Keile es el hijo de un estricto general toda su vida fue criado entre régimen reglas y perfección su ojos verdes siempre alerta siempre fríos y distante no omite errores si piel blanca y su cabello dorado no van encanja dentro de los estándares de soldado para el que fue creado a sus 24 años no conoce el amor lo concidera un distracción de lo que realmente importa sengu el.
Su nemesis Brayan hijo del más temido mafioso fue criado de forma muy distinta sin reglas sin estándares
Lejos de la perfección extrema y rodeado no solo de lujos también de amor de pies impecable ojos grises y complexión musculosa a sus 25 años es listo escurridizo estratégico su mente es analítica cuando debe
ambos comienza una rivalidad desde el jardín de infancia cuando Brayan derramó sin queres sobre la mochila de Keile un juego de uva desde entonces Keile lo a visto como un ejecutivo pero mientras el va enserio en querer hundirlo Brayan se divierte viendolo intentar y fracasar tomado todo como un juego
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El rastro de la mentira
Bryan
El silencio que siguió al corte de la radio fue más ensordecedor que las explosiones del puerto. Me quedé inmóvil en la cubierta del yate, con el dispositivo aún apretado en mi mano, sintiendo cómo el metal se calentaba bajo mi palma.
—Miente —susurré para nadie, mientras el viento del mar me revolvía el cabello.
Dante se acercó, cruzándose de brazos. Su rostro, usualmente relajado, estaba tenso.
—¿Qué te dijo el Soldadito?
—Dijo que está "ocupado". Que está rindiendo cuentas. Usó ese tono de superioridad que usa cuando quiere que la gente deje de hacer preguntas —respondí, girándome hacia mi hermano. Mis ojos debían de ser un pozo de oscuridad en ese momento—. Pero su respiración... Dante, estaba luchando por cada palabra. Había un silbido en sus pulmones que no es de cansancio. Es de dolor.
Caminé de un lado a otro como un león enjaulado. Mi Enigma rugía bajo mi piel, arañando mi autocontrol. El aroma a lluvia y bosque que suelo emanar se había vuelto eléctrico, cargado de una hostilidad que hacía que los guardias del puerto bajaran la mirada al verme pasar.
—Me dio una orden "de la ley" —solté una carcajada seca, sin una pizca de gracia—. El muy idiota cree que puede alejarme con un reglamento mientras se desangra en alguna parte. Sé cómo trabaja su padre, Dante. Conozco el historial del General. No es un hombre de palabras; es un hombre de cicatrices.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Dante—. Si entras en la zona militar ahora, estarás declarando la guerra antes de que estemos listos.
Me detuve y miré hacia las luces de la ciudad, buscando el punto exacto donde Keile podría estar oculto. Mi instinto me decía que no estaba en el cuartel principal. Keile es orgulloso; no dejaría que sus subordinados lo vieran quebrado.
—Él cree que me convenció —dije, sintiendo una mezcla de rabia y una ternura que me quemaba el pecho—. Cree que protegiéndome de la verdad me mantiene a salvo. No entiende que lo más peligroso para este mundo es un Bryan que no tiene nada que perder.
Cerré los ojos y traté de visualizar su pequeño departamento de permiso, ese lugar gris y funcional que me describió una vez. Mi mente captó un rastro débil, una conexión que iba más allá de lo lógico.
—Vayan al muelle sur —ordené a mis hombres, mi voz volviéndose absoluta—. Dante, mantén a papá informado, pero dile que no me espere para cenar. Voy a buscar a mi Soldadito. Y si descubro que ese viejo le puso una sola mano encima... juro por mi sangre que no habrá búnker en este país que lo proteja de lo que le voy a hacer.
Subí a mi moto, el motor rugiendo como una bestia hambrienta. Keile podía mentirme todo lo que quisiera, podía aferrarse a su uniforme y a sus leyes, pero él ya no era solo un soldado. Era el hombre que me había hecho sentir humano en medio de mi propia oscuridad, y yo no dejo que nadie destruya lo que es mío.
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Estoy muy agradecido con esta obra, la disfruté demasiado, muchas gracias.