoso —anunció la doctora.
Luisa abrió los ojos lentamente, agotada, con lágrimas acumuladas en las comisuras. Giró apenas la cabeza.
—¿Está bien?
—Perfectamente sano.
Se lo colocaron sobre el pecho.
Pequeño. Caliente. Frágil.
Y, sin embargo lo único bueno que tenía en su vida.
Luisa rompió a llorar.
—Hola —susurró, rozando su mejilla con los labios—. Hola, mi amor mamá está aquí.
En ese instante, algo dentro de ella cambió.
Ya no voy ha estar sola.
Ahora tenía a alguien que dependía de ella, el miedo empezó a transformarse en una fuerza inquebrantable de madre ahora tenía que cuidar a un ser frágil y pequeño su bebé.
Mientras tanto, a varios kilómetros de allí.
La música retumbaba.Risas, copas, luces. Diego levantaba un vaso mientras uno de sus amigos le daba una palmada en la espalda.
—¡Vamos, Sotomayor! Pensé que después de casarte te ibas a volver aburrido.
Diego sonrió con arrogancia, aunque sus ojos estaban apagados.
—Casarme no significa aburrirme.
—¿Y tu esposa? —preguntó otro con burla—. ¿No deberías estar con ella?
—Está bien cuidada por las empleadas respondió frío—. No me necesita.
Pero esa frase no sonó tan segura como él esperaba.
Porque en el fondo, algo lo incomodaba.
No sabía qué.Tal vez el recuerdo de las llamadas que había rechazado.
Tal vez la imagen de Luisa, pálida, temblorosa
Sacó el teléfono.Pantalla negra.
Lo había apagado.
Por un segundo dudó.
Luego lo encendió.
Siete llamadas perdidas.
De Luisa.Una del número de la casa.
Y otra… desconocida.
Algo no estaba bien.
En la clínica,Luisa observaba a su hijo dormir en la pequeña cuna transparente. Sus dedos eran diminutos. Su respiración suave.
Perfecto.
—¿Ya pensaste en su nombre? —preguntó Rosa con ternura.
Luisa sonrió débilmente.
—Aún no quiero buscar un nombre que signifique luz y valentía.
Porque la iba a necesitar.
Mucho.
La puerta se abrió sin previo aviso.
Luisa no necesitó girarse para saber quién era.
—Así que ya nació.
Rosa le quizo hablar a su jefe Pero ella solo era una sirvienta.Luisa lo miró.
Él estaba impecable, como siempre. Ni una señal de preocupación. Ni una pizca de emoción.
Solo distancia.
—Sí —respondió ella en voz baja—. Es un niño.Diego se acercó lentamente pero no al bebé.
A ella.
—¿Seguro que es mío?
Rosa abrió la boca, indignada, pero Luisa levantó una mano, deteniéndola.
Lo miró.Directo a los ojos.
—Más tuyo de lo que jamás serás capaz de aceptar lo que pasó aquella noche que te enborrachaste.
Diego no esperaba esa respuesta.
—No juegues conmigo, Luisa. Sabes perfectamente que esto cambia todo.
—No —respondió ella.Esto no cambia nada. Tú ya eras así antes.
—Vine porque mi madre insistió —dijo él finalmente, desviando la mirada hacia la cuna, pero sin acercarse—. No te hagas ilusiones.
Luisa asintió.
—No lo hago.Y era verdad.Ya no lo hacía.
Diego observó al bebé por apenas un segundo.
Y algo se movió dentro de él.
—Mañana los trasladarán a casa —dijo con frialdad—. Todo ya está arreglado.
Se giró para irse.
—Diego.
Se detuvo.
—No vuelvas a llamarlo “esto” —dijo Luisa. Es tu hijo aunque lo niegues, no lo quieras y lo odies lo es.
Diego no respondió.
Y sin decir nada más, salió de la habitación.
Cuando la puerta se cerró, Rosa soltó el aire que llevaba reteniendo.
—Ese hombre no tiene corazón, es un cobarde si yo hubiese sido yo ya le hubiera roto las dos pelotas que tiene ahí abajo.
Pero Luisa no respondió.
Seguía mirando la puerta.
—Se va a arrepentir —murmuró.
Rosa la miró sorprendida.
—¿De qué, señorita?
Luisa bajó la mirada hacia su hijo.
Lo tomó en brazos con cuidado.
—De no conocerte, mi amor bello.
Afuera, Diego caminaba por el pasillo de la clínica con pasos rápidos.Molesto.Irritado.
Pero no sabía por qué.
Se detuvo frente a una ventana.
Cerró los ojos.
Y por un instante…
Volvió a escuchar ese llanto.
Ese primer llanto.
Apretó los puños.
—No significa nada… —murmuró para sí mismo.No estaba completamente seguro.
Ese niño no solo había nacido esa noche.
También había nacido un sentimiento distinto.
Un vínculo que ninguno de los dos quería pero que ninguno podría romper.
Y sin saberlo ese era el verdadero inicio de su historia.